Un músico prehistórico

LA REPUBLICA de los precios del éxito, de la presión de la industria y de la liberación que representa hacer la música que desea.

Quienes tengan encasillado a Jorge Nasser como un «roquero», tal vez puedan sorprenderse por este nuevo álbum solista, titulado Efectos Personales, con un sonido mayormente acústico y un gran énfasis en la milonga. No es tan raro si se tiene en cuenta que Nasser estuvo detrás de proyectos como la grabación del disco de El Cuarteto Zitarrosa o participó en el disco Cuando el río suena, de la cantante argentina Adriana Varela, producido por Jaime Roos. Tampoco si se revisa con cuidado la obra de Níquel, la participación de Nasser en la banda de Jaime Roos o el primer y ya lejano disco solista del músico editado en 1984.

En Efectos personales hay, además de sus temas, versiones de canciones de Zitarrosa y Mateo, más la presencia como invitados de Jaime Roos, Ruben Rada y Pepe Guerra, nombres que bien pueden ser tomados como una declaración de principios. El músico está consciente de esas opciones: «Yo me paso haciendo homenajes, no tengo muy claro bien por qué. No es algo común en Uruguay. Debería serlo, ya que aprendés mucho, más si sos compositor, te enseña mucho estar en la arquitectura que otro diseñó».

Tampoco es común el intercambio entre músicos de distintos estilos, todo está muy compartimentado…

–En ese sentido yo he sido un provocador, y me ha costado. En Níquel sinfónico invitamos al Sabalero y a Hugo Fattoruso por ejemplo. Dice Neil Young que siempre hay que tocar con tipos que sepan más que vos, así siempre aprendés algo. Y la música aparte de logros de venta o de público es crecimiento individual, artístico. El pasar de una frontera a la otra es lo que más te puede aportar. Claro que eso trae aparejado riesgos.

 

–¿En qué sentido?

–La actividad musical está muy impregnada de la actividad industrial-musical. Empiezan a aparecer reglas que no se sabe muy bien de dónde aparecieron y todas se originaron en la industria. Es algo que ya está inculcado, ya tenés el microchip en la cabeza, no necesitan ser recordados. y si llegás a transgredirlas siempre va a haber alguien diciéndote «pero cómo te animás a hacer una milonga, si vos sos roquero».

 

–Siempre que el líder de un grupo saca un disco solista se desatan rumores de que la banda está en una crisis, ¿pasa esto con Níquel?

–Yo creo que sí. No es que estemos mal entre nosotros, pero un grupo no puede cubrir todas tus expectativas como músico, es como un pintor que tenga que pintar toda su vida con la misma paleta de colores. Hay una cierta crisis en la propuesta de Níquel, pero en el sentido chino de la palabra, en que esta es la oportunidad de hacer otra cosa. Puede ser que logremos hacer algo nuevo. Por ahora lo nuevo se me ocurrió al salirme de esa propuesta. Porque estoy cuestionando un poco el rock, los significados de la palabra rock ya no me resultan lo mismo y eso recae sobre Níquel. No es un problema personal sino filosófico.

 

–La palabra rock abarca tantas cosas que ha ido perdiendo significado…

–El problema es que el rock se ha llenado de reglas, de prejuicios, de industria. Y más con una banda grande como Níquel que sintió la necesidad de incorporar esas facetas industriales masivas. De alguna manera nos tocó el papel de ser el primer grupo masivo de rock en Uruguay. Y eso nos obligó a transitar por primera vez los caminos de la industria como peregrinos, como gente que está descubriendo qué hacer con seis mil personas en un concierto, cómo aceptar los clubes de fans, qué hacer con firmar autógrafos en una mutualista. Se nos armó un lío bárbaro. Salirme de todo eso y hacer otra música, fue para mí algo muy saludable. Fue un acto de libertad.

 

–Ese proceso de Níquel, de convertirse en un grupo masivo, también le valió muchas críticas, ¿como las viviste?

–De la cara para afuera a veces con una sonrisa y a veces mostrando los dientes y en el alma con un gran dolor. Traté de soportarlo, pero me fue creando una amargura muy grande. Tal vez lo único de todo mi pasaje por la música que me ha dolido fue la incomprensión que sufrimos –no por los que estábamos tocando– sino porque nos iba bien.

El hecho de que un grupo de rock uruguayo gustara tanto como la música de cumbia era algo impensable. Que la gente bailara con nosotros como bailaba con Karibe con K cuando hacíamos algún recital en el programa de Omar Gutiérrez, era algo que hasta cierto punto estaba abriendo caminos. Tal vez si no hubiera habido alguien que pagara el precio de esa popularidad, hoy no existirían estos grupos de rock fiestero que convocan tanta gente.

Es un poco doloroso recordar eso, la amargura quedó, supongo que se me irá pasando.

 

–En tus canciones has tenido una relación de amor-odio con el Uruguay. ¿Hacia donde se inclina ahora la balanza?

–Hay razones de peso en los dos lados, es una balanza equilibrada, pero muy cargada en ambas bandejas. La canción «Amo este lugar» se iba a llamar en principio «Amo y odio este lugar», pero por razones fonéticas lo cambié en el entendido que la letra ya mostraba esa dicotomía.

