Incomunicados
Es posible que los jurados hayan querido alentar a un autor visiblemente primerizo, en lo que creemos su primer ensayo; no parece que el público, que recibe la obra fríamente, refrende esa decisión.
«En honor al mérito» se demora en conversaciones inconducentes –ya oímos la tozuda defensa: «…pero eso es la vida real, así es como la gente habla»– conversaciones insignificantes que se pueden inventar o recopilar sin ningún esfuerzo y que suponen que el teatro es una afortunada selección de diálogos vulgares de la «vida real». Hay alusiones a una Comisión Parlamentaria y a la Justicia Militar, que convocan a declarar a la protagonista; uno de los hombres anónimos de la obra (Jorge Bolani), a los que se designa prudentemente como X y Z, dice haber rematado a alguien que estaba por morir a sus manos; hacia el fin, el mismo ente anónimo amenaza a la protagonista con un revólver. Desde el punto de vista de la exposición, es probable que esta obra pretenda ser un superlativo de las obras de acción indirecta; es posible que Musto haya querido presentarnos, no la acción real, sino su reverso, un contraluz, un negativo fotográfico a partir del cual la escena viva construiría la realidad dramática; algo semejante a las últimas obras de Harold Pinter, como «Polvo eres». «En honor al mérito» intriga al espectador, que se pregunta qué está pasando, intriga que lo mantiene alerta; pero los diez minutos de «suspensión de la credulidad» pasan y la expectativa se disuelve cuando la narración, más que indirecta, se hace derechamente incomprensible. Contra lo que consignaron los adelantos de prensa, la obra no es un «drama político» ni, mucho menos, de «crítica social»: curiosamente, no hay ni siquiera alusiones al ambiente político que rodeó la declaración como testigo de la protagonista ante una Comisión Parlamentaria y tampoco hay un esbozo de la sociedad en que la anécdota ocurrió o tan siquiera su atmósfera moral, con lo que la obra, suspendida en el vacío, pierde fuerza y peso.
Si no fuera porque se alude con nombre y apellido a Zelmar Michelini, la obra podría desarrollarse en cualquier país del Tercer Mundo. Por nuestra parte, creemos que el asesinato de Michelini, Gutiérrez Ruiz, Barredo y Whitelaw es un crimen a partir del cual, si no hubieran otros, todos deberíamos sentir hambre y sed de justicia; la existencia de asesinos sueltos y, peor aún, no identificados, es un agravio a la igualdad ante la ley y un evidente peligro para la seguridad y la vida de los uruguayos; pero el majestuoso tema no pudo ser, en tanto la verdad no se haga resplandecer sobre las tablas con brillo enceguecedor, el pretexto de una opaca pieza de teatro.
La puesta en escena de Héctor Guido agravó la confusa exposición del tema, al no diferenciar con claridad qué ocurre ahora y qué es mirada retrospectiva. La escenografía de Osvaldo Reyno planteó dificultades adicionales: el segundo plano del escenario está ocupado por objetos difíciles de distinguir y de los que se ignora qué función cumplen. Un atareado Walter Etchandy los lleva y los trae, sin que sepamos por qué, en un papel inadmisible para un actor de sus condiciones y trayectoria, un papelito menos que insignificante, que no llega siquiera a bolo. La interpretación, fuera de los gritos rutinarios en los pasajes coloquiales para significar drama, fue tan neutra como la obra.
Una observación marginal suscitada por el Festival de Teatro de Buenos Aires, pero aplicable a «En honor al mérito»: el rasgo que distingue, con pocas excepciones, a los espectáculos del Río de la Plata es una extraña incapacidad para la emoción y la comunicación, más que cualquier aspecto técnico. Así, por ejemplo, «Cara quemada» (Lituania), «La historia de la oca» (Canadá), «House» (EEUU) o «Körper» (Alemania), en algunos de los casos pese a las dificultades del idioma, fueron obras conmovedoras y comunicativas; la mayor parte de las puestas en escena locales, aun las que tratan temas candentes desmintieron el imaginario «calor» latino y parecieron, junto a aquellas, poco comprometidas y distantes. *
EN HONOR AL MERITO, de Margarita Musto, con Margarita Musto, Paola Venditto, Jorge Bolani y Walter Etchandy. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Soledad Capurro, ambientación sonora y música de Carlos Da Silveira, luces y dirección de Héctor Guido. En Teatro El Galpón, sala 1.
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