El amor secreto de Neruda
JOSE LUIS DIAZ GRANADOS, PRENSA LATINA
Un allegado a la octogenaria Albertina Azocar editó un libro titulado Cartas de amor de Pablo Neruda, con 111 cartas escritas por el poeta en su lejana juventud y aun en su madurez.
El compilador, de apellido Larrain, quien en 1954 había sido redactor de un informe de policía secreta donde acusaba a Neruda de «agente peligrosísimo del comunismo internacional», tuvo la suerte años más tarde de encontrar entre las pertenencias de Albertina una caja con las cartas que la anciana había guardado celosamente durante medio siglo.
Según Volodia Teitelboim, uno de los biógrafos más certeros del autor del Canto General, Larrain es un personaje siniestro de la derecha chilena, ex embajador ante Franco y enemigo acérrimo de Neruda, por quien, sin embargo, sentía un irresistible magnetismo de secreta admiración, por lo que no vaciló en presionar a la octogenaria destinataria para que autorizara la publicación de aquellos mensajes amorosos. Años después, el incidente se superó y con la autorización de Albertina apareció el libro con el contenido íntegro de los preciosos textos, complementados con dibujos del poeta de Temuco.
Amor adolescente
Hasta ese momento, Albertina Rosa Azocar Soto era una perfecta desconocida en el ámbito literario de Chile y de Hispanoamérica. Neruda la conoció en 1921 cuando ambos estudiaban la asignatura de francés en el Instituto Pedagógico de Santiago. Más o menos de la misma edad –16 o 17 años–, traban amistad y en el muchacho se enciende de inmediato una febril pasión. Los padres de ella son profesores y los hijos, seis en total, ejercen igualmente el magisterio. Uno de ellos, Ruben Azocar, se convertiría no sólo en un importante poeta y narrador de Chile sino en el mejor de los amigos de Pablo Neruda. Pasan pocos años, el joven que antaño se llamaba Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, se dedica a escribir al tiempo que participa en la vida bohemia de la capital y en la agitación estudiantil de entonces. Todo ello coincide con el más apasionado amor sentido por el pálido y tímido vate de capa negra y sombrero alón.
En 1923 escribe su primera carta cuando la musa se traslada a la ciudad de Concepción. Allí todavía el amor se expresa en balbuceos. Cuando dos años más tarde Neruda viaja al puerto de Ancud en compañía de Ruben Azocar, no solamente le ha escrito a Albertina una buena cantidad de cartas, sino que ha escrito y publicado 10 textos líricos inspirados en ella, que integrarán el más popular de sus libros, editado meses atrás en Santiago: Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Las dos musas del libro fueron enmascaradas durante toda la vida de Neruda y bautizadas por éste como «Marisol» y «Marisombra», siendo la última Albertina.
El primer cuarteto del poema 15 es uno de los más famosos del idioma español: «Me gustas cuando callas porque estás como ausente/ y me oyes desde lejos y mi voz no te toca,/ parece que un beso te cerrara la boca…». Pero el mismo poema traía un cuarteto estrictamente personal, exigente y de una imperdonable cursilería, que sólo aparece en la famosa colección de las cartas:
«¿Como callabas antes cuando eras más pequeña?/ ¿Así se te quedaban las manos sobre el pecho?/ Si tú no me lo dices tendré que preguntárselo/ a tu hermano, el poeta, que se fue para México»… En 1927, Neruda viajó al Oriente a ejercer oscuros puestos consulares en Birmania, Ceylán, Java y Singapur. Por allá estará hasta 1932. Entretanto, Albertina recibirá muchas cartas, en las cuales el poeta solitario y desesperado le expresa su pasión, la conmina a acompañarlo, la regaña, le reprocha su indiferencia y le suplica.
En papeles de hoteles de paso, en tarjetas postales, servilletas, hojas sueltas, desde los más diversos parajes la llama «Lombriz regalona», «Mocosa mía», «Rana», «Culebra», «Araña», «Escarabajo», «Mala pécora», «Muñeca adorada», «Pequeña canalla», «Mocosa de los recuerdos», «Ratoncilla», «Caracola», «Fea mía», «Abeja»…
Ante los silencios obstinados de la joven Albertina, Neruda resuelve olvidarla un tiempo. Cuando en 1930 es trasladado a Java (hoy Indonesia) como cónsul de Chile, traba amistad con una joven holandesa llamada María Antonieta Haagenar, una mujer altísima, fría como el mármol, y totalmente indiferente a la fosforescencia de la poesía. Sin embargo, Neruda, loco de soledad en aquella isla remota, resuelve contraer matrimonio con ella el 6 de diciembre de ese año.
Un mes más tarde, el poeta de Crepusculario le pide a su amigo Angel Cruchaga Santamaría, director de la revista Zig-Zag de Santiago, que publique de manera destacada la foto matrimonial, con el secreto propósito de mortificar un poco a su displicente musa, a lo cual accede de inmediato el amigo. Nunca se supo de la reacción de Albertina, pero cinco años más tarde contraería matrimonio con Angel Cruchaga Santamaría. Muchos años después, cuando Pablo Neruda era ya una figura reconocida mundialmente y un hombre afectivamente realizado luego de un segundo matrimonio con Delia del Carril y con la llegada de su amor definitivo, Matilde Urrutia, pudo construir una bella y serena amistad con la musa de «boina gris y corazón en calma». En un libro donde reúne sus versos de amor editado en los años cincuenta, escribe esta dedicatoria autógrafa que en pocas palabras resume una vida: «A Angel y Albertina, hermanos de todos los tiempos. Pablo, 1953″. *
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