A la sombra de las parras
El homenaje fue un reconocimiento por obtener el Premio Instituto Cervantes en el Concurso Internacional de Cuentos «Juan Rulfo», uno de los más prestigiosos de la lengua hispana, con su obra «Terribles ojos verdes».
La obra del destacado escritor fue una más de los 6.834 relatos procedentes de América Latina, España, Italia y Francia, entre otros países del mundo. Lo que hace de esta distinción un hecho más que relevante y que amerita –más allá de que los homenajes y reconocimientos no necesiten justificación– el reencuentro y el festejo de sus amigos, allegados, parientes y colegas, entre otros tantos que llegaron a las sierras.
En «Terribles ojos verdes», el protagonista del relato llega de una larga travesía a la mítica localidad de «Mosquitos», una constante en la obra de Delgado.
El cuento narra la historia de un hombre del norte del país, que a su mediana edad ha perdido todo: su campito, su mujer y sus pertenencias.
Esta serie de sucesivos reveses lo han convertido en un alcohólico, por lo que decide realizar un viaje hacia el sur en busca de la amistad de un viejo amigo, en lo que constituye la última esperanza de salvación.
En su periplo es internado en un hospital donde toma contacto con un médico –también alcohólico– que quiere lograr en su paciente la cura que no ha logrado para sí mismo.
Pero mucho más que la medicina y la enfermedad, al protagonista lo que en verdad lo salva son los «ojos verdes de una enfermera» de la que se enamora totalmente.
«Hay que ser muy macho para estar acá»
En el homenaje Aparaín exclamó: «Hay que ser muy macho para estar acá…, esto es tremendamente emotivo, es una fiesta para mi corazón…, soy de acá y no me canso de repetirlo; lo que soy se lo debo a este pueblo». Añadiendo inmediatamente: «Cuando llegué a Minas sentí que por primera vez había dado con un sitio donde anclar mi corazón…».
El escritor escribió exclusivamente para LA REPUBLICA: «Minas/Mosquitos, 26/enero/2002. He estado, lo puedo asegurar, por una vez más en Minas, sumergido en el centro de mi gente. Hay muchos lectores, a la sombra de las parras, que entre los cerros lo saben. Mario Delgado Aparaín».
Logramos también conseguir su carné de socio y jugador del club Sportivo Minas, allá por julio de 1963 cuando el «Negro» tenía apenas 14 años y su primer amor ya era el fútbol.
En otros de los pasajes de su discurso Delgado dijo: «Durante muchos años vivimos engañados, pensando que la cultura es sólo todo aquello que se asocia con las bellas artes. Con la música culta, con el teatro, con la literatura; y aquel que no sabía de eso, no era culto. Tenía que aprender, tenía que formarse. Hoy sé; me consta. Lo llevo en la sangre, que la cultura es mucho más que eso. Acá en Minas conocí gente que no sabía leer, que no sabía escribir y sin embargo determinó mi forma de ser. Pasó a constituir la médula de lo que soy. Me doy cuenta que la cultura de un pueblo es su forma de amar, su forma de llorar los muertos, su forma de bailar, su forma de hacer el amor, su forma de creer, su forma de hacer un asado, de aprontar un mate. Eso es la cultura. Ahora siento que esa es la verdadera cultura de un pueblo y no nos damos cuenta hasta que empezamos a perderla… Para mi modestísimo entender, la cultura, la vida y la política son la misma cosa…».
Un único árbol
Los numerosos aportes de Silvia Gómez, su discípula de Solís, de Martha Benítez o de su profesor en la niñez Milso Rodríguez, junto a las anécdotas de Gregorio Martirena; sirvieron para emocionar hasta las lágrimas al ganador del Premio Rulfo.
El mismo reconocía que este, «es un mundo salvaje y tremendamente injusto…», en el cual el papel de los amigos es fundamental.
«… Yo no voy a ser demagogo, pero debo decir que amo a mis amigos; mis amigos blancos, mis amigos colorados, a mis amigos frenteamplistas. Son nuestra madera, la madera de nuestro árbol. De nuestro único árbol… Porque en un mundo que se despedaza en la materialidad, que se despedaza en la filosofía del egoísmo, donde la mediocridad de la condición humana, muchas veces reside en el hecho de que la vida no se valora… La vida es una sola, no tengo otras noticias… Con los amigos nos podemos dar el gustazo de jugar este juego de la vida…», reflexionaba Delgado.
Las múltiples actividades desarrolladas por el escritor dentro del departamento de Lavalleja e incluso Maldonado, hicieron posible la cosecha de un sin fin de conocidos y amigos, muchos de los cuales viajaron especialmente a Minas el pasado viernes 25. Para que conjuntamente con la directora de Cultura de la Comuna, Esmeralda Ocampo, la intendenta interina, doctora Adriana Peña, el intendente –en uno de sus días más ajetreados de la licencia– Herman Vergara y la secretaria general interina, doctora Ana María Martínez, todos en la primera fila –como lo demuestran las notas gráficas–, se pudiera realizar «una verdadera fiesta de familia y entre amigos». Otros, como el destacado escritor conocido como el «Pastilla» Fornaro; o Mari Morosoli, hija de Juan José Morosoli, o «Pocha» Matheus, el conocido odontólogo José Luis Alayón, el editor del suplemento humorístico «Sexto Sentido» que se publica con el decano de la prensa uruguaya, diario «La Unión», don Rafael «Rafa» Caraballo, Hada Huertas, Marta Rodríguez, Antonio Piñeiro, el profesor Argimiro Beovidez, que también se hicieron presentes y lograron con su caluroso saludo y numerosas anécdotas quebrar, en «más de una vez», la garganta del homenajeado.
Aprovechando la oportunidad Delgado, expresó: «Yo llenaría las paredes de los grandes edificios con frases de Morosoli, de Guillermo Cuadri, con canciones de Chalar…». Convocando a los presentes, luego de los numerosos aplausos, a reflexionar: «Luchemos por tener el poder de mantener a nuestros amigos en la eternidad. El poder de mantener a los seres queridos, estén o no estén, intactos en nuestro corazón. Eso sería realmente maravilloso…». A la vez de asegurar que «buena parte del déficit del alma que tiene la humanidad es por la dificultad que tiene para decir te quiero. Te quiero… Debo decir también, que a la hora de planear, de soñar, de crear una idea que nos involucre a todos, no dudemos en tener como denominador común la palabra nosotros…».
Un momento especial se vivió cuando el intendente Herman Vergara –actualmente en uso de licencia– dijo presente en la impecable Casa de la Cultura para entregar en persona y en nombre de todos los ciudadanos del departamento el recuerdo que la Intendencia otorga a todos los hijos de Lavalleja: la bandera con los colores del Municipio, presente siempre donde está el sentir del pueblo, en esta oportunidad: «su pueblo». *
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