Museo del Parque Rodó: 90 años
La historia del museo se remonta al siglo XIX. Durante la presidencia del general Oribe, en 1837, surge la idea de reinstalar la Biblioteca Pública (fundada en la época artiguista en 1816), clausurada por los avatares de la vida política. Junto con la biblioteca se pensó en un museo que, en principio, fue concebido de historia natural. Museo y Biblioteca fueron inaugurados el 18 de julio de 1838, sin ninguna ceremonia. Al año siguiente, Juan Manuel Besnes e Irigoyen donó dos obras al Estado, los retratos de Oribe y Rivera, destinando el gobierno, por ley, la creación de una casa apropiada para residencia del donante y conservación de las pinturas. Esta disposición podría considerarse el punto de arranque de un museo de bellas artes (la denominación de rigor en esos tiempos que aún hoy perdura). La ausencia de entendidos en la materia y la Guerra Grande, impidieron su concretización. En 1840 la biblioteca y museo recayeron en Francisco Acuña de Figueroa y la idea de museo se evaporó. En los años sucesivos los vaivenes de la política hicieron aparecer y desaparecer los intereses museísticos hasta que en 1871, ambas instituciones fueron reabiertas, y el museo ampliado en sus designios simplemente científicos. Claro que el acervo artístico era incipiente, en su mayoría calcos y grabados que reproducían obras de arte europeo.
Ayer como hoy
En 1874 se hacía referencia al museo dividido en seis secciones, una de ellas, correspondiente a «Bellas Artes integrada por esculturas, pinturas, dibujos, grabados y antigüedades» y al mismo tiempo se protestaba por la cantidad asignada en el presupuesto al museo «no solamente por insignificante sino que hasta peca de ridícula». En 1880 la biblioteca se separó del museo y quedó instalado en el ala derecha del Teatro Solís mientras la biblioteca pasó a un local de la calle Sarandí. Fue designado director del Museo Nacional Pedro Bauzá, luego Carlos d´Halewyn Bauzá y en 1887 Juan Mesa, quien en 1890 contabilizó la existencia de 108 cuadros y numerosos calcos de yeso. Continúan las reformas y la voluntad de separar las bellas artes de la historia natural. Entre las obras adquiridas se encontraban Un episodio de la fiebre amarilla y El Juramento de los Treinta y Tres de Juan M. Blanes, esculturas de Juan M. Ferrari y los cada vez más numerosos calcos (hoy en préstamo en el museo de la IMM) y copias de cuadros originales del pasado. Nadie pensó en comprar obras de artistas contemporáneos (Courbet, Corot, los impresionistas, ni qué decir del art-nouveau o los expresionistas franceses o alemanes) que se cotizaban mucho menos, por cierto. No había un experto capaz de mirar las vanguardias.
Hasta que el 1º de diciembre de 1911 (hay tres fechas diferentes, Laporte anotó el 10, aunque un documento afirma el 12 de diciembre, la más verosímil), por Ley número 3.932, se dispuso la organización de tres museos sobre la base del antiguo Museo Nacional: Museo de Historia Natural, Museo Nacional de Bellas Artes y Museo Histórico Nacional. Para Bellas Artes fue designado director el pintor Domingo Laporte, vinculado a la institución desde años atrás. Había necesidad de un nuevo local y se pensó en el pabellón construido en el Parque Urbano (hoy Parque Rodó) para la Exposición de Higiene. Con algunas reformas, que llevaron varios años, el Museo Nacional de Bellas Artes se trasladó del Teatro Solís al local que actualmente ocupa, en 1914 y el 3 de agosto quedó habilitado al público.
Continuaron los problemas y las vicisitudes. Falta eterna de un presupuesto acorde a la función museística y de un local inadecuado, provisorio, que se transformó en definitivo (estaba prevista la construcción de un edificio en el Parque Central). En 1914 el museo contabilizó la existencia de 351 obras y la estadística registró en los primeros 14 meses de apertura la concurrencia de 12.855 personas, con un promedio mensual de 918 visitantes. El acervo se enriqueció muy lentamente, en base a las pobres donaciones de particulares, algunas adquisiciones y, a partir de 1937, de los trabajos premiados en los salones nacionales.
En 1928 asume la titularidad del museo el pintor Ernesto Laroche, que la desempeñó hasta 1940. Este año es designado el escultor José Luis Zorrilla de San Martín. El estado de deterioro del edificio obligó al cierre durante once años (de 1951 a 1962) y realizar trabajos de construcción. El arquitecto Alberto Muñoz del Campo dirigió la principal pinacoteca del país de 1961 a 1968, dando una cierta actividad a la institución con exposiciones de artistas nacionales y la aceptación de las colecciones de Fernando García y María Spangenberg de Pearson.
Durante decenios el museo del Parque Rodó permaneció aferrado a viejos criterios expositivos, abarrotado de cuadros y vitrinas, con iluminación insuficiente, y un entorno nada recomendable. A principios de los años setenta se hizo una reforma fundamental a cargo del arquitecto argentino Clorindo Testa y el jardín de Leandro Silva Delgado, con espejos de agua y fuentes que funcionaron mal por falta de rubros para el mantenimiento. Para el miércoles, día de la inauguración, se suprimieron, y un camino empedrado da acceso a la entrada principal.
Con la asunción de Angel Kalenberg en 1969, el Museo Nacional de Artes Visuales (nueva denominación que se impuso), adquirió un relevante papel cultural con la presentación de grandes exposiciones nacionales (Barradas, Torres García) e internacionales que fueron numerosas e importantes (Rodin, Klee, Calder, Picasso, Gaudí, Chagall, Moore, Miró, Cartier- Bresson, Goya, Piranesi, Rainer, César, Tamayo, Seguí, Camnitzer, Silva Delgado, Cuevas, Soto, colectivas sobre la Bauhaus, el Collage, artistas argentinos, 100 dibujos del MoMA y el Surrealismo, entre otras), con una repercusión de público enorme que, en muchos casos, superó el medio millón de visitantes. Más recientemente, el museo se abrió a los lenguajes actuales con la incorporación de una sala de conferencias equipada con aparatos de última generación. Así, además de exhibir la arquitectura (Santiago Calatrava fue memorable) y los lenguajes audaces (Jannis Kounellis y el arte povera), convocó el arte del video presentando obras fundamentales de Bill Viola, inéditas en el país, y realizando ciclos de entrevistas a artistas nacionales (filmadas por dos especialistas, así como de las exposiciones que allí se realizan. quedando como documentos en el archivo) y de videos de personalidades internacionales (incluyendo la arquitectura contemporánea) y nacionales. Se habilitó además, por primera vez, el rescatado Salón Nacional en el corriente año. El museo se convirtió en la casa de los artistas locales.
En el nuevo montaje, el espectador podrá apreciar, de acuerdo con fotografías epocales, los viejos criterios de montaje: entre moldes de yeso de obras famosas se distribuyen cuadros y esculturas. Luego se repasa el lenguaje del retrato y se llega al arte actual con proyección de videos en sucesivas jornadas. Detenerse en el Retrato de Carlota Ferreira, la obra maestra de Blanes, en la magistral pequeña tela de Goya, Episodio de la invasión francesa, o en el magnífico Mariano Fortuny, Los contrastes de la vida, que Figari debió conocer, cuadros emblemáticos del museo, es uno de los placeres más gratificantes que ofrece esta institución. Al proponer una nueva lectura del acervo, se establece una manera adecuada de celebrar nueve decenios de existencia. *
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