EL RETORNO DEL MAESTRO INGMAR BERGMAN RENUEVA LA PASION POR EL CINE COMO ARTE

Un poeta de la metafísica

* A los 83 años de edad y felizmente lejos de su ocaso artístico, el maestro sueco Ingmar Bergman retornó a los estudios cinematográficos, para renovar su eterno romance con el cine, arte que cultivó durante más de cinco décadas con su incomparable escritura dramática y el vuelo poético de su fina sensibilidad.

Martes 27 de noviembre de 2001 | 12:00
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 Ingmar
Bergman concret

uego de un prologado ostracismo voluntario, el cineasta –que revolucionó la cinematografía escandinava y universal con la transgresora osadía de su obra y la metafísica profundidad de sus abordajes– anunció el rodaje de Anna, filme que retomará los personajes de Escenas de la vida conyugal, una de las obras más aclamadas de su prolongada y exitosa carrera artística.

El dramaturgo, que luego de la excepcional Fanny y Alexander anunció su definitivo retiro de los sets para dedicarse a escribir y al teatro, tuvo dos retornos anteriores, en 1984 con Después del ensayo y, en 1986, con En presencia de un payaso. Ambas películas, destinadas inicialmente al público televisivo, tuvieron una escasa difusión en la pantalla grande.

Entre la comedia y el drama

La irrefrenable convocatoria del séptimo arte que en su talentosa paleta artística se transformó en una expresión mayor, volvió a tentar a Bergman en las postrimerías del primer año del tercer milenio.

Anna reunirá en su reparto, nada menos que a la venerable Liv Ullman y a Erlan Josephson, que otorgarán renovada vida a los personajes de la mítica Escenas de la vida conyugal, con una mezcla de ironía y humor reflexivo.

La nueva película del maestro será una historia de encuentros y desencuentros, que retrata situaciones típicas del universo cotidiano.

El cineasta, que se casó seis veces y es viudo desde 1995, no soslayó afectuosos recuerdos de su entrañable relación con Liv Ullman, que trascendió al mero romance para transformarse en una amistad perdurable sustentada en el cariño y la afinidad intelectual.

El papel de la protagonista será encarnado por la joven Julia Dufvenius, que fue dirigida recientemente por Ingman Bergman en la versión de María Estuardo, del dramaturgo alemán Friedrich von Schiller.

Actualmente, el realizador, que en los últimos años ha incursionado con frecuencia en el teatro, está ajustando la puesta en escena de su personalísima versión de El enemigo del pueblo, de Enrik Ibsen, que será estrenada en diciembre por la Compañía Teatral de Estocolmo.

El notable realizador, que vive emancipado del mundo en su isla de Faro en el Mar Báltico, es reconocido aún por quienes no admiran su profusa obra, como uno de los artistas más inquietos e innovadores de la segunda mitad del siglo.

Bergman nació en Upsala en 1918, en el seno de una familia de espartana disciplina. Su padre, que era un pastor protestante obsesionado con sus creencias, le educó con normas de conducta morales estrictas y asépticas.

Sin embargo, la prédica de su progenitor no logró modificar el curso de su destino, ya que el espíritu libre y rebelde del joven Bergman se impuso.

El futuro realizador cursó estudios en la Universidad de Estocolmo, donde se formó en literatura e historia del arte, antes de incorporarse como ayudante de producción a la Opera Real.

En 1942, por el montaje de la obra La muerte de Gaspar, la productora Svensk Filmindustri lo contrató para trabajar en el departamento de guiones, en lo que, sin dudas, fue la inauguración de su prolífica carrera artística.

Al año siguiente, la productora rodó una película a partir de Tortura, una novela corta del joven Bergman que dirigió Alf Sjöberg.

Polifacético pero siempre en la actividad cultural, entre 1944 y 1952 Ingman Bergman se desempeñó como director artístico del Teatro Municipal Helsingborg, período que coincidió con su debut cinematográfico. Así nació Crisis (1946), un título poco conocido de su filmografía.

Luego, dirigió una serie de adaptaciones para el productor independiente Lorens Malmstedt. En la última, La prisión (1848), que fue bien acogida por la crítica, ya afloran las preocupaciones existenciales que marcaron su controvertida obra.

Este recordado título marca un inicial punto de inflexión en la carrera del autor, que comienza a cosechar sus primeros reconocimientos internacionales.

Juegos de verano (1950) y Un verano con Mónica (1952), contribuirían luego a seguir edificando la reputación del célebre cineasta sueco, que siempre volcó sus pasiones y angustias en su obra artística.

En el amplio conjunto de su propuesta, Ingmar Bergman ha escrito, producido y dirigido películas que abordan un vasto espectro temático, abarcando desde la comedia ligera en el primer tramo de su carrera, al drama psicológico y filosófico de perfiles incluso hasta metafísicos en la etapa más prolífica y reflexiva.

