Canciones de la buena memoria
Durante un poco más de una hora, el cantante y compositor Fito Páez brindó un estupendo concierto en el ballroom del Hotel Conrad. Recorrió prácticamente todos sus discos con una selección de canciones que el público festejó en una escala de intensidad de menor a mayor. El ejercicio de la madurez, eso es actualmente en escena el cantautor rosarino.
El escenario apenas iluminado, un resquicio de luz y de pronto la aparición de esa silueta tan querida y tan reconocible que se monta al piano: los primeros acordes impactan de inmediato en el público y, entonces, como un ritual, y con un inglés de sudamericano, apoyado por una banda superlativa, Fito Páez practica su tributo a George Harrison: la versión de «Something» (una de las creaciones emblemáticas o canción-faro del ex Beatle) posee una dignidad y un respeto propio de un artista latino mayor. «Era necesario por Jorge, por George, todos estamos tristes por su muerte», dijo Páez entre aplausos algo conmovidos.
Después llegó la fiesta y el recorrido de un repertorio que incluyó una estupenda versión de «Yendo de la cama al living» (de su padre intelectual Charly García), los aires de tango de «Giros», el despliegue de esa belleza melancólica cuando homenajeó a otro rosarino como Alberto Olmedo, cuando visitó deliciosamente a Caetano Veloso o cuando encaró canciones como «Al lado del camino» (a la que le agregó versos que aludieron al sinsentido de la guerra) u «11 y 6″ y la infaltable «Tumbas de la gloria».
El concierto obtuvo una sonoridad clara y contundente en su ejecutividad: todo funcionó a la perfección, con un plus de rendimiento en el bajo del formidable Guillermo Vadalá y un Páez carismático, dueño absoluto de los ritmos y las pausas escénicas y de un fluir expresivo avasallante. Hacia el final, el cantautor se calzó la guitarra y arremolinó el teatro con una rabiosa versión de «Ciudad de pobres corazones», como para recordar aquellos días lejanos y transgresores.
Después se enojó con el público (habló de «pechos fríos», sin darse cuenta que no estaba frente a un público estrictamente roquero y que estaba en un hotel puntaesteño donde el target cambia su lógica) y desapareció de escena sin practicar bises que ya estaban marcados como «Mariposa technicolor», por ejemplo. Una lástima, aunque el público se retiró más que satisfecho porque el producto Páez, operando a full, es inobjetable. *
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