Mil días sin el Solís

La primera etapa de recuperación del Teatro Solís insumió a los arquitectos la elaboración de 450 planos, que son entregados por la Intendencia de Montevideo a los interesados en realizar la obra. El llamado a licitación cerrará en sesenta días y la empresa

seleccionada tendrá 24 meses para realizar las obras. El director de Promoción y Acción Cultural de la comuna, Osvaldo Ferreyra, dijo a LA REPUBLICA que «cuando cumpla 148 años el Solís estará abierto al Uruguay». Junto a las centrales atómicas y los hospitales, los teatros constituyen uno de los tres tipos de proyecto que requieren mayor nivel de especialización. La complejidad de la obra es tan grande que si los disquetes no existieran, los interesados en la concesión deberían llevarse cuarenta quilos de papel cada uno para contener los planos. Trece empresas se presentaron a la precalificación y doce quedaron habilitadas para continuar «en carrera». De esa cantidad, más de la mitad ya compró los pliegos de la obra, cuyo costo está estimado en quince millones de dólares. Este monto será financiado por la IMM mediante créditos y recursos propios». Ferreyra indicó que la sala tendrá «un cambio cualitativo fundamental, ya que se convertirá en un teatro para el siglo XXI. Será otro teatro con la misma cáscara, con otra caja escénica, conceptos y tamaños distintos, apuntando básicamente a realizar obras y brindar servicios que el Solís no tenía por su escasez de espacios y equipamientos». También será «un teatro seguro y confortable, con sistemas antiincendios, temperatura agradable, ascensores y butacas de última generación».Además, la IMM trabaja en un plan que optimice la administración de la obra en el futuro, cuando el Solís se convierta en «un complejo estrictamente cultural».

El objetivo es habilitar el Teatro Solís en el segundo trimestre de 2004, cuando la sala principal, el hall y foyer serán abiertos al público. Las alas permanecerán cerradas hasta que el presupuesto permita hacer un nuevo llamado a licitación. En principio, la Intendencia de Montevideo ya invirtió 4.200.000 dólares en el anteproyecto, planos y estructura básica. Después vendrán otros quince millones de dólares para el armado y alhajamiento del lugar, que visualmente será similar al antiguo teatro pero estará adaptado a las necesidades modernas.

La última modificación efectuada al Solís tuvo lugar en 1948. Desde entonces, salvo por algunos «lavados de cara», el lugar se vino abajo. Las columnas, que datan de 1840, son de mármol de Carrara. Hoy están recubiertas de madera para protegerlas mientras los obreros de la empresa Saceem, adjudicataria del primer tramo de obra, realizan nuevamente los cimientos, que estaban fuera de su eje.

 

Maderas centenarias

El arquitecto Pascual señala que en el momento del cierre, varios tramos del Solís tenían riesgo de derrumbe. El edificio, que ocupa una superficie de 18.000 metros cuadrados, albergaba a más de 300 personas que desempeñaban actividades diversas, incluyendo talleres de herrería y carpintería, un museo y un restaurante. Desalojarlos implicó un proceso de un año y medio. El objetivo es que cuando sea recuperada, la sala tenga sus 950 lugares disponibles para funciones de teatro y los salones adicionales no tengan otra función que integrar el complejo cultural.

Los antepalcos serán habilitados nuevamente para recuperar la acústica que se perdió en 1808, cuando los tiraron para poner más asientos.

Una de las cosas que dejará de ser usada será el caño de sanitaria, un agujero donde una persona entra parada y que desde 1940 atravesaba el teatro por debajo de la platea, provocando una constante corriente de aire frío en los pies de los asistentes. Otras piezas en desuso fueron donadas a diversas instituciones o simplemente están guardadas en los salones de las alas laterales. Es el caso de los troncos de pino que en 1840 fueron traídos desde Rusia para sostener la platea. Durante un siglo y medio esas maderas, arqueadas y carcomidas, sostuvieron a cientos de espectadores.

 

A prueba de incendios

El daño sufrido por el edificio a través de los años se percibe a simple vista. Las viejas molduras caen por su propio peso, sostenidas apenas por varillas de hierro atacadas por el óxido. Las que no se caen, son retiradas por los trabajadores de Saceem, empresa adjudicataria del primer tramo de la obra. La intención es restaurarlas para volver a fijarlas con un sistema más seguro.

Las puertas de acceso al teatro están todas podridas y abren solo para adentro como consecuencia de la última reforma del lugar, efectuada en 1948. En aquel momento se dotó a las puertas de un sistema impensable para un centro cultural, ya que si es necesario desalojar el teatro en forma urgente, las puertas deberían poder ser empujadas hacia afuera.

El sistema de acceso es apenas una parte de la inseguridad que brindaba el Solís. Sin sistema de incendio, el edificio tuvo varios focos ígneos a lo largo de su historia. Saceem instaló un sistema antiincendios propio mientras está trabajando y el futuro teatro tendrá su propio sistema en cada área que se habilite. Dentro de la sala y los palcos habrá detectores de humo para evitar que la gente fume, al tiempo que las nuevas butacas tendrán un tapizado antiflama.

Pascual comentó a LA REPUBLICA que el Solís «es básicamente de madera. No se puede volver a tener aquí talleres donde se soldaba o se trabajaba con fuego. Eso no puede volver a pasar».