Entre las comedias, poco apreciadas por los admiradores que prefieren al Bergman más trascendente e introspectivo, cabe mencionar, particularmente, Una lección de amor (1954), Sonrisas de una noche de verano (1955) y El ojo del diablo (1960).

En estos títulos, se destaca — particularmente– el tratamiento lírico de su contenido sexual explícito, que demolió muchos de los tabúes de una moral social aún pacata y no habituada a un abordaje tan osado de las relaciones de pareja.

En blanco y negro

Sin embargo, la mayoría de los cinéfilos que aprecian la obra de Bergman como un cineasta de culto, se identifican con el período que coincide con las décadas del sesenta, setenta y ochenta, cuando el realizador desarrolló todas sus potencialidades creativas, con su intransferible impronta removedora y profundamente reflexiva.

Sin embargo, ya en los últimos años de la década del cincuenta, el realizador sueco comenzó a insinuar su predilección por las exploración de las angustias existenciales del ser humano, confrontado a la finitud del ciclo biológico, la culpa, el misterio de la muerte y el silencio de Dios.

A ese período corresponde, por ejemplo, El séptimo sello (1956), un filme sin dudas emblemático e infaltable en cualquier buena retrospectiva del excepcional maestro sueco. En esta película, en la que nos detendremos brevemente por razones obvias, Ingmar Bergman compone una oscura alegoría sobre el destino del hombre.

La partida de ajedrez que enfrenta al caballero medieval en un escenario de imágenes sombrías y esfumadas con la muerte, comporta toda una metáfora de los temores, las angustias y los miedos del ser humano. El filme también propone una iconoclasta lectura bíblica relacionada con el Apocalipsis.

En los primeros tramos de su creación, el cineasta optó por renunciar al esplendor del color, imprimiendo su obra siempre en blanco y negro. También resulta sugestiva la ausencia de la música, que genera una estremecedora sensación de vacío.

La falta de estos recursos formales habituales en el cine de pasatiempo, permite al espectador concentrar su atención en la real dimensión y trascendencia del mensaje, los diálogos y la gestualidad de los actores.

El séptimo sello, que es uno de los títulos más representativos del conjunto de la producción bergmaniana, sobresale por el despliegue de una auténtica artillería de simbolismos y apelaciones a la iconografía cristiana.

A ese período corresponden también, Cuando huye el día (1958) y La fuente de la doncella (1959).

En el primer caso, Bergman trasunta su conocida obsesión por la controversial ecuación tiempo-espacio, a través de la peripecia de un anciano en tránsito hacia la muerte, que transita por parajes desolados con relojes sin agujas. La obra es una poesía que mixtura la nostalgia con el drama y la incertidumbre.

Aunque el cineasta ha dirigido películas cuya arquitectura artística se sustenta en el lirismo, es evidente su afinidad con la obra de
Victor Sjöström, por ejemplo, en el empleo de narraciones superpuestas.

A partir de Persona (1966), el artista ratificará su avidez por seguir experimentando con nuevos recursos creativos, como las simetrías compositivas, el empleo de los primeros planos y hasta la aparición de la música.

Angustias existenciales

Persona, al igual que Fresas salvajes (1957), explora el alma humana, apelando a una batería creativa típicamente bergmaniana, como los flashbacks (intercalar imágenes del pasado en el presente), secuencias de sueños y visiones.

Obras como Detrás de un vidrio oscuro (1961) y El silencio (1963), reflejan una conjunción entre las preocupaciones existenciales, el letargo del alma y la incapacidad de comunicar, sentir o recibir amor.

Particularmente en El silencio, el realizador propone un conjunto de reflexiones sobre la soledad, el miedo y la incomunicación, componentes que reaparecerían en títulos posteriores de su extensa producción.

A mediados de la década del sesenta, el cine de Ingmar Bergman se torna aún más hermético, quedando reservado a un reducido núcleo de cinéfilos intelectuales que vieron en su obra un efectivo anticuerpo contra el virus de la frivolidad que se iba apropiando de la sociedad.

Entre los títulos que ameritan ser mencionados por marcar un sesgo cada vez más distante de la masividad, cabe mencionar, particularmente, La hora del lobo y La pasión de Ana.

En ambos filmes, el espectador comparte el sentimiento de angustia de los protagonistas, en una densa atmósfera claustrofóbica cargado de metáforas y lecturas difusas. Sin embargo, en todos los casos, el maestro imprime su reconocida sabiduría al otorgar el verdadero protagonismo a las emociones humanas.

