TRES ACTORES Y DOS CONJUNTOS HAN SABIDO MORIR PARA TRANSFIGURARSE Y RENACER

Noches de Punta del Este

Los escritores japoneses suelen cambiar su identidad, con nuevos nombres y nuevos propósitos, una o dos veces en su vida y seudónimos o definiciones como Rubén Darío deja de ser, misteriosamente, el vulgar poeta de «Abrojos» para renacer en el artista consumado de «Azul» o «Prosas profanas.

Entre nosotros José Cúneo supo quemar las naves y transmutarse en Perinetti; la apenas pasada Navidad, la renovación mediante el nacimiento de un niño salvador es una ficción llena de sabiduría. También Moisés, que guiará al pueblo de Israel, perdido en su cesta, o Perseo, que como Cristo no será hijo de su padre pero cumplirá una profecía como hijo y superará todos los peligros –hasta dará muerte a la Gorgona– para rescatar a Dánae, son claros ejemplos de la antigüedad; «El Principito» de Saint Exupéry es una de las encarnaciones más transparentes del niño divino en la literatura contemporánea, y la infancia de Saint-John Perse, que también nació en la canasta de una isla de coral, y donde no es fácil distinguir realidad de ficción, fue consagrado niño-dios por una niñera hindú en sus celebradas Antillas natales, cuando todavía se llamaba Alexis…

Este verano de Punta del Este nos permitió apreciar por qué medios, hasta qué punto y con qué éxito tres actores y dos conjuntos han sabido morir para transfigurarse y renacer.

 

* Candombe Nacional, de Enrique Pinti. Enrique Pinti tiene del artista la atracción por la destreza magistral. Rafael y su perfecto círculo trazado a ciegas, Paganini y su violín embrujado deben formar parte de sus modelos o sus héroes. Pinti se propone una hazaña menor: hablar sin darse tregua ni respiro, editar una avalancha de palabras que avasallen al espectador que, pasmado por el prodigio, piensa que en toda palabra debe haber un sentido que se le escapa.

El precio que paga Pinti por su proeza física es muy alto. Suele estar falto de aire; pero está mucho más falto de ideas que de resuello y se desliza temerariamente hacia la histeria verbal y debe recurrir, angustiado y casi con desesperación, a sus habituales muletillas.

Creemos que en el fondo Pinti, cuyo lenguaje es sucio y escatológico, no dice, realmente, malas palabras. El tal vez quisiera decir otras cosas, inventar metáforas, encontrar frases rotundas, seducir y encantar, pero lleva demasiada velocidad y titubea; y ahí están, siempre a mano, para sacarlo de apuros, sus petardos. La mierda (el país de, andá a la y ad nauseam), las conchas de tu hermana, de la puta que te parió, las cosas todas que, ya lo sabemos, andan como el orto, lo que produce los inevitables culos rotos, metafóricos, cierto, pero omnipresentes, no son sus verdaderos temas sino los trucos de su pereza, las coartadas de sus omisiones, los equivalentes de los ferrocarriles de los estudiantes tramposos.

«Candombe Nacional», su última producción, aún no estrenada en la Argentina, muestra un cansancio que se trasmite al público. Dice referirse a su país hoy; pero de ese tema, comprometedor y provocativo, hay muy poco. Hay, si se quiere, una reedición de «Salsa criolla», con una escuálida aparición en escena de la extraviada «Memoria argentina», nada menos, con los consabidos interludios danzados y cantados por bailarines tan pobremente ataviados que parecían vestir su propia ropa interior. Confesamos nuestro fracaso en comprender las letras de las canciones, en parte por los graves defectos de la amplificación y en parte porque, cuando se entendían, nos rechazaba la retahíla de lugares comunes; tampoco nos fue posible entender la conexión, que debió existir, entre los monólogos de Pinti y las canciones grupales, sino es la necesidad de brindar al atareado humorista cinco minutos para recuperar el habla.

