AYUI-TACUABE EDITO UN VARIADO LOTE DE FONOGRAMAS DE AUTORES NACIONALES

Tango, música clásica y rock

Tres fonogramas corresponden al guitarrista Agustín Carlevaro.

El primero es «Agustín Carlevaro interpreta a Piazzola» y los dos restantes denominados «Recital de tango». Además, «Siete composiciones» de Diego Legrand y «¿Cómo?», del grupo Malena Morgan.

Carlevaro por tres

Intérprete de particular identidad, Agustín Carlevaro ha sido elogiado y admirado por artistas de la talla de Edmundo Rivero o del maestro Astor Piazzolla, del cual uno de los citados discos recoge numerosos arreglos.

Su carrera dentro de la música se inicia en su temprana juventud, pero no es sino hacia principios de la década del 60, más precisamente en el año 1963, según el propio Carlevaro, cuando el músico comienza a volcar sus esfuerzos a la interpretación del tango con guitarra sola.

Entre sus influencias, el propio Carlevaro reconoce –por ejemplo– la de genios como el compositor alemán Johann Sebastian Bach, el español Andrés Segovia y el mítico guitarrista Abel Carlevaro, hermano de Agustín.

En el primer disco, Carlevaro interpreta hermosas páginas como por ejemplo, «La última curda» y «María», ambas de «Cátulo» Castillo, «Che bandoneón», «Milonga triste» y «Sur», de Homero Manzi, e «Ivette», del gran Pascual Contursi.

Aquí el artista demuestra un bien definido estilo propio, marcadamente clásico, en el cual hace gala de un vasto repertorio de recursos en la ejecución del instrumento, al cual rindió durante toda su carrera una suerte de devoción. A pesar de otorgarle a cada composición su inconfundible sello, Carlevaro respeta la esencia de cada una de ellas, conservando intacto su espíritu en los dos siguientes discos, la temática es también básicamente tanguera.

En ellos se recogen –más que nada– arreglos hechos por el artista de composiciones del vanguardista músico argentino Astor Piazzolla, quien bebiendo de la extensa y rica tradición del tango, elaborara un estilo rupturista y personal, resistido en un comienzo pero reconocido luego como una de las grandes innovaciones musicales del siglo XX.

Carlevaro recrea, con singular maestría, algunas de las obras más brillantes y más célebres del reconocido compositor, entre las cuales podemos destacar, para mencionar solamente algunas, «Adiós Nonino», «Resurrección del ángel», «Libertango», «Las estaciones proteñas» y «Tanguísimo».

El intérprete prefiere el lenguaje reposado, sin ampulosidades. No cae en exageraciones ni en estridentes muestras de su talento, sino que prefiere expresarse en forma más calma, más contenida. Su música apunta a lo profundo, por momentos la genialidad aparece guarecida tras la sencillez velada, pero siempre presente si se sabe descubrir.

Además de temas de Piazzolla, el gran intérprete nos deleita con arreglos de obras como «Alfonsina y el mar» o «Minueto», del genial Ludwig van Beethoven.

Estos tres discos vienen a constituirse en notable testimonio de parte de la trayectoria de uno de los músicos uruguayos más importantes del siglo XX y una clara e innegable demostración de la plena vigencia de su arte.

Diego Legrand

En este trabajo, nos hallamos ante un compositor de dilatada trayectoria, tanto dentro como fuera del ámbito musical local, de fina sensibilidad, que evidencia –a lo largo de su nutrida obra– una gran capacidad para captar y asimilar diferentes estilos, para abrevar de múltiples maestros y crear una obra personalísima, única en su concepción, que apela al lenguaje simple, a la claridad, sin caer en el facilismo de épicos virtuosismos ni de rimbombantes estridencias.

Diego Legrand nació en 1928, en Montevideo, Uruguay. Su primer estilo ha sido definido como neoclásico, pero Legrand, en su inquieto afán de búsqueda, muta, se aventura por nuevos senderos y experimenta, aunque sin perder la sencillez, la utilización de pocos elementos para dar vida a sus creaciones.

