Por siempre joven
Con una obra inmensa a sus espaldas, nadie objetaría que Caetano Veloso, a poco de cumplir sesenta años, se dedicara a recrear en vivo lo mejor de su carrera. Es lo usual.
Sin embargo, el músico bahiano es todo un problema para los colegas más jóvenes. ¿Contra quién rebelarse, si el papá es más transgresor y vanguardista que sus hijos?
El músico bahiano llegó a Montevideo para presentar su último disco de estudio, Noites do Norte, editado en 2000. El show retoma el tema central de ese disco: la negritud, la influencia de Africa en la cultura de Brasil, pero muestra facetas distintas a las esbozadas en el CD.
Los cuatro percusionistas (aparte del baterista) que acompañan al músico y que son la mitad de la banda, son los encargados de subrayar musicalmente esas reflexiones, para nada lineales.
Pero a diferencia de su último disco y del anterior Livro, que también privilegiaba el sonido de la percusión, yuxtaponiéndolo a géneros musicales ajenos a esa instrumentación, donde todo tenía un aire falsamente retro, aquí el sonido es muy moderno.
Caetano siempre fue un especialista en saber usar las últimas tendencias musicales, usándolas en un contexto totalmente personal y con una fuerte identidad brasileña (Ese fue uno de los legados principales del Movimiento Tropicalista, que él encabezó). Así pudo mezclar el rap con el samba enredo, en el ya lejano 1984 con el tema «Lingua», recreado en este show, o pervertir la música disco en boga en los setenta en su álbum Bicho de 1977.
En este recital Caetano hace una mezcla perfecta, entre lo viejo y lo nuevo, entre la tradición y la vanguardia y entre sus propias y variadas etapas musicales. Así permanece al frente el violoncelista Jacques Morelembaum, pieza principal del sonido Caetano de la segunda mitad de los noventa, pero incorporando un chelo eléctrico, que a veces recreaba sonidos propios de la música electrónica, se mantienen los percusionistas y se incorporan dos jóvenes músicos (pero con una gran trayectoria previa) el guitarrista Davi Moraes y el bajista y guitarrista Pedro Sá, encargados de darle el toque más moderno al show.
El repertorio elegido por Caetano, recorre como siempre todas sus épocas, basándose en su último disco. Pero como nunca antes, las viejas canciones cambian tanto que se convierten en nuevos temas, muy al estilo de lo que el artista hace con sus relecturas de temas ajenos. No hubo concesiones en el show, el artista bahiano, recurrió a temas muy poco transitados de sus discos más experimentales (Araça Azul, Joia) y a sus canciones más fuertes ideológicamente como «Haití» (en una versión tan potente como inolvidable) la ya citada «Lingua» o «Tropicalia».
Es difícil pensar en otro artista que sea capaz de momentos tan opuestos en un mismo recital, la versión de «Rock’n Raul» haría palidecer a la banda roquera más ruidosa y experimental. Por el otro lado la delicadeza de «Trem das cores» o de las canciones que tocó solo con su guitarra (mención especial para «Manhata, que después del 11 de setiembre, adquiere nuevos significados), confirma que Caetano sigue siendo el mejor alumno de Joao Gilberto.
Como todos sus espectáculos, se nota que todo, desde arreglos a movimientos escénicos, está milimétricamente ensayado. Sin embargo en este, la energía desplegada combate cierta frialdad que podía percibirse en otros shows. Sin necesidad de una sola palabra (ni siquiera un gracias) el músico logró una excelente comunicación con el público, que más allá de los lamentablemente usuales gritos de «ídolo» y similares, estuve especialmente concentrado para no perder detalle de un espectáculo tan elaborado y vanguardista, como energético, optimista y con un gran poder de comunicación. Ojalá haya Caetano por sesenta años más. *
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