NUEVO DISCO DE LEONARD COHEN

El maestro de las baladas nocturnas

El canadiense Leonard Cohen, de profesión cantante y compositor de canciones, creador de exultantes libros de poemas y novelas es acaso uno de los faros de la geografía cultural angloparlante. Su trayectoria, más que extensa, más que vasta, tuvo su pico de popularidad hacia fines de la década del sesenta para un público selecto y refinado.

Cohen, en efecto, siempre ha manejado un perfil bajo y, por lo tanto, una línea de gestión por encima o por debajo de los fuegos artificiales cada más potentes de la industria musical a gran escala. Es un individuo taciturno, un personaje que se pierde en la multitud y que se pecha o se roza con el mundo y de allí ha fluido o diseñado una fecundadora obra hecha de canciones rotas, en ocasiones letánicas que hablan de su yo particular en una trama verbal y escritural realmente impactante por sus permanentes hallazgos poéticos. Discos más recientes como The Future, por ejemplo, le otorgaron una reaclimatación a nivel de incidencia popular y Cohen decidió, como más tarde lo hizo Bob Dylan, practicar una gira en pequeños pubs, esos sitios vaporosos donde el face to face alcanza niveles superiores de comunicatividad. Después llegaron las ediciones recopilatorias de la trayectoria de este canadiense al que idolatran numerosos compositores (Joaquín Sabina o Eduardo Darnauchans, por citar dos ejemplos hispanoparlantes) pero un sorpresivo retiro de Cohen hacia las honduras de un monasterio donde residió por un par de años –había que reciclar las resinas espirituales, constatar lo andado que ha sido mucho y en forma tormentosa e intensa–, desacomodó a todos sus fans y sus productores.

Lo cierto es que Leonard Cohen ha vuelto intacto con la edición de Ten New Songs (Diez nuevas canciones) y cuya producción y arreglos corren por cuenta de la exquisita compositora y cantante Sharon Robinson, otro hallazgo. Si uno escucha por ejemplo cómo ambos doblan voces en la melancólica «Alexandra Leaving» se comprobará el cuidado formal, la profundidad de contenido y el refinamiento que en rigor no solamente empapa a la citada canción, sino a todos los materiales seleccionados.

El disco es un ejercicio de madurez, acaso de maestría al momento de apalabrar y al momento de hacer fluir esa poética de paleta baja y, a la vez, paradójicamente epifánica de este individuo que ya cruzó largamente los sesenta años y parece una especie de decidor con ese pulso avasallante y envolvente que podían modular iguales como por ejemplo Alfredo Zitarrosa.

El disco posee una concepción arreglística excepcional: el ingreso de los coros en canciones fascinantes como la que abre el disco (la excelentísima «In My Secret Life»), las delicadezas de las cuerdas y de los vientos, pequeñas tramas percusivas y de sintetizadores casi en clave minimalista para que la voz alcohólica, la voz lunar de Leonard Cohen se vea sostenida en la plenitud de aquellos maestros que se acercan demasiado a la belleza y a la grandeza.

Canciones compuestas a dúo con Sharon Robinson (una voz de amplio registro, expansiva, convincente) hacen que este compacto sea una de las ediciones más trascendentes del año: escúchanse temas sobrios en su resolución como «Taht Don’t Make It Junk» o la impresionante «Love It self», por citar solamente dos abordajes mayores, para darse cuenta de que este canadiense posee la vigencia de aquellos que escriben una letrística que sale de los huesos vallejianamente hablando y que, junto a la Robinson, funda melodías realmente impecables, por momentos conmovedoras. Volvió Cohen: es algo más que un acontecimiento. Escucharlo es ingresar a una forma de la dicha en estos tiempos desdichas o estar literalmente en estado de gracia.

Más no puede solicitarse. *

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