Amores en el desierto
Las últimas puestas en escena de obras de García Lorca han resultado muy insatisfactorias. La insistencia con el autor, cuyos méritos no están en discusión, ¿muestra realmente una admiración por su teatro?
La retorcida versión de Bodas de sangre (Marcelino Duffau) y la deslucida versión de La casa de Bernarda Alba (María Varela) han padecido el mismo grado de anemia y grisalla. Pero ahora, Yerma, en puesta en escena de Ernesto Clavijo, padece de análogas carencias.
Salimos del teatro del Notariado, cumplida la función y nos parecen venir de otro planeta las informaciones sobre el estreno de Yerma, plagado de tormentas ideológicas, de ataques y escándalos, de conmoción social.
Vemos, como siempre en los últimos tiempos de nuestro teatro, una invasora faz plástica, representada aquí por unos engorrosos paralelepípedos que los actores mueven de aquí para allá y que al fin se vuelven y muestran, en una pobre metáfora, un niño muerto y sobre todo, por una terrible cama metálica carente de colchón y ropa de cama –otra metáfora, no menos pobre, de la esterilidad– con la que los actores no saben qué hacer: a veces la ponen de costado, otras verticalmente, sin que nunca estas evoluciones, que hacen padecer al ritmo narrativo, tengan un sentido claro.
Todas estas dificultades escénicas, que pudieron obviarse dejando ver los campos y el cielo, lo que hubiera dado más vida a la escenas populares, tendieron a limitar la obra, a confinarla, a ponerle incómodos límites antes que a desarrollarla.
Pero lo más inquietante para nosotros es la incomprensión de esta Yerma, por el verso y el canto. Con la posible excepción de Mariana Pineda, Yerma es una de las obras de García Lorca donde hay más verso y canciones: cada tanto los personajes abandonan la prosa, su decir levanta vuelo y hablan en verso; otras veces cantan.
En la puesta en escena de Ernesto Clavijo, el verso está dicho exactamente como si fuera prosa: como si por un capricho o veleidad del autor hubiera líneas quebradas que, de tanto en tanto, producen alguna sensación de retorno o de repetición en el oído con las rimas y el tiempo de los versos. Todos los efectos métricos, toda la soltura que puede tener el heptasílabo y las rimas asonantes, mezclados a veces, como al descuido, con otros metros, toda la gracia rítmica de la poesía, todo el canto del verso desaparece, molido por la prosificación.
Al fin, sucede algo semejante a lo que pasó con la versión local de La casa de Bernarda Alba: uno no entiende cómo Yerma no arrumba de una vez a su frígido marido fundamentalista y la emprende con Víctor, que la espera en calma. ¿Tanto ruido y hasta una muerte a propósito de una mujer calenturienta?
La obra parece, así, irremisiblemente fechada en una época pretérita de opresión de la mujer, de potestad marital, de reino de los hombres.
Clavijo ha subrayado los esguinces eróticos entre Yerma y Victor, sin duda para lograr una puesta al día de un drama que se hace lejano y poco compartible; pero estos detalles más bien operan en dirección divergente del texto y no a su favor.
Bettina Mondino tiene todo lo necesario para el papel. Actúa y canta bien, y no hay nada que le impida decir adecuadamente el verso; Sergio Pereira, en un personaje que apenas llega a manifestarse, manifiesta su parte con expresividad y Jorge Villarmarzo está a la altura del rígido y frígido Juan.
YERMA, de Federico García Lorca, con Bettina Mondino, Jorge Villarmarzo, Marianella Hernández, Sergio Pereyra, Estela Quartiani, Virginia Rodríguez, Laura Barboza, Adriana Do Reis, Sylvia Mocchetti y Susana Acosta. Escenografía de Adán Torres, vestuario de Elizabeth Vargha, iluminación de Juan José Ferragut, banda sonora de Carlos García y Alejandro López y dirección general de Ernesto Clavijo. Estreno del 16 de noviembre, Teatro del Notariado. *
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