Absorto en su tour de force, ensimismado como un trapecista en sus vertiginosas alturas, Pinti no tiene, ni puede tener, comunicación con el público. Se le puede admirar, pero como se admira a un tragasables. Otros showmen con éxito o sin él, miran al público, reciben su callada opinión, tratan de distenderlo si lo sienten reacio a sus encantos, lo cortejan y lo seducen, rompen quizás el hielo. Ninguno de estos abordajes conviene a Pinti y creemos que ni siquiera le interesan.

Entretanto, quizás por distracción, Pinti reveló algunos aspectos de su persona que nos desagradaron, hasta cierto punto más que sus tacos. Hizo leña y astillas del árbol caído de De la Rúa; ironizó a costa de Rodríguez Saá; nada dijo contra Duhalde y sus matones, ni de las flagrantes ambiciones de «Chiche», ni del misterioso incendio del Congreso, ni de la febril promoción del nuevo presidente por los medios de comunicación de masas ni contra la inminente confiscación de parte de los ahorros de la clase media en beneficio de los bancos, cosa que ni Cavallo se animó a disponer. En segundo lugar, volvió a mostrar una punta de racismo, cuando presenta a una familia negra y le hace decir al hombre, con torpe alusión a la realidad económica argentina, «Veo todo negro», lo que nos trajo a la memoria aquella alusión de Pinti en un espectáculo anterior a la forzada intimidad las cárceles, donde «te violan veinte negros por noche», como si fuera más tolerable ser violado por veinte hombres blancos. Pero no carguemos las tintas: los robots no piensan.

 

** El ayer, el hoy y el todavía (La mujer del tango en la política) es el solemne título desde el cual Susana Rinaldi muestra el mérito de haberse planteado el tema del paso del tiempo y la necesaria renovación. Hoy Rinaldi es más sobria en su presentación física y ensaya un agradable tono coloquial, por momentos humilde, al que la diosa que fue nunca habría condescendido. Como cantante, sin embargo, no puede con sus amaneramientos, arraigados por décadas, o los necesita, y volvemos a oír sus absurdos melismas, sus rotundos calderones que quieren obligar al aplauso. A vueltas de tanto aparente señorío, su estilo continúa siendo neutro y oscilante por momentos Rinaldi parece inclinarse hacia Goyeneche, más que nada por las facilidades aparentes del Polaco, pero ese estilo en ella no suena a cierto y ni siquiera suena a tango.

Su caudalosa y monótona voz siempre tiene algo forzado e impostado, algo que le viene de fuera, algo que ella puede, indiferentemente, sentir o no sentir. Hacia el fin Rinaldi, que se toma muy en serio, se para en un púlpito igual al que emplean los presidentes de los EEUU en sus conferencias de prensa y similar al de los diáconos cuando predican las epístolas: desde allí nos concede la dádiva de sus reflexiones, sin duda muy profundas, pero de las que nada pudimos entender.

 

*** El Grosso concerto, por «Les Luthiers» y la Camerata Bariloche, dos conjuntos que ya tienen treinta y cinco años, son un triunfo en el necesario trabajo de actualización e innovación. «Les Luthiers» tiene ya un sitio de honor en la historia del espectáculo rioplatense y lo mismo debe decirse de la Camerata Bariloche, desde su fundación por Alberto Lysy hasta su forma actual bajo la dirección de Fernando Hasaj. La Camerata y Les Luthiers comenzaron «El grosso concreto» cada uno en su género y estilo: primero fue el conjunto de cámara con el Gran Dúo Concertante de Giovanni Bottesini y las Danzas folkóricas rumanas de Béla Bartók; luego Les Luthiers nos ofrecieron el desopilante entremés «Perdónala», sobre un «bolérolo» donde un hombre en apuros sentimentales es apoyado por un grupo de amigos que lo aconsejan con extraordinaria tolerancia y suficiencia pero que no retroceden ante una mera contradicción.

