Mañana estrena La leyenda del jinete sin cabeza

En la frontera de lo fantástico y lo tangible

La leyenda del jinete sin cabeza (Sleeppy Hollow) es una fascinante reelectura del clásico literario de Irving al que ya Walter Disney le había puesto sus ojos para practicar su correspondiente versión animada. Una relectura con el sello indiscutible de Burton.

Por cierto que aquí el cineasta sigue los pasos de ese agente de policía Ichabod Crane (Johnny Depp) a finales de 1799, al que un juez de rostro pétreo y a la vez feroz (una fugaz aparición de Christopher Lee, todo un homenaje) lo envía a una localidad de inmigrantes holandeses para investigar una extraña sucesión de crímenes.

El personaje de Depp se encuentra, pues, en Sleepy Hollow y desde luego con un inicial embalaje de hostilidad por parte de las cabezas de mando de esa comunidad donde, evidentemente, los crímenes de un jinete sin cabeza no convencen a las flexiones racionales de alguien tan científico como Ichabod Crane. Tiene que haber una explicación, y la mirada sugerente y hasta provocadora de Christina Ricci (hija de una de las familias más poderosas del lugar, cuyos padres están interpretados magistralmente por Michael Gambon y Miranda Richardson) promete un primer indicio.

El tono de cuño fantástico empapa toda la pantalla en La leyenda del jinete sin cabeza: imágenes puras, de gran volumen, con un escenografía labrada por un hechicero llamado Burton: los efectos visuales están tan bien resueltos que uno parece estar asistiendo al propio juego de horror que propone un jinete sin cabeza: tales efectos no hacen perder espesor ni virtudes al conflicto ni a los propios personajes en la peripecia de encontrar al primer caso de asesino serial en los Estados Unidos a través de la literatura, y que hoy a partir del cine y de la propia realidad se ha transformado en un clásico de la peor especie en ese país del vale todo (la figura del asesino, claro).

Burton guiña todo el tiempo y se guiña a sí mismo (de hecho aparece fugazmente al principio del metraje como un mero ladronzuelo) y lo que se propone es fabricar una trama, un relato, un desarrollo de una historia donde lo sobrenatural forma parte de la realidad sin que haya perturbaciones: las hay, desde luego, al momento de que ese jinete sin cabeza (un siempre formidable Christopher Walken) sigue cortando cabezas como castigo a una población que lo traicionó y que al mismo tiempo le robó de su tumba precisamente la cabeza.

En ese borde de la realidad, en esa frontera entre lo fantástico y lo tangible, entre la magia blanca y la negra, está ese Ichabod Crane (Depp) que logrará desovillar el enigma en escenarios que contienen ese realismo mágico que solamente Burton puede fundar.

Entre el equipaje absolutamente racional del protagonista y el tono fantástico, hay un puente por donde cruza el jinete sin caabeza: todo se resolverá apropiadamente, así como el filme de Tim Burton es otro de esos momentos donde la conmoción y el regocijo tiran de las mismas riendas para atrapar no solamente al asesino, sino al cine en su mayor encanto y desenvolvimiento narrativo.

En el principio, el proyecto de rocker llamado Johnny Depp estaba por tirar todo por la borda y dedicarse a embolsar productos de supermercado con carita de nenito talentoso que perdió el tiempo, las ganas y todo el rollo de ser una estrella en un escenario. Había logrado con su banda de rock ser telonero nada menos que de su antihéroe Iggy Pop, pero este último lo envió a un callejón a seguir aullando.

Sin salida, Depp optó por aceptar los consejos de su amigo Nicolas Cage y de ese modo aventurarse en la actuación y por un buen rato obtuvo suceso en una serie televisiva de policías adolescentes encubiertos que mejor no recordarla por sus mensajes reaccionarios. Depp, según se supo más tarde, no podía tolerar siquiera ingresar a los sets. Pero había que mantenerse y mantener a la familia.

Hasta que después de algunos papeles menores ya en el cine, le llegó la gran chance cuando el raro de Tim Burton lo convocó para transformarse en el héroe/monstruo gótico, neorromántico de El hombre manos de tijeras hace ya una década. Desde ese momento Depp comenzó a ser un actor deep (profundo) que se lo ha visto en todo su potencial expresivo en filmes posteriores de Tim Burton como esa obra maestra que viene a ser Ed Wood y en otros títulos como Quién ama a Gilbert Grapé, de Lasse Hastrom o Brasco y Sueños de Arizona, esa árida y poética mirada al sueño americano de Emir Kusturica, entre otros, para convertirse por méritos propios en el mejor actor de su generación.

Por su parte, Tim Burton ha hecho películas más que significativas desde que impactó con Beetlejuice, más tarde fue la saga de Batman (sus dos primeras partes), las ya citadas y la zarpada y paródica aunque deliciosa Marcianos al ataque. Un autor fuera de serie, sí señor. De esos donde la palabra creación y la palabra desmarque lo envuelven para identificarlo. Un genio: O en todo caso: «mi bello genio», como lo calificó Johnny Depp a este Tim Burton que está de la cabeza, pero que sabe siempre cómo estar por encima de la media de sus cogeneraciones por los modos narrativos que utiliza para sus películas.

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