
uego de un prologado ostracismo voluntario, el cineasta –que revolucionó la cinematografÃa escandinava y universal con la transgresora osadÃa de su obra y la metafÃsica profundidad de sus abordajes– anunció el rodaje de Anna, filme que retomará los personajes de Escenas de la vida conyugal, una de las obras más aclamadas de su prolongada y exitosa carrera artÃstica.
El dramaturgo, que luego de la excepcional Fanny y Alexander anunció su definitivo retiro de los sets para dedicarse a escribir y al teatro, tuvo dos retornos anteriores, en 1984 con Después del ensayo y, en 1986, con En presencia de un payaso. Ambas pelÃculas, destinadas inicialmente al público televisivo, tuvieron una escasa difusión en la pantalla grande.
La irrefrenable convocatoria del séptimo arte que en su talentosa paleta artÃstica se transformó en una expresión mayor, volvió a tentar a Bergman en las postrimerÃas del primer año del tercer milenio.
Anna reunirá en su reparto, nada menos que a la venerable Liv Ullman y a Erlan Josephson, que otorgarán renovada vida a los personajes de la mÃtica Escenas de la vida conyugal, con una mezcla de ironÃa y humor reflexivo.
La nueva pelÃcula del maestro será una historia de encuentros y desencuentros, que retrata situaciones tÃpicas del universo cotidiano.
El cineasta, que se casó seis veces y es viudo desde 1995, no soslayó afectuosos recuerdos de su entrañable relación con Liv Ullman, que trascendió al mero romance para transformarse en una amistad perdurable sustentada en el cariño y la afinidad intelectual.
El papel de la protagonista será encarnado por la joven Julia Dufvenius, que fue dirigida recientemente por Ingman Bergman en la versión de MarÃa Estuardo, del dramaturgo alemán Friedrich von Schiller.
Actualmente, el realizador, que en los últimos años ha incursionado con frecuencia en el teatro, está ajustando la puesta en escena de su personalÃsima versión de El enemigo del pueblo, de Enrik Ibsen, que será estrenada en diciembre por la CompañÃa Teatral de Estocolmo.
El notable realizador, que vive emancipado del mundo en su isla de Faro en el Mar Báltico, es reconocido aún por quienes no admiran su profusa obra, como uno de los artistas más inquietos e innovadores de la segunda mitad del siglo.
Bergman nació en Upsala en 1918, en el seno de una familia de espartana disciplina. Su padre, que era un pastor protestante obsesionado con sus creencias, le educó con normas de conducta morales estrictas y asépticas.
Sin embargo, la prédica de su progenitor no logró modificar el curso de su destino, ya que el espÃritu libre y rebelde del joven Bergman se impuso.
El futuro realizador cursó estudios en la Universidad de Estocolmo, donde se formó en literatura e historia del arte, antes de incorporarse como ayudante de producción a la Opera Real.
En 1942, por el montaje de la obra La muerte de Gaspar, la productora Svensk Filmindustri lo contrató para trabajar en el departamento de guiones, en lo que, sin dudas, fue la inauguración de su prolÃfica carrera artÃstica.
Al año siguiente, la productora rodó una pelÃcula a partir de Tortura, una novela corta del joven Bergman que dirigió Alf Sjöberg.
Polifacético pero siempre en la actividad cultural, entre 1944 y 1952 Ingman Bergman se desempeñó como director artÃstico del Teatro Municipal Helsingborg, perÃodo que coincidió con su debut cinematográfico. Asà nació Crisis (1946), un tÃtulo poco conocido de su filmografÃa.
Luego, dirigió una serie de adaptaciones para el productor independiente Lorens Malmstedt. En la última, La prisión (1848), que fue bien acogida por la crÃtica, ya afloran las preocupaciones existenciales que marcaron su controvertida obra.
Este recordado tÃtulo marca un inicial punto de inflexión en la carrera del autor, que comienza a cosechar sus primeros reconocimientos internacionales.
Juegos de verano (1950) y Un verano con Mónica (1952), contribuirÃan luego a seguir edificando la reputación del célebre cineasta sueco, que siempre volcó sus pasiones y angustias en su obra artÃstica.
En el amplio conjunto de su propuesta, Ingmar Bergman ha escrito, producido y dirigido pelÃculas que abordan un vasto espectro temático, abarcando desde la comedia ligera en el primer tramo de su carrera, al drama psicológico y filosófico de perfiles incluso hasta metafÃsicos en la etapa más prolÃfica y reflexiva.
Entre las comedias, poco apreciadas por los admiradores que prefieren al Bergman más trascendente e introspectivo, cabe mencionar, particularmente, Una lección de amor (1954), Sonrisas de una noche de verano (1955) y El ojo del diablo (1960).
