CINE DEL 2002

Flojo comienzo de año

Entre megaproducciones huecas y comedias bobaliconas, el séptimo arte apenas se salva de una devaluación globalizada. El crédito que promueve esperanzas de ver buen cine hoy transita, en realidad, por producciones europeas.

No se trata de una visión apocalíptica sino de una simple constatación. Sólo un éxito de la taquilla empujado a nivel promocional, por ejemplo, puede promover trece candidaturas para El señor de los anillos mientras otros títulos valiosos apenas logran un tímido reconocimiento.

Resulta un cambio de valores demasiado grosero; una suerte de inversión que canjea cierta imagen mal entendida del entretenimiento por otro tipo de realizaciones que realmente puedan aportar algo más que explosiones, violencia gratuita y chistes de brocha gorda.

Preferencias y nominaciones

Pero la realidad muestra «preferencias» como las que postulan al delirante mamarracho Moulin Rouge o acreditaciones que legitiman bodrios a la manera del Día de entrenamiento (con una nominación para Denzel Washington como Mejor Actor y otra para Ethan Hawke como Mejor Actor Secundario). Mientras un filme como El gusto de los otros de Agnes Jaoui accede a una legitimación de corte elitista (hoy por hoy el mencionado largometraje está atrincherado en una lejana sala), el resto parece quedar casi sepultado frente a una avalancha de trivialidades promovidas por American Pie , El diario de la princesa (con un Gary Marshal que perdió el olfato para enganchar al público) y Animal.

Por suerte todavía hay espacio para el humor inteligente como el que se desprende de El placard de Francis Veber (una comedia de la que deberían tomar nota los guionistas estadounidenses) y del excelente retrato dramático que aparece en Descubriendo el amor de Lukas Moodyson. Lo que no parece resultar casual es que dichos productos no provengan de la Meca hollywoodense sino del cine europeo, de las óperas primas y la producción independiente. A esta altura suponen un referente válido y hasta un ejemplo ético del cine de calidad.

Los grandes fiascos

Frente a fiascos sobredimensionados como La gran estafa (de un Steven Soderbergh que parece haber perdido la brújula en un mar de dólares), un insufrible Harry Potter que repite todos los lugares comunes de la matiné o el increíble disparate argentino titulado Nada por perder, el cine que importa ofrece sus perlas por cuentagotas.

Por eso esperamos ansiosamente estrenos como los de El hombre que nunca estuvo y Kandahar. Suponen una esperanza entre tanto escandaloso aburrimiento. En este gran bostezo también entra una infumable Mandolina del Capitán Corelli (gran tropezón de John Madden); la rambonada patriotera de Tras las líneas enemigas y Vanilla sky (refrito cruisiano de Abre los ojos). Queda poco. Apenas una obra como la desopilante Amélie de Jean Pierre Jeunet logra recuperar ilusiones a través de una narración estructurada a través de un vertiginoso montaje lúdico y una excelente fotografía que registra un París de ensueño. *

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