El disco nos ofrece la oportunidad de apreciar una selección de obras cuyo nacimiento se sitúa en las últimas cuatro décadas del siglo que hemos dejado atrás. Para destacar sólo algunas de estas obras, podríamos referirnos, por ejemplo, a «Espacios II». Esta composición comienza con un tono de melancolía, apenas insinuada en un principio, que luego crece y decrece constantemente, filtrándose sutilmente.

A medida que la obra avanza, el dramatismo comienza a tornarse más tangible, pero continúa ascendiendo y descendiendo, incrementándose para luego disminuir, pero hallándose latente.

Las voces de los distintos instrumentos se intercalan, a veces se superponen, construyendo siempre el clima de la obra con breves pinceladas, con sutiles matices, hilvanando y deshilvanando. Esta ecuación creativa evita que el sonido se torne tenso y recargado.

La obra se teje lentamente. Hilo tras hilo, cada instrumento va nutriendo la urdimbre sonora. El sonido gotea, algunas veces hasta convertirse casi en tempestad, para luego, poco a poco, recobrar la calma dando a la obra una apariencia cíclica. No existe un crescendo final, un clímax que cierre la composición, sino que permanece la idea de infinitud.

En «Constelaciones», en cambio, el clima dramático es más oscuro, más fúnebre, más ominoso. Es una obra de estructura más densa, sólida.

El excelso pianista compatriota Numen Vilariño, de tan dilatada y reconocida trayectoria como Legrand, despliega una gran gama de recursos expresivos, desde sutiles rasgueos hasta poderosos golpes que aumentan la tensión.

El artista continúa aquí creado un efecto de vaivén, de un sonido ondulante, que culmina en el abrupto y sombrío final. También amerita un destaque particular «Epígrafe», una obra que fluye alternando climas, entrelazando apenas los distintos instrumentos, separándolos y juntándolos. Sin embargo, cada voz está sabiamente hilvanada con las demás, y todas componen un solo cuerpo, un solo ser musical.

Por último, los referiremos a la cuarta de las siete obras que integran este fonograma, que se intitula «Música para oboe, guitarra y cuerdas».

Esta composición destila pesar, se hace evidente el latido, ora apenas perceptible, ora más notorio, de cierta pena, que la participación de cada instrumento va marcando paulatinamente.

Es una pena que fluye lenta, lenta pero sin cesar, sin perder el ritmo compositivo, sin interrumpir la creación de climas. Cada tanto, destaca el apenado fraseo del oboe, o algún sombrío trémolo de la guitarra, pero nunca se pierde la unidad, el cuerpo, la idea de un todo, de un espíritu común que envuelve la obra.

Estas » Siete composiciones» constituyen una obra lograda, sensible y particularmente expresiva, donde el genio del autor explora distintos senderos sin sacrificar nunca su particular impronta y virtuosismo.

Klang y Malena Morgan

El quinto y último disco plantea una propuesta radicalmente distinta a los anteriores. En este caso, nos encontramos ante un fonograma que podría enmarcarse dentro de la muy genérica definición de rock.

Debemos considerar la dificultad de delimitar las pautas propias del género que, a estas alturas, reúne bajo su nombre estilos tan variados y alejados en el tiempo como, por ejemplo, el que cultivaba el mítico Elvis Presley y los Sex Pistols, auténtica banda de culto dentro del punk rock.

Esta banda uruguaya que apareció allá por 1994, nos propone un conjunto de canciones que apuntan a un público eminentemente juvenil.

Su música es desenfadada, divertida. En este disco se fusionan la experimentación electrónica, el rap y otros ritmos que bien podrían enmarcarse en lo que suele llamarse música alternativa, consistente en una propuesta rupturista, que pretende alejarse de modelos o conve
ncionalismos preconcebidos. *

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