Artistas de Berlín en el siglo XX
Nelson Di Maggio
En poco tiempo se convirtió, por la habilidad de sus primeros directores, en un punto de referencia obligado en toda España y acaso el más importante del país. Posee un acervo significativo de las vanguardias históricas, en especial de obras sobre papel, la completa historia de la fotografía y aspectos decisivos de la abstracción, el informalismo, el Pop Art y la Nueva Figuración. Está constituido por dos edificios: uno, de construcción moderna, el Centro Julio González, tiene la exhibición permanente del gran escultor del mismo nombre y donde se realizan algunas megamuestras internacionales. El Centro del Carmen, un edificio que remite al siglo XIII, con aspectos góticos y renacentistas, admirables y enormes espacios, ha sido adaptado a la presentación de artistas jóvenes. Al lado, se acaba de inaugurar el Museo del Siglo XIX.
Tiene un elenco apreciable de catálogos de exposiciones editados (además de los manejables folletos informativos), por donde desfilan, entre otros muchos, los nombres de Malevich, Klee, Moholy Nagy, Schwitters, Rosenquist, Matta-Clark, Gary Hill, Polke, Torres García, movimientos como el Ultraismo (que se vio en Buenos Aires) o el Arte Concreto, que evidencia un espectro diversificado de personalidades y movimientos estéticos. Está provisto de una agradable cafetería y una buena librería, y cuenta con recursos adecuados a su funcionamiento, en especial una oficina de prensa con un personal simpático y acogedor.
Un siglo de arte en Berlín. Desde febrero (concluye hoy) se exhibe Berlín Siglo XX, obras de la colección de la Berlinische Galerie que, fundada en 1975, adquirió notoriedad internacional por reunir obras excepcionales de artistas que vivieron en la capital alemana durante el siglo XX. Es una muestra itinerante que sigue un despliegue cronológico y pone el acento en los momentos en que Berlín fue una de las grandes capitales culturales de Europa, particularmente durante la década del veinte y principios de la del treinta. Con sensatez, con criterio riguroso, se prefirió la concentración en corrientes y no en figuras aisladas, salvo en un caso especial que así lo requería.
Es un desfile entusiasmante. El expresionismo de pura cepa alemana está representado por grabados (el recurso más válido e intenso que tuvieron sus oficiantes) por obras de Ernst Ludwig Kirchner, Kartl Schmidt- Rottluff, Erich Heckel, Max Beckmann, Otto Müller y Ludwig Meidner y Otto Goesch (dos menos conocidos). El recorrido se continúa con los artistas del Novembergruppe, título que aludía a la derrota de los espartaquistas (Otto Möller, Nicolas Braun, Arthur Segal, Jacoba van Heemskerck) con una tendencia hacia el arte social pero que incluían, en sus exposiciones, todas las tendencias de la actualidad. De vida efímera, pero de donde surgieron el genio de George Grosz y el patetismo de Otto Dix.
El primer gran impacto de la muestra es la Habitación Dadá. Ahí se crea un clima propio con obras de escasa difusión: las muñecas de trapo de Hannah Höch, El pequeño burgués Heartfield asilvestrado de Grosz y Heartfield, un muñeco electromecánico, con brazos y piernas amputadas, condecorado con la cruz prusiana, un revólver, una bombilla eléctrica y una dentadura en el sexo que remite inmediatamente a Louise Bourgeois y sus últimas obras presentadas en la Bienal de Venecia. Postales, afiches, páginas de la revista Dadá con trabajos de Raoul Hausmann, Höch y Schwitters, con frases de una virulencia revulsiva y un directo compromiso social como no lo tuvo en su origen suizo.
Más apabullante aún es la sala de los constructivistas rusos, polacos y húngaros, que vivieron largas o cortas temporadas en Berlín participando en la activísima vida cultural de la ciudad. El Lissitzky, organizador en 1922 de la primera exposición de arte ruso en la capital alemana, está representado con Espacio Proun, 1923, una reconstrucción de este cuarto constructivista realizado en madera laqueada y vidrio es una de esas experiencias inolvidables y que permiten reflexionar sobre los intentos posteriores y actuales de los artistas geométricos que parecen pobres simulacros de una imaginación mayor capaz de dominar el espacio y metaforizar los contenidos de una sociedad nueva.
Iván Puni, Naum Gabo (varias obras), Vladimir Vasilievich Nebedev, Vladimir Tatlin y Alexander Rodchenko (Construccción espacial de espacio, cuadrado en el cuadrado), son las personalidades mayores del arte ruso que crearon formas con sentido y abrieron el camino a todo el arte occidental. Hoy tienen una vigencia deslumbrante. Por si fuera poco, Naum Gabo tiene una maqueta para el Palacio de los Soviets, 1931, que podría competir con los arquitectos actuales. Son interesantes los artistas de la Nueva Objetividad, en especial Félix Nussbaum, un antecedente de la nueva figuración de los años sesenta (Marwan, Koberling, Eugen Schönebeck, George Baselitz). Muchos de ellos al pasar al neoexpresionismo o pintura salvaje de los setenta no mantuvieron la fuerza inicial. La figura de Wolf Vostell luce con los mejores atributos de su discutida fama. Eramos una pieza de museo,1964, un collage serigráfico, así como La habitación negra, 1958-59, con un monitor incluido, demuestran su capacidad para atrapar el pasado y el presente en una férrea y denunciativa unidad plástica que deja de lado cualquier convencionalismo plástico. Es herencia es recogida de manera magistral por Edward Kienholz que llegó con su mujer y colaboradora, Nancy Eeddin, en 1972. Cinco años después hizo Art Show, una instalación integrada por 17 amigos del artista, uno de los cuales Pontus Hulten, el futuro director del Centro Pompidou. Es la recreación de una inauguración cualquiera con modelos de tamaño natural, vestidos con ropas pertenecientes a los modelos, con tapas de los aparatos de ventilación de automóviles en la boca y cintas grabadas que se podían accionar, dando la impresión de escuchar las conversaciones de cualquier vernissage. Los límites entre arte y vida se tornan fluidos y es otra de las experiencias imborrables que puede tener un espectador.
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