CECIL B. DEMENTED, DE JOHN WATERS

Osadía y provocación

El filme que hoy comienza a exhibirse es ciertamente nada convencional, desenfadado y pleno de ironía, pero también contiene escenas que sorprenden por su provocativa osadía.

A primera vista, Cecil B. Demented es la historia de un secuestro con propósitos más bien absurdos y la forma no menos disparatada en que su víctima entra en el juego de los extravagantes captores. Hasta allí, más allá de sus particularidades, la cita parece un mero ejercicio policial narrado en formato de comedia de trazo paródico.

En el centro de la historia, se ubica un ficticio grupo de cineastas underground procedentes de Baltimore, The Sproket Holes, que perpetra su primer acto de terrorismo cinematográfico.

A la ciudad llega una tonta estrella de Hollywood (Melanie Griffith), que es secuestrada por los Holes, a punta de pistola. El propósito es obligarla a participar en un proyecto propio que, insólitamente, a ella parece no desagradarle. Desde el punto de vista meramente argumental, no hay mucho más que eso en Cecil B. Demented, y quizás es bastante.

Lo que le interesa fundamentalmente al guionista y director Waters, es el despliegue de una serie de gags y episodios que se burlan, con amplias dosis de sarcasmo e ironía, de la mediocridad y la rutina de buena parte del cine comercial contemporáneo, en directa referencia a la legendaria «fábrica de sueños» de Hollywood.

La historia es gran dislate, por cierto, donde ni siquiera falta una actriz porno (Alicia Witt), que practica el sexo anal con roedores. Esas transgresiones resultan por cierto características del director John Waters, nacido en Baltimore en 1946.

El cineasta es autor de abundantes tiras impregnadas de elementos escatológicos y un profuso empleo del kitsch, que anticiparon al cine del controvertido cineasta manchego Pedro Almodóvar. Naturalmente, el norteamericano nunca alcanzó el éxito internacional del director español.

Waters comenzó haciendo provocativos cortos en Súper 8, y luego saltó a los largos underground, como Mondo Trasho (1970), Multiple Maniacs (1971), en los que involucró a varios amigos excéntricos.

En 1972, su destino se unió al del voluminoso travesti Harris Glenn Milstead (más conocido por su nombre artístico de Divine), convirtiéndolo en una auténtica estrella contracultural.

Las escenas de coprofagia (ingestión de excrementos) de Pink Flamingos, una negrísima comedia que es, acaso, una de la películas más agresivas de Waters, tienen garantizado un lugar en las historias del cine o al menos, en su disparatario.

Con el paso del tiempo Waters se civilizó pero no mucho. Desde los años ochenta ha venido trabajando en 35 milímetros y en las fronteras de la industria (a veces, incluso, dentro de ella), aunque sus películas distan de resultar «aceptables» para los criterios mayoritarios de la producción mainstream.

A esta nueva época pertenecen comedias negras como Polyester (1981, otra vez Divine), tiras musicales y rockeras como Hairspray (1988) y Cry Baby (1990), o la historia de una peculiar asesina en Serial Mom (1994). Con esta broma sobre el cine sigue en lo suyo.

Sin embargo, John Waters sigue siendo considerado un «niño terrible», en la medida que se cámaras siempre recorre los territorios de lo prohibido y cuasi pecaminoso. *

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