Crimen de salón
La primera, que nos llega en esta puesta en escena de Mario Ferreira, pudo inspirarse en el célebre caso de Leopold y Loeb (Chicago, 1924), dos jóvenes que secuestran y matan, sin mayor motivo, a un condiscípulo; hoy los impulsos criminales de los adolescentes se realizan en una escala mayor, a consecuencia de mejoras en las armas automáticas.
Mario Ferreira, cuya actividad como director ha sido siempre innovadora, aplicada y meritoria («La cantante calva», «Sueño de una noche de verano», «Muerte de un viajante») dedicó sus sobresalientes cualidades a este añejo producto. Como en el filme de Hitchcock, es difícil ver la originalidad del planteo, pero es más difícil aun no dejarse atrapar por la trama. Hay un resuelto protagonista (Brandon, por Alvaro Armand Ugon) que trata de hablar como Oscar Wilde y que ha doblegado la voluntad de un amigo timorato (Nilo, Gustavo Antúnez), pero que ha de sucumbir (quizás busca sucumbir, también sin motivo) a manos de un joven poeta rengo y sus obvias artimañas (Rupert, por Gabriel Hermano).
Desde las primeras líneas el espectador adivina el final; pero el propósito de Ferreira se cumple por completo. En una cartelera que suele carecer de nervio y de vitalidad, «La soga» transcurre fluidamente, con un ritmo perfecto; nos envuelve, arrasa nuestros conatos críticos, nos distrae. Mario Ferreira ha mostrado más de una vez un claro compromiso con el arte: es posible integrar en su carrera a «La soga» como un ejercicio, una incursión en un terreno que aún no había explorado, un progreso en la técnica de estar en contacto íntimo con las entrañas del espectador para luego, logrado el punto de apoyo, mover al mundo de la platea.
Especial destaque merece la interpretación, donde todos han actuado de manera solvente, pero donde hay que destacar a los dos agonistas, el criminal y el investigador. Alvaro Armand Ugon está aquí en un momento particularmente brillante: todo en su actuación, desde los tonos de voz y la dicción hasta el porte, la presencia y la mímica han sido cuidadosamente compuestos y son de una eficacia suficiente como para hacer vivir a un personaje del que el autor no revela gran cosa; Gabriel Hermano, en el papel no menos complejo del aparentemente frágil investigador, nos brindó otra de sus muy buenas actuaciones: en particular nos pareció sobresalir en sus cambiantes actitudes, en particular las variaciones de la expresión de los ojos, visibles por la proximidad entre actores y espectadores que crea el teatro del Centro.
Si el interés del espectador, perfectamente legítimo, es pasar el rato, «La soga» debe contar para su elección. *
LA SOGA, de Patrick Hamilton, con Alvaro Armand Ugon, Gustavo Antúnez, Fernando Larrosa, Alejandro Martínez, Fiorella Bomio, Pepe Vázquez y Gabriel Hermano. Escenografía , ambientación, iluminación y vestuario de Adán Torres y Diego Aguirregaray, ambientación sonora de Alfredo Leirós, dirección de Mario Ferreira. Estreno del 1º de febrero, Teatro del Centro.
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