Alex de la Iglesia contraataca
A lo largo de esos filmes, De la Iglesia se ha ido afirmando como un cultor de la fantasía, la provocación y un tipo de humor negro muy ibérico. La escapada norteamericana de Perdita Durango (1999) mantuvo con variaciones algunos de esos rasgos, que se han prolongado en la más reciente La comunidad.
Muertos de risa es anterior a La comunidad, y ciertamente se inscribe sin esfuerzo en esa trayectoria: hay abundantes rasgos de crueldad, ingenio y humor siniestro en esta película que describe el largo enfrentamiento entre dos figuras del mundo del espectáculo que se odian en privado, pero cuyo éxito de público depende del mantenimiento de una apariencia de relación cordial. Hay algo de la relación entre Dean Martin y Jerry Lewis en el asunto: Nino (Santiago Segura) es un cantante secundario, Bruno (el Gran Wyoming) un comediante que trata de abrirse paso. Triunfan juntos, cuando un agente astuto (Alex Angulo) los reúne en una rutina que se convierte en un clásico. Pero ese éxito oculta una batalla.
Ambos aman a una misma mujer, uno la gana, otro la pierde. El odio que de ello deriva fortalece la violencia del número que Nino y Bruno realizan juntos, y acrecienta su éxito. Ese éxito y ese odio se prolongan a lo largo del tiempo, y ello permite a De la Iglesia levantar un friso cómico, divertido, siniestro y truculento que recorre las décadas. El clima político y social de la España de los años setenta y ochenta corre al fondo de una historia que constituye un largo flashback, enmarcado en el episodio de crónica roja y ciertamente espectacular que abre el relato: el mutuo tiroteo en el que los dos personajes intentan asesinarse frente a las cámaras de la televisión.
Una tradición muy española de picaresca, humor negro y esperpento nutre a Muertos de risa: con considerable inventiva, atención por el detalle y abundante sentido del humor, De la Iglesia arma una comedia en la que se las arregla para extraer excelentes interpretaciones de sus cuatro intérpretes principales. En particular se ha destacado la «química» establecida entre Segura y el Gran Wyoming, que repite en la pantalla el vínculo que se supone mantienen sus personajes en la ficción. Su combinación de sátira, golpe y porrazo, sarcasmo, sangre salpicante y comentario social redondea una diversión de frecuente agudeza. *
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