Sin abandonar del todo los laberintos del alma, Ingmar Bergman propondría luego otras lecturas bastante más cotidianas, con películas como que El toque y, particularmente, su muy aclamada Escenas de la vida conyugal.

Precisamente esta última obra comenzará a desnudar las propias tormentas interiores del cineasta, al abordar el tema de la fragilidad de los sentimientos y los problemas de convivencia.

El éxito de la película, aún tratándose de un director recurentemente asociado con las elites intelectuales, no sorprendió. El abordaje de asuntos bien cotidianos que permiten una fácil identificación del espectador con los personajes, demolió las fronteras aparentemente impenetrables entre el realizador y el público masivo.

En la década del setenta, Ingmar Bergman ganó definitivamente el reconocimiento internacional, con títulos tan emblemáticos y admirados como Gritos y susurros (1972) y La Flauta mágica (1974).

La primera película, que es considerada una de las obras mayores de la filmografía del dramaturgo sueco, impactó y aún impacta por la crudeza de sus imágenes y el entrecruzamiento de sentimientos.

El filme narra la turbulenta existencia de cuatro hermanas solitarias, afectivamente vacías y huérfanas de afecto.

La muerte, el amor, y la incomunicación afloran –nuevamente– como componentes de la escritura bergmaniana.

Bergman exhuma también su obsesión por el tiempo como centro de los estadios emocionales de los personajes femeninos, que tanta relevancia tuvieron en su obra y su vida privada.

Gritos y susurros está concebida con una atmósfera pesadillesca, aunque el terror al que recurre el autor está absolutamente divorciado de lo sobrenatural.

La película, aunque explora los universos metafísicos habituales en Bergman, concitó igualmente una clamorosa adhesión de público por su fina sensibilidad narrativa.

Dos años después, La flauta mágica (1974), propone una obra intensamente poética, en la que Bergman despliega su más extensa gama de recursos artísticos y su inmensa sabiduría.

El embrión autoritario

Tras el estreno de Cara a cara (1976), que nos propone una nueva lectura de los conflictos y las patologías humanas, el realizador sorprende con un filme distante de sus temáticas habituales: El huevo de la serpiente (1977). Esta película marca un nuevo punto de inflexión en la carrera cinematográfica del creador escandinavo.

Ambientada a comienzos de la década del veinte en Alemania, El huevo de la serpiente propone una alegoría sobre el advenimiento del nazismo.

La imágenes trasladan a los sentidos del espectador la angustia colectiva de un país en pleno colapso económico y socialmente deprimido, en el que comienzan a aflorar odios subyacentes, viscerales sentimientos de xenofobia e inequívocos síntomas de que se avecina el autoritarismo.

Este filme muestra a un Bergman más sensible a las tormentas de la historia e ideológicamente bastante más comprometido.

Luego, vendrían Sonata otoñal (1978), De la vida de las marionetas (1980), la inconmensurable Fanny y Alexander (1982) y Después del ensayo (1984), tras lo cual el realizador abandona el cine y la televisión.

Sin embargo, su actividad teatral no tuvo pausa. Un ejemplo de ello son tres obras capitales: El pato salvaje (1972), El misántropo (1973) y El camino de Damasco (1974), entre otras.

Naturalmente, esta es una mera síntesis de la extensa producción de este artista mayor, que capturó en su obra la sensibilidad de la poesía, la angustia de los sentimientos amputados y la más extensa gala de incertidumbres humanas.

Ingmar Bergman ha publicado sus memorias en dos libros, Linterna Mágica (1988) e Imágenes (1990). Además, escribió el guión de la película Las mejores intenciones (dirigida por su discípulo Claude August) y Los niños del domingo, de su hijo Daniel, ambas en 1992, lo que revela que nunca se apartó totalmente del cine. Entre los numerosos galardones recibidos, Bergman fue distinguido con el Oso de Oro del Festival de Berlín (1958) y tres premios Oscar a la Mejor Película Extranjera, en 1961, 1962 1983, por La fuente de la doncella, Detrás de un vidrio oscuro y Fanny y Alexander.

El aclamado realizador también recibió la Placa de Oro de la Academia Sueca (1958), el premio holandés Erasmus (1965) y el doctorado honorífico en Filosofía en 1975, en la Universidad de Estocolmo.

Al igual que su no menos venerable colega italiano Michelangelo Antonioni, tras el insoslayable “reposo del guerrero”, retornará próximamente a los estudios cinematográficos.

Aunque tiene 83 años de edad, Bergman no es un anciano, ya que mantiene intactas sus reconocidas cualidades creativas. Su rico legado lo sitúa entre los más grandes cineastas de todos los tiempos, que trascendió fronteras pese a una caligrafía artística singularmente compleja y a menudo hasta opresiva. *

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