Un puente, dos culturas

El Instituto Italiano de Cultura y la Associazione Marchigiani in Uruguay, que reúne a las familias italianas provenientes de la región de las Marcas, Italia, llevaron a cabo los días martes del 9 al 30 de octubre en el Teatro Stella un ciclo de espectáculos que titularon «Un ponte, due culture» (Un puente, dos culturas) y que nos hizo conocer diversos aspectos de la civilización, cultura, arte y folklore de Italia y las Marcas.

Los espectáculos fueron a la vez diversos y concisos, múltiples en su variedad de intereses y temas y esencial en su realización: nunca hubo más de tres artistas en escena, apenas hubo escenografía, pero la calidad de su arte fue la suficiente para llenar las tablas y trasmitir el espíritu de la cultura regional; el único defecto que pudo encontrárseles fue propio de la misma competencia y entusiasmo por el arte de sus oficiantes, y fue la prolongación, un tanto excesiva, de casi todos los espectáculos, ciertamente sin mengua de su poder artístico.

El ciclo teatral presentado brilló con luz propia en la cartelera montevideana con su valioso aporte didáctico, como conviene a los espectáculos de divulgación de otras culturas. Todo fue adecuadamente presentado y explicado: los motivos para la elección de los textos, lo que se quiso hacer y hasta los medios con que el propósito fue acometido.

Hubo además tanta buena disposición de ánimo en artistas y organizadores para tender su parte del puente entre las dos culturas, que sorprende que la orilla local, que debió estar representada por nuestro público en la platea del Stella, haya ignorado casi completamente a este ciclo. El fenómeno es curioso y debe promover la reflexión, porque el Instituto Italiano de Cultura hizo llegar a los medios de comunicción con tiempo suficiente el material informativo necesario como para que estas presentaciones tuvieran el carácter de un acontecimiento artístico.

Ya hemos comentado en estas páginas la actuación del notable actor y juglar Matteo Belli en ***»Perseverare humanum est» (9 de octubre). Siguieron ***»Kamikaze» de Giorgio Donati y Jacob Olesen (16 de octubre), actores formados en la escuela de Teatro de Lecoq en París, que producen toda clase de chistes, verbales, físicos y musicales a propósito de temas que van desde los pilotos suicida japoneses a unos curiosos motociclistas pasando por un Drácula que vuelve de su tumba en clave de risa.

Es fácil ver en Donati y Olesen los antecedentes de Buster Keaton, los hermanos Marx y el café concert; pero no menos evidente es que los dos son maestros en su arte. **’Dante, viaggio nella «Divina» Commedia’, del actor y estudioso de la «Divina Comedia» Antonio Piovanelli (23 de octubre), puso en las tablas una serie de dramatizaciones extraídas de la obra del Dante, los previsibles episodios de Paolo y Francesca y el conde Ugolino más otros quince fragmentos. El actor y casi conferencista tiene una voz agradable, una dicción cuidadosa y pone en la interpretación un juego completo de matices, luces y sombras, se afilia a la tendencia de dramatizar la poesía mediante una cierta dosis de prosificación y ruptura del ritmo métrico, cosa que hemos visto en nuestras latitudes especialmente en los actores argentinos; creemos que lo que se gana en efectos teatrales, que es real, se pierde en la música del verso, que no es menos dramática y que a nuestro modo de ver es esencial en la presentación pública de la poesía, sea en recitado o en teatro en verso.

El día de su presentación Antonio Piovanelli no pareció estar en una de sus mejores noches: le flaqueó su memoria, se le desparramaron las hojas con el texto en que a veces se apoya, padeció del calor, pidió aire acondicionado, le dieron una toalla; pero nada de eso pareció arredrarlo y continuó sin vacilaciones hasta el fin.

Finalmente, el coro ***»La Macina» (30 de octubre), grupo de investigación y de divulgación del folklore local, trajo al Uruguay el alma de las Marcas, en especial de la región de Ancona, en sus canciones que tratan temas locales y universales, con instrumentos típicos. Gastone Petrucci, que es su líder, habla, explica, canta, bailotea, toca el triángulo y el tambor, goza y juguetea con la música y el canto, trasmite su embeleso a los oyentes: tiene gracia, erudición, humor, agudeza, rapidez mental. Lo acompañaron con técnica perfecta y delicada musicalidad Roberto Picchio en acordeón y Adriano Taborro en mandolina y canto. *

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