LA PROFESORA DE PIANO, DE MICHAEL HANCKE, UN FILME COLMADO DE CLICHES

Públicas virtudes y privadas obsesiones

A ver, estimado lector, ¿quién puede ser la actriz indicada para ese diseño de personalidad fracturada que, en su momento, volverá a la normalidad o tendrá su punto de no retorno? Desde luego que acertó: se trata de Isabelle Hupert, esa niña de día y mujer de noche con su pálida, rojiza cara que parece querer estar en todos los planos, en todas las secuencias como si se tratara de su último filme o su último aliento. Es tan buena en estos roles zafados que hasta se puede llegar a pensar que, en rigor, está poniendo demasiado de sí misma, de su yo particular en esa criatura con mami sórdida en fase de encierro (una admirable, conmovedora Annie Girardot) que ha estado sofocándola hasta la extenuación toda su vida, coartándole toda posibilidad de huida o de convivencia menos estresante.

La profesora de piano es de esos relatos que, desde el afiche, ya están marcándole al potencial espectador la factibilidad de un amour fou. Es que la que busca, encuentra, pero el asunto es buscar diría Julio Cortázar, de modo que la diurna profesorita estricta y reservada es capaz, por las noches, de ir a los shops pornográficos para ver esas cintas de video donde pasa de todo en forma explícita, mientras su excitación crece ante el jadeo de los cuerpos en la sucesión de imágenes o la que recorre solitariamente los autocines hasta encontrar la parejita de adolescentes que está fornicando a full y entonces hasta el goce personalísimo de orinarse allí nomás. O fantasear con que tendrá su amante.

Será un joven estudiante de piano que la persigue obsesivamente (Benoit Magimel) y que tendrá finalmente su recompensa y así, el relato, en su tensión dramática, en su curva de desaliños, pondrá su plus liberador: la incontinencia en esa mujer desdichada (la Huppert sabe cómo construir personajes desestructurados que van partiéndose en pedazos a medida que se acumulan los incidentes) se volverá un traspaso de frontera: de la sumisión a esa locura hecha de escándalos íntimos y públicos (los celos, por ejemplo, también liberarán en esa personalidad fragmentada formas de la crueldad con una de sus estudiantes).

El personaje que compone Isabelle Huppert contiene sus principios de deseo más profundos, sus emociones más potentes. Pero al momento de amar, pues, regresan las reglas de una mente alterada, de una emocionalidad agotada que la hacen movilizar –ante la perplejidad del joven amante– líneas de acción que tienen mucho de repulsión, de mecánica autodestructiva.

La profesora de piano es un filme que precisamente ya se filmó demasiadas veces, como para saber que hay un mundo maldito, fuera de curso. Por lo tanto, se vuelve previsible aunque tenga momentos de gran resolución y las intervenciones maravillosas de la Girardot, esa gigante.

Y por favor Huppert, deje por favor los clisés y su galería de tics fuera del set. *

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