Luis A. Solari mal revisitado
Hay intentos curatoriales que, desde el vamos, derivan en la frustración. La muestra de Luis A. Solari (1918-93) pretenciosamente denominada retrospectiva, con un solo cuadro de 1953, los demás son muy posteriores, no lo justifica.
Es más. Se advierte el apresuramiento en la selección. De un acervo familiar que trepa hasta los cuatro mil trabajos, el menos de un centenar de pinturas, collages y grabados recorre diferentes épocas y temáticas, tamaños y técnicas, sin que desde el prólogo del catálogo (con borrosas fotografías) se justifique tanta diversidad ni surja claramente de un montaje arbitrario. El Ministerio de Educación y Cultura, nada menos, debería cuidar severamente estos homenajes a los maestros de la pintura uruguaya y hacer una investigación lo más exhaustiva posible. No sucedió, mientras se acumula un currículo fastidioso, meramente enumerativo, con ausencias de una bibliografía que importe.
En la ingrata sala del Centro Cultural MEC (San José 1116) la obra de Solari parece obsoleta, envejecida, irremediablemente pasatista. Y sin embargo no es totalmente así. Es cierto que se animó en aislados momentos a recoger el ritmo de la vida contemporánea, como sucede en el tríptico Los bien parados (1972, de 161 x 71 centímetros), un assemblage integrado por flores artificiales y una escoba, ecos del pop art estadounidense, o en Otra Leda y otro cisne, 1979, Vuelo charter, 1976, Frente a frente, eh?, Lobizón cabra, 1975, grabados donde abandona en buena parte sus códigos visuales e indaga posibilidades en un lenguaje menos tradicional. Es alrededor de los años setenta que conquistó una fertilidad inventiva que necesita una revisión seria.
Solari eligió bien a sus maestros. Guillermo Laborde, Adolfo Pastor y Carlos González le enseñaron desde la Escuela Nacional de Bellas Artes, el camino a seguir. Mientras que El Bosco, Brueghel, Goya, Ensor y Gutiérrez Solana lo ayudaron a proyectarse en una dimensión profunda.
Nacido en Fray Bentos, permaneció idéntico a sí mismo, incluso en los 17 años en que vivió en Nueva York: su tono pausado de voz, los gestos lentos, el discurrir sentencioso y socarrón, propios de quien vivió en el interior del país, aferrado al terruño, a las costumbres, los hábitos y a la tradición oral de las tertulias camperas. Vivió en Estados Unidos de la misma manera que vivió en Fray Bentos, Montevideo, París o Madrid, sin alterar un ápice sus hábitos. No por acaso, muchos de sus colegas, lo llamaban cariñosamente «el gaucho».
Toda su variada y vasta obra (plana y de volumen) remite a un mundo abarcable y cercano, vívido y verificable. El carnaval y el gaucho, los interminables cuentos ilustrados que, en definitiva, fueron sus cuadros, la experiencia recreada con sentido mágico, universalizando la comarca. De impostación literaria y acento moral, adherido al humor, sus imágenes son siempre figurativas, aun en los tiempos bravíos de la abstracción geométrica, y se va deslizando de la alegoría (elemento estático y de vínculo directo) al símbolo (dinámico y complejidad referencial).
El soberbio dominio del oficio, en todas sus variantes, hizo que muy pronto haya sido reconocido dentro y fuera del país. Era el momento oportuno para una revisión estricta. No pudo ser. *
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