En estos tÃtulos, se destaca — particularmente– el tratamiento lÃrico de su contenido sexual explÃcito, que demolió muchos de los tabúes de una moral social aún pacata y no habituada a un abordaje tan osado de las relaciones de pareja.
Sin embargo, la mayorÃa de los cinéfilos que aprecian la obra de Bergman como un cineasta de culto, se identifican con el perÃodo que coincide con las décadas del sesenta, setenta y ochenta, cuando el realizador desarrolló todas sus potencialidades creativas, con su intransferible impronta removedora y profundamente reflexiva.
Sin embargo, ya en los últimos años de la década del cincuenta, el realizador sueco comenzó a insinuar su predilección por las exploración de las angustias existenciales del ser humano, confrontado a la finitud del ciclo biológico, la culpa, el misterio de la muerte y el silencio de Dios.
A ese perÃodo corresponde, por ejemplo, El séptimo sello (1956), un filme sin dudas emblemático e infaltable en cualquier buena retrospectiva del excepcional maestro sueco. En esta pelÃcula, en la que nos detendremos brevemente por razones obvias, Ingmar Bergman compone una oscura alegorÃa sobre el destino del hombre.
La partida de ajedrez que enfrenta al caballero medieval en un escenario de imágenes sombrÃas y esfumadas con la muerte, comporta toda una metáfora de los temores, las angustias y los miedos del ser humano. El filme también propone una iconoclasta lectura bÃblica relacionada con el Apocalipsis.
En los primeros tramos de su creación, el cineasta optó por renunciar al esplendor del color, imprimiendo su obra siempre en blanco y negro. También resulta sugestiva la ausencia de la música, que genera una estremecedora sensación de vacÃo.
La falta de estos recursos formales habituales en el cine de pasatiempo, permite al espectador concentrar su atención en la real dimensión y trascendencia del mensaje, los diálogos y la gestualidad de los actores.
El séptimo sello, que es uno de los tÃtulos más representativos del conjunto de la producción bergmaniana, sobresale por el despliegue de una auténtica artillerÃa de simbolismos y apelaciones a la iconografÃa cristiana.
A ese perÃodo corresponden también, Cuando huye el dÃa (1958) y La fuente de la doncella (1959).
En el primer caso, Bergman trasunta su conocida obsesión por la controversial ecuación tiempo-espacio, a través de la peripecia de un anciano en tránsito hacia la muerte, que transita por parajes desolados con relojes sin agujas. La obra es una poesÃa que mixtura la nostalgia con el drama y la incertidumbre.
Aunque el cineasta ha dirigido pelÃculas cuya arquitectura artÃstica se sustenta en el lirismo, es evidente su afinidad con la obra de
Victor Sjöström, por ejemplo, en el empleo de narraciones superpuestas.
A partir de Persona (1966), el artista ratificará su avidez por seguir experimentando con nuevos recursos creativos, como las simetrÃas compositivas, el empleo de los primeros planos y hasta la aparición de la música.
Persona, al igual que Fresas salvajes (1957), explora el alma humana, apelando a una baterÃa creativa tÃpicamente bergmaniana, como los flashbacks (intercalar imágenes del pasado en el presente), secuencias de sueños y visiones.
Obras como Detrás de un vidrio oscuro (1961) y El silencio (1963), reflejan una conjunción entre las preocupaciones existenciales, el letargo del alma y la incapacidad de comunicar, sentir o recibir amor.
Particularmente en El silencio, el realizador propone un conjunto de reflexiones sobre la soledad, el miedo y la incomunicación, componentes que reaparecerÃan en tÃtulos posteriores de su extensa producción.
A mediados de la década del sesenta, el cine de Ingmar Bergman se torna aún más hermético, quedando reservado a un reducido núcleo de cinéfilos intelectuales que vieron en su obra un efectivo anticuerpo contra el virus de la frivolidad que se iba apropiando de la sociedad.
Entre los tÃtulos que ameritan ser mencionados por marcar un sesgo cada vez más distante de la masividad, cabe mencionar, particularmente, La hora del lobo y La pasión de Ana.
En ambos filmes, el espectador comparte el sentimiento de angustia de los protagonistas, en una densa atmósfera claustrofóbica cargado de metáforas y lecturas difusas. Sin embargo, en todos los casos, el maestro imprime su reconocida sabidurÃa al otorgar el verdadero protagonismo a las emociones humanas.
Sin abandonar del todo los laberintos del alma, Ingmar Bergman propondrÃa luego otras lecturas bastante más cotidianas, con pelÃculas como que El toque y, particularmente, su muy aclamada Escenas de la vida conyugal.
