Louise Bourgeois, la más vital escultora actual cumple 90 años
Hay consenso internacional en considerar a Louise Bourgeois la más joven escultora de la actualidad por la frescura de su inventiva. Mañana, 25 de diciembre, cumple 90 años.
Tiene su taller en Brooklyn, Nueva York, en una vieja fábrica de tejidos, un lugar accesible para quien la quiera conocer y hablar con ella, siempre con la cercanía de Jerry Gorovoy, amigo y asistente. No tuvo prisa en adquirir la notoriedad que hoy tiene, solicitada por aquellos países que realizan importantes bienales y encuentros artísticos mundiales. Nacida en París, fue la segunda de un matrimonio de tres hijos. La madre, tierna y frágil; el padre, dominante y donjuanesco, llevaba a sus amantes a la casa y las convertía en institutrices de los niños quienes muy pronto descubrían el carácter singular de las relaciones. Además, era un hombre afecto a las bromas, no siempre de buen gusto ni en el momento adecuado. Louise aprendió a odiarlo.
Los padres tenían un negocio de restauración de tapices y Louise se encargaba de las raídas partes inferiores pero también, y especialmente, de tapar el sexo de los angelotes con un ramo de flores para clientes puritanos. Ese trabajo de Penélope y Arácnida de la infancia, retornarán, implacables y vengativos, en la adultez. El oficio de tejedora y el gusto por la escultura nacieron a instancias del padre pero sus estudios se iniciaron en la matemática y la geometría en la Sorbona hasta que luego comenzó a frecuentar la Escuela de Bellas Artes, las academias de arte Ranson, Julian y Grande Chamière, los estudios de Fernand Léger, Paul Colin, André Lhote, Othon Friesz, Yves Brayer y Roger Bissière, así como las clases de la Escuela del Louvre.
Compartió el cubismo y el surrealismo, así como los arrebatos cotidianos del art-déco y se vistió con los modelos de Coco Chanel a que la habituó su refinada progenitora. En el clima de tensiones sociales y económicas de la década del treinta (guerra civil española, inminencia del nazismo) Louise conoció a Robert Goldwater, historiador de arte estodunidense, se casó y se marchó a Nueva York. Desde entonces permaneció en esa ciudad, amistando con colegas franceses emigrados, en particular con Marcel Duchamp. Y aunque trabajó intensamente como escultora, se proyectó a la consideración pública con una primera muestra personal en 1945, aunque recién en los años ochenta el Museo de Arte Moderno de Nueva York le dedicó una muestra retrospectiva que la lanzó como una estrella de primera magnitud. Entonces, su obra adquirió una dimensión admirativa universal. Hizo de su autobiografía (como Picasso, como Beuys) el trampolín para la creación. No puede ser asociada a ninguna corriente estética sino que navega con insolencia y espontánea singularidad. Maneja los miedos infantiles (se acostumbró a las arañas que devoran los mosquitos y la convertirá en un elemento simbólico de protección hogareña y capacidad de trabajo) y abre los armarios para descubrir viejos vestidos hasta convertirlos e integrarlos como elementos de su obra, una práctica imitada por generaciones más jóvenes hasta la total saciedad. La obra de Louise Bourgeois se mueve entre la dialéctica de los opuestos: duro-blando, femenino-felino, liso-rugoso, adentro-afuerta,geométrico-orgánico, pesado-leve, abstracto-figurativo, amor-odio, hasta llegar a una síntesis y una androginia primordiales, atravesada por un poderoso erotismo siendo una (o) de los pocos creadores que se atreve a presentar las cosas tal cual son. Militante feminista de la primera hora y activista política, Bourgeois, amiga del fotógrafo Robert Mapplethorpe que la retrató infinidad de veces, es un referente obligatorio del arte actual que hoy acompaña los festejos de nueve décadas de existencia. Y que sean muchos más. *
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