Creo que el Uruguay tiene condiciones geográficas y climáticas privilegiadas. También por ciertas «casualidades» históricas tiene un prócer muy lindo de tener. El gesto de prescindencia de Artigas cuando decidió retirarse me interesa aun más que sus campañas militares. También lo que nos dejó Varela, pese a haber surgido en un ambiente dictatorial. Tenemos la suerte de tener ese sistema de educación pública que ha dado ejemplos maravillosos de civismo, que hoy se están perdiendo. Yo con la canción «Maestra» que está en este nuevo disco, intento muy humildemente poner un pequeño dique y en vez de cantarle a la chica de la barra –que ya le he cantado– le canto a la maestra.

Dentro del lado «malo» está principalmente lo de «pueblo chico infierno grande». Tenemos todos los defectos del pueblo chico, somos miserables, canallas. Junto con ese Artigas están conviviendo los que lo traicionaron. No sólo viviendo sino ocupando espacios importantes en el país. Hay toda una cosa muy conservadora y muy gris que no es de hoy. Y vivimos entre esos dos lados de la balanza. La canción «Amo este lugar» habla un poco de eso: un día parece que esto es una gloria porque acá no va a explotar ninguna torre y al otro día pensás que esto es un desierto, un cementerio donde nunca vas a poder crear, o donde existen miopías y pequeñeces como las que mencionábamos antes, como criticar a alguien porque le va bien.

No existe en Uruguay una crítica constructiva. La crítica artística no cumple un papel dinamizador no sólo para el público sino también para el artista. Acá la crítica es el espacio donde algún Napoleón de turno dice lo que hay que escuchar y no.

 

–¿Como se manejó Níquel en esas dicotomías?

–Sentimos con el grupo la necesidad de introducir ciertas reglas. La regla imperante era la de pueblo chico infierno grande. Nosotros pensamos que introduciendo las reglas normales del capitalismo: si algo gusta hay que venderlo, creímos que íbamos a estar más cobijados. Acá las cosas no funcionan así, no hay reglas de juego claras. Ese el gran defecto del Uruguay, la falta de un proyecto que nos dé la sensación de que estamos en función de algo. Parecería que aquí el que manda es Tinelli.

 

–¿Por qué te parece que Níquel nunca logró entrar en Argentina a pesar de que hicieron varios intentos?

–Es evidente que no hicimos los suficientes. El asunto es que vos no podés ir contra tu propia naturaleza. Yo venía de Buenos Aires y lo que veía allá no me gustaba. Como que no pude contener el desagrado que me daba el ambiente de allá. También debo reconocer que tenía una soberbia muy grande al pensar que íbamos a ganar
con nuestras propias reglas. Creo que entrarles con rock a los argentinos es imposible, ni Paralamas ni Maná lo lograron, y eso que vienen de mercados muy fuertes. Ellos esperan que vayamos con tamboriles, tienen el mismo preconcepto que nostros podemos tener ante, por ejemplo, la música del caribe, que siempre imaginamos alegre y con maracas.

Tal vez también el problema fue que nuestro éxito era demasiado localista. Hubo un momento en que deberíamos habernos ido para allá, porque no podés lograr nada desde acá, y no lo hicimos.

La no existencia de una industria en Uruguay también hace que uno no sepa cómo moverse.

Acá no hay un Santaolalla o un Pelo Aprile, la figura más influyente es Omar Gutiérrez, que juega un papel dinamizador y puede influir en las masas.

Tal vez gente como nosotros hoy pueda servir, si tenemos la humildad suficiente y los pibes saben escuchar, podamos trasmitir esas experiencias. Yo siento que fuimos pioneros, prehistóricos casi.

Hoy ya se puede ver que los grupos salen genéricamente mejorados, grupos como La Vela Puerca se aguantaron tres años antes de grabar un nuevo disco. Fueron tan inteligentes como para elegir entre cuarenta canciones no entre quince. Nosotros no teníamos a nadie que nos asesorara. Dentro de cien años, vamos a aparecer seguramente como la prehistoria de la industria musical uruguaya.

 

–¿Pensás en el público a la ahora de componer?

–No es una línea permanente de pensamiento. Según lo que haga puede entrar o no el receptor. En canciones como «Maestra» no, si hubiera pensado nunca la hubiera hecho. Esa clase de canciones que tocan el verbo popular, te son dictadas, después pensás en el resultado. Cuando el juego es más lúdico pienso en quién puede estar escuchando. Nunca pensé en la masa. En ese sentido me identifico mucho con una frase de Lennon que decía que él escribía para alguien en alguna parte.

Creo que el único enemigo que vos tenés en la creación es el apuro. Es lo único que no hay que hacer, hay que estar seguro de que estás cumpliendo escrupulosamente todos los pasos. Yo he arruinado un montón de canciones por apurarme.

Es algo muy difícil de lograr, no sólo por la presión industrial, sino por la presión personal…

–Mirá que cuando lo llamás presión personal, seguí buscando porque tenés el chip de ellos. El origen de tu preocupación también es industrial. Yo me he dado cuenta hasta qué punto está eso en mi cabeza. *

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