Réquiem alemán de Brahms hoy y mañana con entrada libre

El dolor del doliente

Dirige Miguel Patrón Marchand y actúan como solistas el barítono Juan Carlos Gebelin y la soprano Sandra Silvera. El coro del instituto es dirigido por Lilián Zetune.

Un «réquiem» es, en la tradición católica, una música para acompañar la misa de difuntos. Su nombre viene de la primera palabra del texto litúrgico: «Réquiem eterna dona eis» (Descanso eterno concédele).

Pero, ¿qué puede decirse sobre la muerte? Ludwig Wittgenstein opinaba que «sobre lo que no se puede decir nada, mejor callar»; es decir, la filosofía debía detenerse. Pero el arte no. Y cada compositor ha dicho lo que ha podido.

Alguna vez, fue el miedo a la muerte.

Los lamentos del Réquiem de Verdi, más que dolor parecen hacernos sentir la macabra presencia de lo extraño (siniestro, diría Freud). Esa «cosa» que, según Tadeusz Kantor, parece un hombre pero ya no es un hombre y quizá sea un fantasma.

El Réquiem de Mozart, en cambio, nos coloca en el lugar de esa pobre alma que se sabe imperfecta y penetra en un mundo en que todo le puede pasar. Como cuando enfatiza: «Quantus tremor est futurus» (cuanto temor en el futuro). O cuando siente la necesidad de repetir incontables veces lo que Dios ha prometido a Abraham, más para autoconvencerse que para ganar una discusión. O cuando luego de un imponente «Rex» a toda trompeta y timbal, la vacilante vocecita de la soprano pide «Salva me». Todo esto abona la discutible afirmación de que lo escribió pensando en su propia muerte.

Brahms no era religioso en sentido convencional. Por eso, su réquiem no es la música para una misa; ni siquiera respeta el texto litúrgico. Y, para que se entienda, escribió en alemán, no latín.

El compositor, un solterón, empezó a pensar en esta composición cuando murió su madre. Más tarde muere Robert Schumann, con cuya familia estuvo muy ligado. A ellos dedica esta obra, aunque luego escribió que «tenía en mente a toda la humanidad».

Pero, en esta música, no está el alma que enfrenta el juicio eterno, no la presencia macabra del cadáver. Sólo el desgarrador dolor del sobreviviente.

Brahms espulgó la Biblia buscando 16 versículos que prometen consuelo en diferentes tonos: «Bienvenidos los que lloran, porque ellos serán confortados… Los que siembran lágrimas cosecharán regocijo», comienza.

Más estremecedor, sabiendo lo que puede ser una madre para un hombre soltero «Como alguien a quien su madre conforta, así los consolaré yo». Es sugestivo que sea la única parte en que la soprano tiene claro protagonismo, el quinto cuadro. Era lo más que podía permitirse este músico romántico tardío que quería ser clásico, que amaba la música seria y nunca jugó a exponer impúdicamente sus sentimientos. Los dos primeros cuadros, predominantemente corales, tienen una fuerza indescriptible, luego de lo cual, la obra se vuelve más intimista.

El siglo XX, jugado a la lógica de las vanguardias, no amó demasiado a Brahms, veinte años menor que Wagner que componía como Beethoven y no adhirió ni propuso demasiadas innovaciones técnicas más que en todo caso, unas rupturas del ritmo que anticipan a Debussy.

Pero hay creadores que exploran terrenos vírgenes y otros que labran obras inmortales. Brahms –como luego Rachmaninoff–pertenece al segundo tipo. Y este Un réquiem alemán, es una de sus obras gigantes.

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