Lo que cuesta inventar
Después de las dificultades domésticas de «No puedo vivir sin mucama», Perla Laske nos ofrece «Lo que cuesta decir», donde todo es dificultad y sobre todo, dolor; un dolor permanente y deliberado, que quiere trasmutarse en humor, alquimia que, sinceramente, nos cuesta aceptar.
Ancianas abnegadas rumbo a un geriátrico, niñas minusválidas pero maltratadas, lesbianas en el armario que súbitamente confiesan con insolencia y con pena, no son temas cómicos; apenas parecen tratables.
Tampoco vemos que cueste decirlo; pero sobre todo, nos ha sido demasiado fácil recordar que la escenificación de lo que no nos animamos a decir ni a hacer es la idea, buena o mala, de «Kvetch» de Steven Berkoff, que se estrenó en Montevideo el año pasado. De un modo u otro, ya sea para la comedia como para el drama, los temas que esboza Laske exigirían un arte especialmente refinado.
Ella no logra ni hacer reír con tanta desdicha ni conmover con tanta superficialidad. Laske, y lo mismo cabe decir de su estilo de actuación y en particular de su dicción, es más pálida que dramática y más circense que cómica.
La presentación en esquicios superpuestos es, como el tratamiento de los temas, muy convencional; no pudimos explicarnos la razón por la cual una obra estática, abiertamente antiteatral, que consiste en una sucesión de monólogos a dos voces, necesita tanto ajetreo de las actrices.
Silvia Novarese, a diferencia de la autora, pone arte y empeño, lo que contribuye, como sucede invariablemente cuando un buen actor cae en una mala pieza, a deslucir el espectáculo más que a redimirlo, privándolo de todo atenuante o reserva mental sobre posibles errores en la interpretación. *
LO QUE CUESTA DECIR, de Perla Laske, con Silvia Novarese y Perla Laske. Vestuario de Robert Colman, música de Mario Tegli y Carlos García, iluminación y dirección de Hugo Blandamuro. En Teatro Alianza, Paraguay 1217, sala 1. Tel. 908 19 53.
Compartí tu opinión con toda la comunidad