Celebrarán el 150º aniversario de Gaudí
Ningún otro movimiento en la historia del arte disfruta de una cronología tan precisa, 1895-1914. Como ningún otro, también, obtuvo abundantes denominaciones: art-nouveau en Francia, modern style en Bélgica, floreal y liberty en Italia e Inglaterra, nieuwe kunst en Holanda, jugenstil en Alemania, sezessionenstil en Viena, arte nova en Portugal, tiffany en Estados Unidos, modernismo en Cataluña. Otros epítetos fueron menos complacientes: estilo yachting, por asimilación a la decoración de los yates de la época, anguila, fideo, Guimard, por las extravagancias del metro parisino, en fin, latizago, tenia, salamandra, Maxim’s, por el célebre restaurante francés.
La fundamental característica del diseño art-nouveau es la línea ondulada y asimétrica, que, con la velocidad de un látigo, zigzaguea y enrosca con vértigo energético alterando las formas usuales de la percepción. Todas las expresiones artísticas sucumbieron a su hechizo mágico: la pintura, la escultura, la arquitectura, el mueble, las artesanías, la orfebrería, la moda, que la actriz Sarah Bernhardt, revestida con las joyas de René Lalique (en su mayoría pertenecientes a la colección Gulbenkian, Lisboa), supo encarnar como nadie.
Antonio Gaudí (Tarragona 1852-1926) es el arquitecto español más famoso del siglo XX. Reconocido, admirado, discutido y detestado (como sucede con las grandes personalidades) en el mundo entero, fue figura fundamental del modernismo catalán o del art-nouveau, como se impuso internacionalmente. Varios movimientos lo veneran como un antecedente: el expresionismo, el surrealismo, el cinetismo y la deconstrucción, además de investigar con audacia el hierro, la madera, la cerámica, el vidrio, contando con un equipo local de artesanos notables. Desde el comienzo de su trayectoria, Gaudí permaneció, hasta el fin de su vida, como un representante singular, marginal, del modernismo. Aunque tuvo indudable relación, se orientó en una dirección personalísima que lo hace inclasificable. Sus edificios se impregnan de «un loco historicismo pirenaico de derivación medieval y barroca», escribió el historiador Nikolaus Pevsner. Esa frase sintetiza la gran tradición cultural catalana.
Cataluña, a principios del novecientos, afirmó su autonomía política a través del descubrimiento del renacimiento regional y patriótico, impulsado por la industrialización y el cosmopolitismo de la burguesía. Si a ese movimiento general se agrega la formación católica de Gaudí, que en sus últimos años alcanzó un fuerte misticismo, y la influencia recibida del teósofo Rudolf Steiner (que también se proyectó de Mondrian a Beuys), se comprenderá su compleja personalidad que se apoyó en las formas orgánicas y su relación con la naturaleza para desatar una imaginación de poderosa, inigualable, originalidad.
La obra más significativa de Gaudí, la del segundo período comprendido entre 1889 y 1909, en apenas veinte años, está constituida por el palacio y parque Güell, las casas Milá y La Pedrera, y Batlló, la iglesia La Sagrada Familia. Por todas y en diferente grado, circula una fantástica profusión de formas arquitectónicas, escultóricas, pictóricas y decorativas de incomparable seducción visual en su asombrosa técnica constructiva que desafía la propia estabilidad edilicia. La unidad inextricable de cada edificio, la extraña sensación que produce caminar debajo del pórtico de columnas inclinadas del parque Güell y las cariátides abstractas, las envolventes chimeneas de la casa Batlló, que parecen agitadas por un vendaval, el empleo colorido de la cerámica partida, establecen una íntima relación en el exterior y el interior, sin solución de continuidad, en permanente movimiento. Solamente la iglesia barroca de San Nicolás en Praga, obra maestra de Dizenhofer, y, en la misma ciudad, el reciente edificio de Frank O. Gehry, a orillas del Moldava, producen esa sensación de inestablidad. Dos ejemplos que se relacionan con la arquitectura de Gaudí, ese genio solitario que alcanzó la popularidad por sus estravagancias formales en un esfuerzo ciclópeo de conducir una obra con la colaboración ciudadana, La Sagrada Familia, que quedó, en vida del autor y por muchos años, inacabada.
El joven Joaquín Torres García colaboró con Gaudí en un par de obras y, sin duda, recibió su influencia, como otros muchos creadores del siglo XX. Ahora, con curadoría general del crítico Daniel Giralt-Miracle, el ayuntamiento de Barcelona programó veinte exposiciones sobre Gaudí. En las próximas semanas se presentará en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) una acerca del entorno local e internacional de Gaudí y otra dedicada a sus diseños en La Pedrera, sede de la Fundación Caixa de Cataluña.
Estas dos exposiciones, con un nuevo montaje que las unificará, irán al Centro de Arte Reina Sofía de Madrid en octubre. Otras exposiciones paralelas incidirán en los aspectos técnicos y constructivos, la relación de Gaudí con la naturaleza, la tradición popular, los otros arquitectos y artesanos, así como la influencia que ejerció. El Año Internacional Gaudí se complementa con visitas a los principales edificios en Barcelona, congresos, cursos, una ópera y series televisivas de animación. El historiador Gijs van Hensbergen publicó el año pasado una biografía de Gaudí, editada por Plaza y Janés, analizando el aspecto humano y religioso, sobre todo ahora que se inició el proceso de beatificación de Gaudí. Murió atropellado por un tranvía el 7 de junio de 1926 y fue llevado en procesión por media ciudad. *
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