FESTIVAL DE CADIZ: COMO LLEGAR AL PUBLICO Y QUE LENGUAJE TEATRAL UTILIZAR

Una preocupación común

En los pasillos del FIT y en las conversaciones de los teatreros, críticos y teóricos mucha expectativa había despertado la presentación del grupo argentino «La escala humana», con la obra del mismo título, y se subrayaba que el juvenil elenco traía una nueva manera de hacer teatro. El hecho de que el texto está escrito por tres directores teatrales (Javier Daulte, Rafael Spregelburd y Alejandro Tantanian) no hacía sino aumentar la curiosidad despertada.

«El carácter disparatado de la pieza demanda una actuación realista. Se busca una magnitud real, y no metafórica, en el tratamiento visual y sonoro de la puesta. Se ha contrastado el absurdo de las situaciones con un registro de actuación, de puesta en escena que apela a un realismo cinematográfico, donde los tiempos, las emociones se potencian al modo de una obra con mensaje». Esta «declaración de intenciones» de los creadores de la obra explica –por una parte la realización de la misma– y choca con su realidad, por otra.

La pieza teatral es una mezcla de parodia del teatro policial, teatro del absurdo, desmesura en las situaciones y parlamentos que subrayan lo ilógico, trufados con actuaciones rockeras en escena. Todo ello –a pesar de la rebuscada «modernidad»– tiene una base por demás tradicional: el grotesco rioplatense (que, eso sí, aquí nunca llega siquiera a rozar lo chabacano) y el «viejo y entrañable teatro del absurdo».

El ritmo, trepidante, no decae y a las situaciones se suceden con momentos destacados, pero existe también por momentos cierta dispersión. La actuación es muy buena y el público rió con ganas las notas de humor y premió con fuerte aplauso la labor del elenco. Pero la inclusión de piezas rockera en directo garantiza la «modernidad» y –en este caso– el «nuevo lenguaje» no es sino una «actualización» de algo de tan añeja y arraigada tradición como el grotesco rioplatense.

 

Un poema escenificado

 

«La casa de Rigoberta mira al sur», de la compañía nicaragüense Justo Rufino García, significa el «debut» de ese país centroamericano en el FIT gaditano. La compañía lleva el nombre de un joven que hacía teatro de calle y fue asesinado por la guardia somocista. Escrita y dirigida por el ecuatoriano Arístides Vargas (del renombrado grupo «Malayerba») es una «narración un tanto triste de lo que sucede en un país cuando las revoluciones fallan o cuando fallan los mundos utópicos e intentas poner en práctica estos universos que son impracticables», en palabras del propio autor.

La obra resulta ser un homenaje, un poema intenso escenificado, cargado de simbolismos (a veces hermético por su abundancia). Cuatro personajes dialogan y monologan sobre pasado y presente: una abuela (que recuerda la época del general Sandino), una joven –Rigoberta– muerta en los ochenta, que está siempre presente como fantasma corpóreo y cotidiano (y que es ora la revolución sandinista ora Nicaragua) y un matrimonio (sus padres), otrora sandinistas y hoy incorporados plenamente a una sociedad posrevolucionaria.

La obra tiene un excelente elenco pero se torna por demás lenta y algo larga en exceso. Muy diferente a anteriores trabajos de «Malayerba», realiza una interesante «disección» en la revolución sandinista y –sobre todo– en sus consecuencias y de cómo afectó a Nicaragua (representada por Rigoberta) y a sus gentes (sus padres, de evidente clase media urbana). Pero lo hace de forma «universal», como una idea (latinoamericana, por cierto) más que como una realidad concreta, lo que es su mérito. Homenaje de amor a un país y estudio de una experiencia (en parte fallida) tiene un buen texto pero le falta dinámica y choca una utilización algo excesiva de expresión corporal en el personaje discursivo de Rigoberta y en personajes que permanecen sentados a lo largo de toda la obra (sus padres). *

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