Un hombre de principios
En esta nueva obra del autor, donde también actúa Walter Rey, que es puesta en escena en el espacio que comparten la directora Mariana Wainstein y Ruben Coletto, Malmierca va al otro extremo del espectro moral. Ha recorrido el camino del malvado al santo; pero reitera, a ocho años de distancia, casi las mismas características de la obra primera. Podemos decir a favor de «El hombre más feo de Atenas» casi exactamente lo mismo que en aquella oportunidad de «El Príncipe» (LA REPUBLICA, 4 de noviembre de 1993): «Malmierca posee una buena escritura, clara y concisa, no exenta en elegancia». El autor se ha documentado concienzudamente, por lo que creemos con la «Apología de Sócrates» y el «Critón»; los informes que suministra sobre la vida privada de Sócrates (Roberto Fontana), en particular su comentada relación con Alcibíades, son fundamentados y nada convencionales. Podemos agregar que la claridad de los diálogos es aquí mayor, y que su elegancia no es menor: nos encontramos constantemente en medio de frases bien escritas, con buenos desarrollo sintácticos y con verdadero contenido en ideas e imágenes. En lo que se refiere a la creación de los personajes hay que destacar dos méritos: el primero es la invención dramática del «demonio» (Gabriel Hermano) de Sócrates, que los diálogos de Platón justifican, y donde «demonio» debe entenderse sin connotación con el espíritu del Mal. Este «demonio» es harto comunicativo y hasta ocurrente; para mejor el autor logra presentarlo en una tierna amistad con Sócrates, relación que nos trajo reminiscencias del vínculo entre el Rey Lear y el Bufón. En segundo lugar, creemos que Malmierca ha desarrollado mejor la personalidad de Sócrates que la de César Borgia: Sócrates aparece más complejo y más interesante, a la vez sencillo y, dentro de su llaneza y modestia, con ribetes heroicos; un heroísmo que no alza el tono, como actúa su acusador Melito, sino que llega en la media voz de una conversación íntima o de una perpetua confesión.
¿No hay objeciones? Ya que estamos en la Grecia clásica, recordemos la definición de Aristóteles, amigo de Platón pero más amigo de la Verdad. «El hombre más feo de Atenas» tiene, en primer lugar, un pecado de ambición, que en nuestro medio teatral, devoto de Fontanarrosa, debería considerarse una virtud.
Nos referimos a las referencias a la tragedia clásica, con el coro de las jóvenes que se columpian física y moralmente, puesto que adoptan como sin pensar las actitudes más antagónicas, y la presentación de la obra cercana al formato de la tragedia. No nos es claro si esas alusiones deben quedar como alusiones (como nos resultan las menciones a una dictadura) o si la obra quiere ponerse en línea con «Edipo rey» o «Antígona». Si esto último realmente se intentó, su realización fue insuficiente; pero si no se intentó, las escenas de las jóvenes coreutas resultaron literalmente laterales, hasta ingrávidas, sin integración firme con el resto de la acción. En otros aspectos, «El hombre más feo de Atenas» reproduce, en mucho menor escala, es cierto, alguno de los deméritos de «El Príncipe». El autor ha identificado varios conflictos esenciales, pero esos conflictos no tienen en escena el impacto que podría esperarse.
Se juega la alternativa entre la vida y la muerte para Sócrates, llega su tentación en el desierto, el momento en que puede tenerlo todo a cambio de una pequeña abdicación, y contra toda la lógica Sócrates no huye ni se oculta, adelanta que no se enmendará, elige morir antes que sobornar a un guardián. Todo esto, que es una grandiosa afirmación de fe en los principios y en los ejemplos, estuvo ante nosotros, pero no lo vivimos. Respetamos a Sócrates y lo admiramos, pero el autor no nos ha forzado a identificarnos con él, a sentir que podríamos tener su misma integridad, a morirnos con él. No diremos que este «El hombre más feo de Atenas» sea una historia ilustrada; esperábamos una mayor dramatización. Esperábamos que los episodios sucedieran más sobre las tablas y menos en las palabras de un narrador. Nuestro corazón estaba con Sócrates, pero no pudimos entregárselo.
La puesta en escena (Mariana Wainstein) fue como acostumbra la directora, límpida y bien ritmada. El remodelado, por lo menos en esta ocasión, «Espacio Cervantes» plantea algunos problemas, como la visión desde las últimas filas, que podría aún resolverse. El espacio se pautó mediante un competente diseño de iluminación (Eduardo Guerrero), que minimizó el exceso de tamaño.
La escenografía, en cambio, no ensambló eficazmente una rampa ondulada con el resto de la escena, y nos inspira dudas la eficacia de los columpios para los jóvenes que representan, o por lo menos así nos pareció, en varias partes de esta obra, el coro de la tragedia clásica. pero lo que no nos deja ninguna duda y desequilibra decisivamente hacia el Haber a este espectáculo es la interpretación de Roberto Fontana,un actor muy bien elegido para el personaje, en el papel de Sócrates. Dentro de su larga y muy valiosa carrera, Fontana, un nombre que está escrito hace tiempo en la historia de nuestro mejor teatro, alcanza una vez más la excelencia. Exacto de tono, preciso en la caracterización física y en el porte, magistral en los tonos irónicos de la voz, nos será difícil pensar nuevamente en Sócrates sin evocarlo en su interpretación. Gabriel Hermano hizo una verdadera creación de su demonio, y dentro de un elenco que actuó muy bien (Angela Alvez, Jorge Muniz, Julio de León, Verónica Picabea, Alejandra Cortazzo), también tuvo, hoy, una actuación muy destacada Walter Rey. *
EL HOMBRE MAS FEO DE ATENAS, de Alvaro Malmierca. Con Roberto Fontana, Gabriel Hermano, Walter Rey, Jorge Muniz, Alejandra Cortazzo, Angela Alvez, Verónica Picabea y Julio de León. Escenografía de Gustavo Suárez y Lira Rodríguez, vestuario de Cristina Cruzado, iluminación de Eduardo Guerrero, dirección de Mariana Wainstein. Estreno del 3 de noviembre, Espacio Cervantes, Soriano 870.
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