Precisamente esta última obra comenzará a desnudar las propias tormentas interiores del cineasta, al abordar el tema de la fragilidad de los sentimientos y los problemas de convivencia.
El éxito de la pelÃcula, aún tratándose de un director recurentemente asociado con las elites intelectuales, no sorprendió. El abordaje de asuntos bien cotidianos que permiten una fácil identificación del espectador con los personajes, demolió las fronteras aparentemente impenetrables entre el realizador y el público masivo.
En la década del setenta, Ingmar Bergman ganó definitivamente el reconocimiento internacional, con tÃtulos tan emblemáticos y admirados como Gritos y susurros (1972) y La Flauta mágica (1974).
La primera pelÃcula, que es considerada una de las obras mayores de la filmografÃa del dramaturgo sueco, impactó y aún impacta por la crudeza de sus imágenes y el entrecruzamiento de sentimientos.
El filme narra la turbulenta existencia de cuatro hermanas solitarias, afectivamente vacÃas y huérfanas de afecto.
La muerte, el amor, y la incomunicación afloran –nuevamente– como componentes de la escritura bergmaniana.
Bergman exhuma también su obsesión por el tiempo como centro de los estadios emocionales de los personajes femeninos, que tanta relevancia tuvieron en su obra y su vida privada.
Gritos y susurros está concebida con una atmósfera pesadillesca, aunque el terror al que recurre el autor está absolutamente divorciado de lo sobrenatural.
La pelÃcula, aunque explora los universos metafÃsicos habituales en Bergman, concitó igualmente una clamorosa adhesión de público por su fina sensibilidad narrativa.
Dos años después, La flauta mágica (1974), propone una obra intensamente poética, en la que Bergman despliega su más extensa gama de recursos artÃsticos y su inmensa sabidurÃa.
Tras el estreno de Cara a cara (1976), que nos propone una nueva lectura de los conflictos y las patologÃas humanas, el realizador sorprende con un filme distante de sus temáticas habituales: El huevo de la serpiente (1977). Esta pelÃcula marca un nuevo punto de inflexión en la carrera cinematográfica del creador escandinavo.
Ambientada a comienzos de la década del veinte en Alemania, El huevo de la serpiente propone una alegorÃa sobre el advenimiento del nazismo.
La imágenes trasladan a los sentidos del espectador la angustia colectiva de un paÃs en pleno colapso económico y socialmente deprimido, en el que comienzan a aflorar odios subyacentes, viscerales sentimientos de xenofobia e inequÃvocos sÃntomas de que se avecina el autoritarismo.
Este filme muestra a un Bergman más sensible a las tormentas de la historia e ideológicamente bastante más comprometido.
Luego, vendrÃan Sonata otoñal (1978), De la vida de las marionetas (1980), la inconmensurable Fanny y Alexander (1982) y Después del ensayo (1984), tras lo cual el realizador abandona el cine y la televisión.
Sin embargo, su actividad teatral no tuvo pausa. Un ejemplo de ello son tres obras capitales: El pato salvaje (1972), El misántropo (1973) y El camino de Damasco (1974), entre otras.
Naturalmente, esta es una mera sÃntesis de la extensa producción de este artista mayor, que capturó en su obra la sensibilidad de la poesÃa, la angustia de los sentimientos amputados y la más extensa gala de incertidumbres humanas.
Ingmar Bergman ha publicado sus memorias en dos libros, Linterna Mágica (1988) e Imágenes (1990). Además, escribió el guión de la pelÃcula Las mejores intenciones (dirigida por su discÃpulo Claude August) y Los niños del domingo, de su hijo Daniel, ambas en 1992, lo que revela que nunca se apartó totalmente del cine. Entre los numerosos galardones recibidos, Bergman fue distinguido con el Oso de Oro del Festival de BerlÃn (1958) y tres premios Oscar a la Mejor PelÃcula Extranjera, en 1961, 1962 1983, por La fuente de la doncella, Detrás de un vidrio oscuro y Fanny y Alexander.
El aclamado realizador también recibió la Placa de Oro de la Academia Sueca (1958), el premio holandés Erasmus (1965) y el doctorado honorÃfico en FilosofÃa en 1975, en la Universidad de Estocolmo.
Al igual que su no menos venerable colega italiano Michelangelo Antonioni, tras el insoslayable “reposo del guerrero”, retornará próximamente a los estudios cinematográficos.
Aunque tiene 83 años de edad, Bergman no es un anciano, ya que mantiene intactas sus reconocidas cualidades creativas. Su rico legado lo sitúa entre los más grandes cineastas de todos los tiempos, que trascendió fronteras pese a una caligrafÃa artÃstica singularmente compleja y a menudo hasta opresiva. *
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