EL NEGOCIO EDITORIAL EN TODO EL MUNDO SE CONVIRTIO EN UN GRAN OLIGOPOLIO

De Gutenberg al "holding"

La época en que un operario minucioso y feliz agrupaba los tipos movibles sobre una platina para empujar el torculo sobre el papel ha sucumbido ante el capitalismo monopólico.

De las cinco empresas que detentan el 80 por ciento del mercado estadounidense, tres están en manos de grupos europeos. Bertelsman controla más del 30 por ciento de las ventas en Estados Unidos y los grupos ingleses Murdoch y Pearson dominan un importante sector de la industria.

Estas revelaciones, que no eran un secreto para ninguno, han sido publicadas en un reciente libro de Andre Schiffrin: La edición sin editores, las grandes corporaciones y la cultura, que acaba de salir publicado en México con el sello de Era y originalmente apareció en francés, en la editorial La Fabrique.

El libro se publicó en Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Chile, España, Uruguay, Grecia, Portugal e Italia, hasta ahora, y en todas partes ha suscitado las mismas preocupaciones. Schiffrin proviene de una familia de editores. Su padre dirigió la famosa colección La Pleiade, de Gallimard, y él guió la prestigiosa Pantheon Books, que introdujo la literatura y el pensamiento europeos en Estados Unidos, desde Sartre a Beauvoir, de Foucault a Gunther Grass.

Schiffrin asegura que en los últimos diez años la edición ha cambiado más que durante todo el siglo anterior al veinte. Durante los últimos años los grandes grupos internacionales han ido adquiriendo las pequeñas editoriales una tras otra.

Estas reducidas empresas se conformaban con pequeñas ganancias y mantenían una estrecha relación con la vida intelectual del país donde se hallaban asentadas. Los nuevos amos son inmensos «holdings» insertados en lo que se llama la industria de la comunicación y están ligados a periódicos, revistas, cadenas de radio y televisión. Hasta hace poco las editoriales no se cotizaban en la Bolsa de Valores. Los editores consideraban que algunos libros estaban destinados a perder dinero, especialmente los tomos de poesía y las novelas de autor con el 90 por ciento de los libros que publicaba y se resarcía de sus pérdidas con los best sellers. En otras palabras, la literatura comercial asumía el papel de Mecenas de la cultura más elaborada. La idea de que los editores existían únicamente para ganar dinero parecía inapropiada y poco ética.

En no pocas ocasiones la vida de los libros ha tenido un parto muy ligado al quehacer político. Schiffrin habla de la aparición de consorcios editoriales españoles poderosos, como el surgido en torno al periódico El País, y señala que el dinero de la CIA fue canalizado hacia el Partido Socialista Obrero Español a través de la fundación alemana Friedrich Ebert. Indica que el padre de esa iniciativa fue el social demócrata Willy Brandt.

Un ejemplo de la fusión de editoriales por megaindustrias es la absorción de Random House por la RCA. Rupert Murdoch adquirió el imperio revisteril de Conde Nast y Bertelsman compro Doubleday y Bantam. Alfred Knopf también fue tragado por Bertelsman. El grupo Pearson, que ya disponía de la prestigiosa Penguin Books, adquirió Harper Collins. También Simon & Schuster y McGraw Hill han caído en la órbita de la concentración monopolizadora.

Los sueldos de los editores alcanzan cifras millonarias. Las reuniones de agentes de ventas se realizan en lugares de prestigio, como las Bahamas. Se ha creado una brecha moral, dada la entrega del universo de Gutenberg a las manipulaciones del mercadismo. Schiffrin asegura en su libro que el control de la difusión del pensamiento en las sociedades democráticas ha alcanzado un grado que nadie pudo imaginar. Los pocos editores independientes que aún quedan no se arriesgan a la prisión ni al exilio. Los valores culturales y la autonomía de la razón, concluye el autor, están pereciendo bajo esta maquinación de los pulpos financieros. *

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