ARTE

III Bienal del Mercosur (2)

NELSON DI MAGGIO

 

Bolivia, Chile, Paraguay y Perú abundan en pintores (como Brasil) que prolongan un lenguaje exhausto. A menudo hay solvencia profesional pero también estancamiento (el brasileño Daniel Senise, es uno de ellos). Más abiertos a las nuevas modalidades expresivas, argentinos y uruguayos (y aquí no hay riesgo de nacionalismo) se internan por senderos más comprometidos con la realidad que viven. Ese debe ser el rumbo de cualquier bienal de hoy: privilegiar aquellas personalidades provocativas y artísticamente incorrectas, interruptoras de circuitos consagrados, especialmente los mercantiles. Tampoco es conveniente el exceso de representantes locales y habría que imitar a la Bienal de Lyon, donde los franceses son, muchas veces, minoría, al igual que los italianos en Venecia. Parece que la presencia de 69 artistas brasileños, sin mucha envergadura investigadora, «é demais». Es una selección marcada por un provincianismo elemental como ocurrió con las primeras bienales paulistanas.

Exigir dentro y exigir a los de afuera. Uruguay, con una mayoritaria calidad, se desbarrancó con el envío de Ignacio Iturria (lamentables pinturas sobre espejos, botellas y muñecos de papel pintados, grotescos cabezudos de carnaval jibarizados, entre otras chucherías objetuales) un pintor premoderno con sus quince minutos de fama que ahora corre el riesgo de entrar en decadencia sin haber pasado por la edad de oro. Felizmente, los restantes diez integrantes mantienen un nivel de dignidad y, un par de ellos, constituyen una revelación. El montaje del video de Fernando Alvarez Cozzi-Carlos Pellegrino en un contenedor forrado de espejos es un hallazgo inesperado al multiplicar el sereno transcurrir de la imagen acorde con su música. Otro logro es el de Ana Salcovsky en una atractiva presentación, aquí recuperada de tanteos erráticos, así como la excelente ambientación de Magela Ferrero y el empinado humor del videasta Martín Sastre.

Pero sin duda, quien acapara la mayor atención es Marco Maggi. Este uruguayo residente en Estados Unidos, con una aceptación en los más exigentes medios de ese país (galerías, museos y crítica especializada) y poco conocido en su tierra, tiene el talento suficiente para hacer del dibujo un arma cargada de inesperadas asociaciones y hacer estallar las convenciones establecidas. Sigue utilizando la línea como un elemento del pensar y de la reflexión sobre el propio lenguaje pero en un cuestionamiento conceptual y perceptual que incluye una corrosiva apropiación de los iconos de la computación y de los pérfidos canales de información.

En Micro & Soft sobre Apple Macintosh es un rectángulo de aluminio como marco sobre cuya base inferior se apoyan una serie de manzanas reales arrugadas, grabadas en la cáscara. Además del juego de palabras duchampiano (pequeño, blando, manzana) hay una desacralización de la obra de arte, de la naturaleza muerta, ese género que sobrevivió varios siglos. En Miopía global, grabado a punta seca sobre acrílico, la lectura, aún con luz rasante, se hace casi imposible y es otra ironía sobre las posibilidades de la comunicación visual. Bitnik, lápiz sobre cerámica negra, es todo lo contrario y la misma imposibilidad de ver. Otras obras están realizadas sobre aluminio de cocina, finísimos slides (Micro, macro, marco), un enjambre de signos de ciudades utópicas a la punta seca o un lápiz sobre cerámica blanca. Todavía, una instalación (Hot Bed), varias pilas de hojas de papel (2.500) rasgadas por dibujos que en cierta medida coinciden con la estética de la portuguesa Helena Almeida en sus dibujos habitados. Con leve, punzante ironía que desparrama en cada trabajo, Marco Maggi constituye una de las pocas revelaciones de la bienal portoalegrense.

La otra revelación es un gaúcho fallecido de sida a los treinta y cuatro años. Rafael França (1957-1991) nació en Porto Alegre y se formó en San Pablo (Escuela de Comunicación y Arte de la Universidad), ampliando su registro investigador en diversas técnicas de grabado, xerox, mail-art, performances e intervención urbana. Al recibir la beca Fulbright, en 1982, hace su maestría en video en la Escuela de Arte del Instituto de Chicago. Continúa sus estudios y ya siendo portador del HIV, realiza en pocos años una serie de videoinstalaciones revolucionarias.

El homenaje, a cargo de Vitória Daniela Bousso, directora del excelente Paço das Artes de San Paulo, quedó un poco corto ya que se centró sólo en la producción última de França, sin rastrear otros aspectos anteriores del talentoso creador. De cualquier manera, la presentación de cuatro videos (más un documental que resume, y bien, su obra) es un descubrimiento y una revelación. En un videowall se reúnen cuatro videos significativos de su estilo cortante, seco, disociando la imagen del sonido, creando atmósferas de dramático suspenso en el caso de una mujer que intenta, inútilmente, abrir una puerta. También se pueden ver Sin miedo al vértigo, Insomio y en particular, su obra maestra, Preludio de una muerte anunciada, el último video que realizó. Aquí recorre, con delicadísima ternura y sostenido aliento poético, las relaciones eróticas con su compañero, sin mostrar jamás la totalidad de los rostros o de los cuerpos, enfocando los gestos de las manos que se unen y separan, que recorren los cuerpos vestidos (lo que acentúa el espesor erótico) la suavidad y brevedad de los besos, las caricias, el aferrarse a la vida, anuncian, en un cuerpo desgastado por la enfermedad, la inevitable despedida final, mientras, los nombres de amigos muertos de sida atraviesan la imagen como homenaje y recuerdo personal. Con un tacto y una sensibilidad impecables, es la última relación con el mundo, con el ser querido, en escenas conmovedoras, donde la sobriedad, el recato, el pudor para manifestar los sentimientos de una relación homosexual y el uso magistral de la cámara contribuyen a redondear esta obra singular e inolvidable.

Hay otros artistas que merecen ser contemplados. La argentina Dolores Cáceres con una instalación en las escaleras y un discurso sobre la violencia a partir del golpe militar, Nora Correas y Silvia Rivas hacen envíos valiosos, mientras Art Detroy, Clorindo Testa y Eduardo Giménez no están a la altura de sus antecedentes. Los brasileños son pocos los que suscitan interés: Marlene Bergamo y sus potentes fotografías, también sobre la violencia, Alice Vinagre, con una instalación minimalista de madera y terciopelo negro, José Patricio y una obsesionante instalación de piezas de dominó y Mauro Bellagamba, con otra instalación en el suelo por donde se puede circular y ver ojos que a su vez nos miran y Alex Flemming, con fotografías intervenidas. Los demás participantes y países quedan en una zona inocua que el catálogo, cuando se edite, registrará sin pena ni gloria. Hubo también performances en el Hospital Psiquiátrico San Pedro, muy concurridas, que se realizaron solamente el primer mes. *

 

(Segunda y última nota sobre la III Bienal del Mercosur)

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