"NUESTROS AÑOS DORADOS": JAMES IVORY ENSAYA OTRA DESPIADADA MIRADA SOBRE LA SOCIEDAD ARISTOCRATICA

Entre el poder, la pasión y la mentira

Parte de esos bienes nacieron del vientre de la conquista, el genocidio, el saqueo y el pillaje. Así creció la aristocracia, una clase social que gobernó autoritariamente durante siglos, explotando despiadadamente a los pueblos.

En Nuestros años dorados, el cineasta norteamericano radicado en Inglaterra James Ivory (La mansión Howard, Lo que queda del día y Señor y Señora Bridge, entre otros recordados títulos), ensaya otra vitriólica mirada sobre la alta sociedad, sus secretos y miserias.

La historia –ambientada a comienzos del siglo XX e inspirada en un texto de Henry James– propone una tetralogía amorosa, donde se entrecruzan sentimientos encontrados, amores ocultos y ambiciones.

Los personajes –que se van precipitando paulatinamente a un abismo de autodestrucción– son Amerigo (Jeremy Northam), un decadente príncipe italiano empobrecido, que se casa con Maggie (Katie Beckinsale), hija del magnate norteamericano y coleccionista de arte Adam Berver (Nick Nolte).

El anciano millonario radicado en Inglaterra, contrae a su vez enlace con Charlotte (Uma Thurman), una joven amiga de su hija, que mantiene un tórrido romance con el decadente príncipe italiano.

Dos matrimonios por conveniencia celebrados en forma casi simultánea, van demoliendo los afectos entre los protagonistas.

La relación entre el magnate y su hija –ciertamente enfermiza– transita permanentemente por los pretiles de un incesto.

El millonario –que exhibe a su joven mujer como parte de su colección de arte– vive obsesionado con su sueño de construir un museo en su país natal, donde exhibirá sus riquezas sin reparar en la miseria de los obreros que trabajan en sus fábricas.

En la escritura crítica de James Ivory, los cuatro personajes representan temperamentos diferentes pero conflictuados, que se debaten entre el amor, la pasión, los celos y la mentira.

El príncipe, aunque no se resigna a perder su antiguo amor, igualmente soporta una convivencia de rutina y hastío junto a su vacía esposa, con tal de no perder sus privilegios.

En tanto, el magnate parece asumir que el precio de estar casado con una mujer bella, joven e inteligente a la cual dobla en años, es otorgarle libertad casi irrestricta incluso a riesgo de ser engañado.

La hija del multimillonario soporta sumisamente una situación de virtual abandono, hasta que asume que su esposo ama a otra mujer y puede perderlo. Charlotte –una joven sin dudas libertina y moderna– por más que se aferra obsesivamente a su amante al que acosa, también transa con el destino, al permanecer al lado de un hombre mayor con quien ni siquiera duerme.

Fiel al estilo narrativo que identifica al cine de Ivory, el relato transcurre a ritmo a menudo excesivamente pausado y moroso. Detrás de las paredes y puertas del suntuoso palacio o en los iluminados salones, se ocultan amputados sentimientos, lacerantes mentiras y exacerbadas pasiones.

El realizador recurre a su reconocido talento para explorar psicologías y universos interiores clausurados por la mentira, la ambigüedad y la doble moral, denunciando nuevamente los subterráneos afectos de una clase social que rinde pleitesía a la apariencia. Sin embargo, pese a la metáfora de la copa de oro cuya fragilidad es extrapolable a la de los sentimientos humanos, las debilidades de un libreto de escaso vuelo y creatividad, vacían de contenido dramático a una historia, que se decanta hacia un epílogo previsible.

Aunque Nuestros años dorados parece distante del mejor cine del gran James Ivory, su minuciosa reconstrucción de época, una fotografía de trazo pictórico y un reparto competente la transforman en una propuesta a tener en cuenta. *

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