"El círculo": la cruda magia del cine iraní
Con el reciente estreno de «El círculo» de Jafar Panahi, largometraje que conquistara el premio mayor del último Festival Cinematográfico Internacional de Cinemateca, el público uruguayo continúa accediendo a un peculiar fenómeno audiovisual de los tiempos que corren: la estatura artística y el vigor del cine iraní en el nuevo siglo.
Quizás –en principio– el indicador original de mayor relevancia a nivel local haya sido A través de los olivos del director Abbas Kiarostami cuya primera exhibición tuvo lugar en un festival anterior de Cinemateca y, literalmente, cautivó a la crítica especializada. Luego de un par de años, el (re)estreno en Cinema Paradiso volvió a refrescar esos deslumbramientos sobre una aparente historia sencilla que encierra la magia del cine dentro del cine a partir del rodaje de otra película incluida en el filme matriz.
El espejo que refleja espejos
Con ritmos temporales que podrían exasperar a un público videoclipero, la proeza cinematográfica de Kiarostami logró niveles varios de fascinación al «contar» el asedio amoroso de un joven rechazado en el marco de una población devastada por un cataclismo. Esta improbable simpleza se desdibujaba, desde luego, cuando la «puesta en escena» agregaba el componente de un equipo de rodaje y la película terminaba transformándose en la filmación de una filmación como si fuera un juego de espejos entre la gente común. Y se le hincaba el diente a las costumbres, realidades y ficciones que aparecían en pantalla para beneplácito de una platea encandilada. (Un encandilamiento que alcanza grados sublimes con uno de los finales abiertos más poéticos y sugerentes que ha logrado el cine).
El pecado de ser mujer
Pero no sólo Kiarostami, –quien ha consagrado otras propuestas como Y la vida continúa, El viento nos llevará, El sabor de las cerezas, y ¿Dónde está la casa de mi amigo? para el mejor recuerdo del séptimo arte– puede resultar un cineasta atendible en el exótico panorama de este territorio también habitado por tártaros, turcos, armenios, baluches y kurdos. También Jafar Panahi puede vislumbrarse como un referente mayúsculo que explique las causas de este fenómeno cinematográfico iraní que ha cautivado las plateas de todo el mundo. Director de obras memorables como El globo blanco y El espejo (otro notable experimento del cine dentro del cine), Panahi logra con El círculo un alegato de estatura universal sobre la deplorable condición social de la mujer en su tierra natal.
Prohibida en su lugar de origen (o «en proceso» de estudio y/o censura como declararan los representantes diplomáticos de Irán en Uruguay), esta valiente denuncia ya ha obtenido –además del reconocimiento de nuestra cinéfila Banda Oriental– varios premios al por mayor que incluyen el León de Oro de Venecia 2000; el Premio OCIC y el Premio Unicef, entre otros.
Truffaut decía que la tercera película es, en realidad, la primera. Sin embargo Panahi bien podría ser la excepción a la regla ya que sus dos anteriores largometrajes también han dado cuenta de la fina sensibilidad que maneja para registrar historias y llegar al corazón de las emociones sin amagar siquiera al golpe bajo. En este caso, el recuento de vida es menos grato y arriesga una contestataria reivindicación de la mujer, negada en su condición autónoma desde los mismísimos preceptos del Corán.
Estructurada en base a historias que se mezclan, El círculo golpea al espectador con un rigor casi documental al fotografiar trozos de vida que acusan un inquietante sabor a realidad.
Esa «realidad ficcionada» recoge una sombría paleta donde depresión e intolerancia son apenas algunos de los oscurísimos matices que se intercalan a lo largo del filme. Pero Panahi sabe contener el desborde pasional y demora en plasmar esos alaridos del alma que lloran su injusticia.
Cuando lo hace, el impacto es mayor y queda resonando en la platea. Conmueve, conmociona y es una película muy valiente, sí señor.
El círculo (Dayereh). Dirigida por Jafar Panahi. Guión: Kambuzia Partovi; Fotografía: Bahram Badakshami. Con Maryuam Oakyub y Nagress Mamizadeh. *
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