Más adelante dieron al sugestivo «A la playa con Mariana» (balada no avalada, posiblemente ovalada), «Añoralgias», una «zamba catástrofe» y finalmente el bril
lante «Los jóvenes de hoy en día» (R.I.P. al rap), donde, desde su admirable madurez, «Les Luthiers» pasan revista crítica a algunos tópicos del mundo juvenil, sin descuidar los aportes historiográficos del imperturbable Marcos Mundstock a la biografía no autorizada pero inconclusa de Johann Sebastian Mastropiero, cuya turbulenta vida parece haberse desarrollado, a la saga de Gunther Frager, siempre un poco más allá de los límites del Código Penal.

Pero ambos temas se unen en una poderosa síntesis y al conjunto de cámara se acopla a los humoristas en tres fragmentos antológicos: «La hija de Escipión», el difícil y dificultado «Concierto de Mpkstroff», rico en gags y ocurrencias felices, y para concluir la zarzuela náutica «Las majas del bergantín». «Les Luthiers» dieron lo mejor que cabe esperar de un artista: la exigencia, la autocrítica, la asiduidad creadora, todo ello envuelto en tanta destreza técnica, que no se advierte el esfuerzo ni las costuras.

 

*** Perciavalle al Este en el paraíso, de Carlos Perciavalle, Andrés y Gerardo Tulipano con actuación de Carlos Perciavalle, en el teatro de la Laguna. Los corrillos teatrales resisten a Perciavalle: insisten en que Gasalla es mejor o que Pinti es más «lanzado» (sic), aunque nunca logran disimular que hace ya algunas décadas que no quieren verlo.

Nunca lo verán y nada aprenderán, porque Carlos es exactamente todo aquello que nadie quiere hacer. Su triunfo, que no le perdonan, es el resultado de caminar la milla extra, de trabajar la hora suplementaria, de darse por entero al arte.

No sabemos si Perciavalle «vive del teatro» (y no creemos que este cansado latiguillo le signifique algo): nos es evidente y nos alcanza, que viva con él y para él, y, en consecuencia para el público. Ya es mucho, y Henry James escribió que es suficiente justificación, que un artista ame a su arte y a sus temas.

Perciavalle tiene y mantiene, para empezar, un extraordinario estado físico que le permite realizar, sin signos de fatiga, un show sin intervalos de más de una hora y media de duración, donde es el único actor y donde está casi siempre en escena, hasta cuando se cambia de traje. Está delgado, es esbelto, ágil, vivaz y despierto como en su primera juventud. Los ojos le brillan con esas chispas inagotables que, una vez que se las percibimos, son imposibles de olvidar. Allí se mezcla la frescura con el ingenio, la dulce picardía con la simpatía más espontánea: corre un arroyuelo, sentimos un pellizco, nos llega una caricia. Su poder de comunicación está algo más que intacto: pese a que siempre fue una de sus grandes cualidades, lo encontramos en «Al Este en el paraíso» en un nivel excepcional.

Para el texto de esta serie de esquicios, Perciavalle se ha apoyado en su inventiva propia y en la colaboración de Andrés y Gerardo Tulipano; pero ha trabajado los textos de tal manera, con tanta profundidad y tanto sentido de la adecuación a sus medios, que todo el espectáculo, aunque formado de piezas separables, tiene una homogeneidad de sentido y de tono que debe admirarse. Para nosotros el punto más alto fue el monólogo de Camila Parker Bowles, «La Otra», donde encontramos una inteligencia y una simpatía tan penetrante que nos dijo sobre la verdadera Camila mucho más de lo que las revistas y las fotografías dijeron nunca. Esta veta de intuición psicológica, esta sensibilidad especial por el alma del prójimo, fue una de las constantes de este espectáculo y culminó en la emocionada evocación de Guma Zorrilla, la vestuarista de todos o casi todos los trabajos de Carlos Perciavalle.

En los dos esquicios Perciavalle mostró sus cualidades de intérprete unidas a las del hombre nuevo que es hoy, el hombre que, desde su madurez y su paraíso, contempla al mundo con ternura, con simpatía y con algo de piedad. Es la mirada de Próspero, el rey que es un mago y que debe salvar a los náufragos de la tormenta que él mismo ha creado; un rey, además, que vive para un amor sin mácula. Sabemos que para el Rey del Café Concert todo el público es Miranda. *

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