UNA MENTE BRILLANTE

Una lección de vida

Don Howard es el director de Una mente brillante, filme ganador de cuatro Globos de Oro que puede alcanzar más de un Oscar.

Princeton, 1947. En la mente afiebrada de ese individuo solitario, de palabras cortas y contundentes con sus pares, hay cabida solamente para esa obsesión que lo está amurallando más de la cuenta: la de gestar una idea original a la altura de un Einstein. No hay sitio para las variaciones. La consigna es innovar.

Así piensa ese personaje ya de joven algo encorvado y con un tic peculiarísimo: el de mover permanentemente dos de sus dedos en el aire como si estuviera escribiendo números, códigos, un teorema.

A partir de allí, se desarrolla la fascinante, por momentos atormentada y casi increíble, peripecia de John Forbes Nash, la del genio que padece de esquizofrenia, en tiempos de la Guerra Fría y el macchartismo. En ese marco llega a crear una suerte de realidad paralela, alucinatoria, en la que se ve protagonista de sucesos como espía y notable descifrador de códigos secretos del enemigo de turno, los soviéticos.

Ron Howard en Una mente brillante (reciente Globo de Oro a mejor filme dramático) desarrolla una crónica que apela a una dinámica que tendrá su in crescendo en ritmo y en acción dramática cuando la realidad golpea a la propia conciencia de quien está padeciendo semejante patología.

El genio que se ve a sí mismo. Se desdobla y se reconoce desdoblado. Que vio más allá de lo posible y necesario. La mirada que se vuelve otra calidad de mirada. una vida agregada, diseñada por la propia mente brillante que, no obstante, seguirá obteniendo logros mayores en el campo de las matemáticas y de la economía.

Todo ese laberinto en movimiento perpetuo es Nash, todo un desafío de composición para Russell Crowe (Globo de Oro a mejor actor): finalmente diseña un hombre al principio tímido y de frases letales, inteligente al punto de realizar comentarios filosísimos a sus compañeros o bien dejar sin aliento a su maestro cuando en Princeton presenta su tesis.

Más tarde el sombrío paranoico perseguido por personajes del servicio secreto (Ed Harris, correctísimo), contenido en cuanto al sexo opuesto aunque de todos modos se enamorará más tarde de una de sus alumnas (la correcta Jennifer Connelly, quien alcanzó otro Globo de Oro a mejor actriz) con la que contraerá matrimonio y tendrá un hijo.

El tema por cierto es fascinante: un hombre dividido que en cierto momento irá a parar al psiquiátrico para ver sus miserias privadas y que, más tarde, ya atontado por los shocks eléctricos y los anestésicos, decide que para volver a poder construir un sistema de pensamiento fuerte y renovador, tendrá que abstenerse de su medicación.

Algo que hará midiéndose paso a paso con su otro yo –algo que Howard complementa a su escritura visual estableciendo un puente entre lo real y lo alucinatorio– y que de alguna manera es lo que movilizó a realizar el filme. Si pensamos en sus resultados es menor: si bien Crowe comprueba una vez sola variedad de tonos que utiliza para articular sus diferentes personajes, si bien el relato posee sus aciertos, no obstante le falta vuelo.

Es como si el personaje, desde su rara inmensidad, se hubiese devorado las nobles intenciones de Ron Howard. Pero si el filme adquiere cierto volumen, cierta densidad narrativa (aunque ganase el Globo de Oro a mejor guión) es mérito casi exclusivo de Russell Crowe y de su virtuosismo actoral. La cámara sigue al personaje y describe los tópicos, sus escenarios e incidentes, tratando de convencernos de que hemos estado frente a una lección de vida. Puede que así sea, sí, pero como forma cinematográfica Una mente brillante es menor en el tratamiento de un tema mayor. *

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