EL HIJO DE LA NOVIA, DE JUAN JOSE CAMPANELLA

La ternura, esa rareza

El hijo de la novia (Ricardo Darín) es puro desasosiego, no puede parar: es un adicto al celular, maneja un restaurante que heredó del padre y lo está arrinconando la crisis económica y los grandes monopolios lo están acorralando (aunque se resiste a vender ese lugar que es, en definitiva, su lugar, su olor, su tacto, su memoria y sus actuales dolores de cabeza) con una oferta más que tentadora.

El hijo de la novia es un cuarentón que no sabe que está ingresando en una fase de crisis que va a hacer su crack por sobregirarse (léase estrés), que atiende poco a su novia y a su única hija (de su anterior matrimonio) y que mantiene una relación intensa con ese padre de rara ternura que compone formidablemente Héctor Alterio y que prácticamente no visita a su madre (Norma Aleandro, una actriz tan múltiple y contundente) en el geriátrico privado donde vive confinada por las confusiones mentales que le provoca el mal de Alzheimer.

El hijo de la novia posee una ex que le marca el territorio cuando lo trata de perdedor, pero el individuo se banca absolutamente todo: «Desde que nacimos estamos en crisis», dice casi parafraseando alguna frase célebre del novelista Jorge Asís, y marcha a los manotazos por ese perímetro que terminan de conformar un primo algo zafado, los empleados y un amigo del secundario con el que vuelve a reencontrarse después de muchos años.

Todo funciona de acuerdo a los mandatos del neoliberalismo y del mundo globalizado que habla robóticamente de eficiencia, pero de igual modo ese individuo espasmódico, que habla en forma estridente, de pronto se sorprende cuando su padre le tira un cable a tierra: va a casarse de nuevo, estrictamente por iglesia, con esa mujer a la que visita día tras día en el geriátrico. El padre (de la novia) parece haber enloquecido, pero muy pausadamente convence a su hijo que por un momento apagó su celular: quiere darle el gusto a la mujer de su vida aunque ya no pueda comprender el significado religioso del ritual al que alguna vez se negó (por sus ideas, aquellas que querían, entre otras cosas, «cambiar el mundo» y no que el mundo fuese una forma aparente de la eficiencia).

El hijo de la novia, la candidata por Argentina a tentar un lugar en el próximo quinteto del Oscar (dejando atrás por amplio margen de votación a filmes de mayor vuelo y envergadura como La ciénaga), dirigida por Juan José Campanella, compone un paisaje de la contemporaneidad, un signo de los tiempos que posee caligrafía melodramática: los toques de comedia se amalgaman a las secuencias de lectura dramática a partir de gratas ambientaciones y diálogos aplicados y un rendimiento superlativo del elenco: Darín ya puede proponérselo como el mejor actor de su generación a partir de su crecimiento, su potencialidad histriónica y su generosa expresividad; Héctor Alterio compone a un padre crepuscular con ese toque de distinción que otorgan los actores superlativos; Norma Aleandro aborda su personaje de novia y mamá que no recuerda nada, pero que inevitablemente se convierte en la memoria emotiva y afectiva de todas las criaturas.

Hay mucho de ‘busco mis señas de identidad’ en el fluir del relato, así como hay mucho de humanismo en esos monólogos de porte sosegado que emanan de Alterio y que actúan como resinas frente a la velocidad urbana o metropolitana. Es un filme del que asoman, pese a las fricciones y a los roces, esos buenos sentimientos que le brindan finalmente a la historia y a sus personajes esa carnalidad que ningún efecto visual mayúsculo puede lograrlo.

Aun cuando el filme posee una tonalidad menor, no obstante llama la atención porque desarrolla sensiblemente un rebaje de decibeles: se para en el quién soy y en el a quién pertenezco, en términos de morada afectiva, y hace mover a los personajes en direcciones falsamente paralelas, pero que evidentemente apunta a una reunión de emociones pese a todas las crisis, todas, porque simplemente se trata de ser y de preservarse en las construcciones afectivas, para que nadie te pase por encima y para volver a tomar impulso.

Puede verse, pese a debilidades libretísticas. *

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