"CUENTA FINAL", DE FRANK OZ

Todo o nada por el cetro

RAUL FORLAN LAMARQUE

 

El filme es realmente un estupendo mecanismo de relojería en cuanto al uso de los tiempos (es decir, del ritmo cinematográfico), de cómo se manejan las criaturas en diferentes cuadros escenográficos y de cómo éstas arremeten con diálogos ríspidos, a veces filosos, en ocasiones mordaces, finalmente tajantes.

Todo funciona en Cuenta final (The Score), de Frank Oz, acaso por la puntillosidad de un guión estupendo y por una dirección morosa y detallada en capturar las gestualidades y los decires de ese par de sujetos que se jugarán al todo y nada por robar un cetro perteneciente a una monarquía francesa del siglo XVI que por supuesto vale una fortuna. Es la última jugada para el mejor (Robert De Niro) en estos asuntos de robar a alta escala. El hombre ha amasado dinero sin que nadie lo haya pescado y le advierte a su partner de toda la vida (un Marlon Brando irrumpiendo en escena regordete y plagado de tics, de paso por la pantalla, por el hecho cinematográfico sin exigirse demasiado) que su ley ha sido la de no practicar atracos o robos en la ciudad en que vive (Montreal, Canadá) y en efecto duda que te duda. Duda aún más cuando conoce al irreverente compañero de ocasión (quién otro que Edward Norton en otra brillante demostración de sus potencialidades actorales), pero la oferta es realmente tentadora: si roba el cetro de la Aduana de Montreal, pues, recibirá un porcentaje que alcanza a los seis millones de dólares. Así que manos a la obra: después de esta cuenta final, se dedicará a atender su club de jazz y dedicarle todo el tiempo que pueda a su novia (una correcta Angela Bassett).

Cuenta final, en rigor, marca uno de los duelos más interesesantes y atractivos de los últimos tiempos en el cine estadounidense: Robert De Niro hace su parte de individuo celoso y desconfiado de absolutamente todo, de individuo minucioso hasta saber cuánto puede demorar el vuelo de una mosca de una pared a otra; Edward Norton libera su creatividad actoral y plantea, una vez más, dos personajes: uno normal, serio y a la vez insolente que quiere pecharse el mundo y otro con un retardo mental (una maravilla de composición) que trabaja todas las noches como limpiador en la propia Aduana de la ciudad, o sea el target a vulnerar. Esta unidad de contrarios, en consecuencia, operará de modo tal que sea exitosa la operación. ¿Lo será? Veremos.

Frank Oz plantea una suerte de prólogo con una dinámica si se quiere lenta y morosa donde describe los ambientes y sobre las personalidades antagónicas de los personajes en juego. En definitiva, el filme va trabajando con real precisión estilística en la acumulación de datos, en cómo va a ejecutarse la acción del robo y, sobre todo, cómo el más experiente (De Niro) va aconsejando desde sus leyes privadas, desde los códigos del «buen ladrón» a ese jovenzuelo listo que ya parece sabérselas todas (Norton). Claro que al momento de ejecutar el plan, el ritmo se vuelve tan tenso como adrenalínico, y otra Frank Oz acierta: ese plus de intensidad dramática saca al espectador de la puntillosidad para ingresarlo en una suerte de montaña rusa donde cabe el suspenso, el humor subido de decibeles y también esos juegos de tiempos que permiten un aumento de la fricción en ese escenario dramático. Si se llevan el cetro o quién se lo lleva, bueno, habrá que ir a toparse con esos indispensables que vienen a ser Robert De Niro y Edward Norton. Impecable. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje