La violencia y el amor
Hay un componente autobiográfico en la historia de este Fernando Vallejo, autor de la novela original y encarnado en el filme por Germán Jaramillo, que vuelve a su natal Medellín luego de un largo alejamiento, encuentra una realidad totalmente distinta a la que dejó atrás treinta años, y emprende una singular historia de muerte y amor. Conoce a Alexis, un adolescente de 16 años, rápido con el gatillo, que trabaja para los narcotraficantes, y emprende con él un romance que termina en tragedia cuando el muchacho es asesinado. De ahí en adelante dará comienzo la búsqueda de los asesinos, y la anécdota conocerá algún giro cuando el hombre mayor encuentre a otro adolescente extrañamente parecido al difunto.
Hay que razonar que ni Vallejo en su libro, ni el director Barbet Schroeder en su adaptación cinematográfica, han querido hacer, en primer lugar, realismo social. Si la película incluye un elemento testimonial sobre el narcotráfico y la violencia en Colombia, es por añadidura. Por cierto que es muy duro su retrato de una forma de vida donde una muerte más o menos carece de importancia y el asesinato por encargo es la única alternativa al hambre y la marginalidad. Pero al filme no le importa, primordialmente, denunciar los métodos del narcotráfico y sus crímenes. Para eso ya estaban Traffic o Blow.
En todo caso (y alguien lo ha dicho ya), La virgen de los sicarios es una película sobre la violencia y el crimen por encargo en Medellín, del mismo modo que Perdidos en la noche es una película sobre la prostitución masculina en Nueva York: en ambos casos, la actividad desempeñada por algunos de sus personajes es el disparador o el pretexto para contar una historia, y retratar más ampliamente la desesperación y la búsqueda de mecanismos para sobrevivir en medio de un mundo caótico. Se ha podido afirmar incluso que se trataba de Muerte en Venecia en versión tropical, con personajes que empuñan automáticas Beretta de 9 milímetros y una indagación existencial en medio de la violencia ciudadana.
O quizás «realismo mágico negro», como apuntara otro observador. En todo caso, las angustias, los desconciertos y hasta la serie de circunstancias sangrientas que envuelven a este Vallejo y sus amantes masculinos forman parte de un trámite más amplio, el retrato de una ciudad avasallante, demoledora y caótica que golpea, dura e impiadosamente al espectador. Cierto carácter alucinatorio recorre el filme, y tal vez ese sea el aspecto más personal aportado por el director Schroeder, un fuera de serie que nació en Teherán, trabaja entre Europa y los Estados Unidos, ha sido productor de Eric Rohmer, y suele interesarse por muchas cosas, desde el cuadro de «vidas al límite» de More hasta la adaptación de Bukowski de Una mariposa en la noche o Barfly, dos filmes que resulta difícil atribuir al mismo realizador de productos comerciales de estricta rutina como Mujer soltera busca, Pacto con la muerte o Antes y después, o incluso filmes mainstream de nivel superior como Mi secreto me condena, con Jeremy Irons. *
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