 

Un teatro desnudo

La primera percepción de un visitante que accede al Solís en la actualidad es un inmenso agujero donde alguna vez estuvo el hall de entrada. Solamente persisten las columnas, cubiertas de madera para protegerlas. Las paredes desnudas muestran inmensas rajaduras y manchas de humedad. El rugido de las máquinas en el «agujero» se vuelve, por momentos, atronador. La única «música» que resuena entre las paredes del Solís es la producida por los picos y palas de los trabajadores que desmantelan la sala e instalan un nuevo sistema de circulación interna. Los sótanos de las dos alas serán conectados por debajo del vestíbulo para ampliar los depósitos.

Los trabajos iniciales están concentrados principalmente en el cañón central, que constituyó el edificio original. Las alas fueron incorporadas posteriormente con fines comerciales. El edificio fue adquirido por la IMM en 1937 y todavía en esa época las alas tenían comercios que iban desde talabarterías hasta farmacias, incluyendo panaderías. En 1948 pasó a funcionar todo al servicio del teatro con excepción del restaurante El Aguila y el Museo de Historia Natural. Sin embargo, en las alas se mantuvieron algunas dependencias municipales, como la División Turismo y Recreación, lo que provocó que los arreglos al edificio se hicieran por sector, sin una conciencia integrada. Según Pascual, el Solís quedó «lleno de remiendos» que nunca brindaron «una solución integral al deterioro».

 

Teatro del Siglo XXI

El equipo arquitectónico apunta a lograr un teatro que «visualmente recree la obra del Siglo XIX pero sea operativo para el siglo XXI». El foso de la orquesta será mecánico y tendrá tres posiciones que permitirán a los músicos estar a la altura del foso, la platea o el escenario. Además, podrán ingresar desde abajo del escenario y no por la puerta principal, como era hasta el momento del cierre. La nueva inclinación de la platea permitirá apreciar mejor el espectáculo.

El nuevo sistema de ingresos será por el hall principal, sustituyendo las puertas laterales de Juncal y Bartolomé Mitre, por donde entraba el público de las galerías s
uperiores. Antes del cierre, quienes no iban a la platea no tenían foyer, ni ropería, ni lugar de espera, ni baños. Se hacía la cola en la calle y no había ascensores ni rampas para los discapacitados. En el futuro, todo el público ingresará por el vestíbulo principal y tendrá acceso a todos los servicios. Habrá una escalera central que comunicará todos los pisos a partir del hall.

El alhajamiento será nuevo con excepción de las butacas de la platea, que serán restauradas con tapizado antiflama.

 

Al borde del derrumbe

Pascual indicó que algunos sectores del teatro, principalmente en las alas laterales, estaban «al bordel del derrumbe». Los baños del primer piso de la calle Juncal estaban sostenidos por hierros totalmente carcomidos por el óxido. Las barras de metal, llenas de agujeros, soportaban el peso de medio metro de escombros, colocados para instalar encima los baños. Abajo, había un tanque de combustible.

La misma situación tenía el salón donde la Emad daba clases de baile. Las maderas de apoyatura estaban combadas y carcomidas por la humedad. El cateo realizado por los arquitectos demostró que en algún momento se quebraron y la administración del momento mandó colocar otras maderas cruzadas. Abajo, estaban las calderas de calefacción.

Pascual explicó que el material «estaba tan dañado porque originalmente el teatro tuvo un solo piso. El techo fue azotea durante veinte años y después se limitaron a levantar más paredes. Ese material, ya dañado por el tiempo y la lluvia, debió soportar la sobrecarga de escombros colocada para nivelar los pisos de arriba. Cuando la IMM ordenó la reforma de 1948 no tocó esa parte. Se limitaron a abrir puertas para conectar los locales comerciales e instalar oficinas. Los huecos que abrieron para comunicar esas salas fueron a costa de desmontar muros portantes».

Las instalaciones sanitaria y eléctrica también estaban «en estado terminal», así como los pisos de planta baja en las galerías laterales.

 

Desastre histórico

El teatro advirtió su fragilidad en 1936, cuando una de las bóvedas laterales se derrumbó. Allí funcionaba el «Cine Parlante» y seis personas murieron en el accidente. Los técnicos percibieron la fragilidad de la obra y picaron el resto de la bóveda. Lo mismo se hizo del otro lado, donde estaba la sala Zabala Muniz, dejando un techo «provisorio» de metal que nunca fue cambiado. Pese al intenso calor del verano y al frío del invierno, la EMAD utilizaba la sala para sus fiestas y clases de baile. El piso de madera se gastó tanto, que cuando los trabajadores de Saceem desmontaron las ventanas, los golpes contra el piso lo quebraron en varias partes. Las alas quedarán en esta situación «terminal» hasta que aparezca presupuesto para realizar las obras.

Uno de los espacios que sí será recuperado es el escenario, que fue construido en 1856 con un concepto estructural de principios de 1800. La nueva estructura suplantará la madera por el metal, dándole mayor capacidad de carga para escenografías pesadas. El frente será más bajo que la parte posterior para que los pies de los actores se vean desde la platea pero perderá la pronunciada pendiente que se le dio en 1908, cuando fueron derribados los antepalcos. La inclinación del escenario dificultaba la instalación de decorados y las piezas de baile, pero era la única forma que el espectáculo pudiera ser visto desde las sillas posteriores de los palcos. *

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