Disfrutables artistas uruguayos
En el hermoso entorno del poco visitado y menos difundido Museo Antropológico, en la lejana Avenida de las Instrucciones, hay, desde agosto, una exposición titulada Danza de los espíritus. Sin el (agotado) catálogo disponible (aunque hay leyendas murales) resulta difícil establecer la procedencia de las magníficas piezas y ampliar la lectura del guión curatorial, por otra parte claro y entendible. Es un detalle, que, de existir, contribuiría a que el visitante prolongara e intensificara la experiencia in situ.
Es un recorrido por diferentes religiones del mundo afro, con numerosos fetiches, trajes y altares cultuales (casi instalaciones barrocas) que aquí vuelven a ocupar el sentido original luego que los artistas occidentales de Gauguin a Picasso, fortalecieran casi exclusivamente el interés formal. La atmósfera conseguida con un montaje inteligente envuelve y atrapa al receptor con una sutil seducción que no impone ni obliga a la aceptación de sus contenidos o creencias. Al contrario, se establece una comprensiva sensibilidad de la otredad en la apropiación de cada objeto, las suntuosas y coloridas vestimentas, los minuciosos altares cargados de elementos de múltiples significados. Y un toque de dramática atención a través de un instrumento de tortura para los negros esclavos del siglo XIX. Una de las mejores investigaciones antropológicas realizadas en el país. Prohibido prohibírsela.
Amalia Nieto (Museo de Arte Contemporáneo)
Son pocos los momentos históricos y artísticos de felicidad y dicha. El período cretense, breves trechos de la claridad de la Edad Media, buena parte del siglo XVIII y la pintura galante, el fin del siglo XIX y el impresionismo, el principio del siguiente con el art-nouveau y el art-déco marcan la pauta, en su enunciación, de la característica de la condición humana Los creadores celebrantes del mundo y de la vida, del placer de la existencia, no son muchos. Watteau, Boucher, Fragonnard, Renoir, Monet, Gauguin, Bonnard y Matisse son las personalidades paradigmáticas de esos momentos solares.
Amalia Nieto, nacida en 1907 (y no en 1910, como ella misma reclama) atravesó todo el breve siglo XX sin contaminarse de las dos guerras mundiales ni de los períodos dictatoriales del país. No por desaire a los acontecimientos que conmovieron al mundo ni por inclinación a la frivolidad. Su obra está en íntimo acuerdo con su personalidad firme pero sin aristas, enérgica sin provocación, segura sin imposiciones de ninguna especie y una afectividad que se extiende como una religión desparramada.en la elegancia al contacto con los demás y la suave tonalidad de una voz inconfundible. En cierta medida su proyecto de vida y de arte encajan perfectamente en la modernidad. Se comprende que en sus años de aprendizaje se haya acercado a Domingo Bazurrro, Joaquín Torres García, André Lhote, Gino Severini y Johnny Friedlaender, maestros de formas de vida como también lo fue Jorge Romero Brest y Adolfo Pastor, con quienes amistó.
Por eso, la muestra que organiza en el Museo de Arte Contemporáneo está signada por su personalidad. Amalia Nieto escogió las obras para una antología de medio siglo, con un tacto infalible, donde cada tela es una obra de excepcional calidad y representativa de cada período. Es cierto. Faltan algunas que el espacio no puede aceptar. Se notan la ausencia de esculturas y grabados. Pero las que están, ninguna está demás o tambalea en su calidad. Parecen hechas en un mismo impulso y en breve período por la secreta unidad interior que las distingue. Entre algún techo de París (1957) y las naturalezas muertas mentales (1990- 94) han variado los temas, los conceptos estéticos, por momentos más figurativa o más abstracta, y aún en épocas en que el informalismo parecía arrasar con todo supo mantener el delicado equilibrio entre la gestualidad emotiva y dominio de la razón.
Ni la arbitrariedad del montaje de Osvaldo Reyno (por momentos fastidioso en su incomprensión) logra empañar esa serena lección de saber pictórico, ese derroche de refinamiento cromático en las gamas altas o bajas, esa estricta composición donde todo es lujo, calma y voluptuosidad. Imperdible.
Linda Kohen (Espacio Cultural MEC)
De origen italiano, a los 15 años se radicó en Uruguay estudió con Pierre Fossey y Eduardo Vernazza, en Buenos Aires con Horacio Butler y luego, otra vez en Montevideo, con José Gurvich, Augusto Torres y Uruguay Alpuy. La impronta torresgarciana fue la más perdurable. En especial, la capacidad de permanente investigación y que, al contrario de sus maestros, pudo dejar atrás una pesada herencia plástica.Y si quedó, aparece como en sordina, subterráneamente, diestramente asimilada.
Aunque de un talante similar al de Amalia Nieto, se separa de ella en la fuerte impostación autobiográfica que recoge en su obra. Personas, arquitectura, paisajes, muebles son los referentes habituales en su producción y que ahora se condensan y se precipitan en una síntesis última en El gran biombo. En este trabajo mayor (por las dimensiones, por la expresión estética), Linda Kohen despliega el más calificado arsenal de su sensibilidad. En esas caras bifrontes del biombo va estableciendo oposiciones de intimidad y exterioridad, una teoría de la afectividad y de la ausencia, de la castigada sobriedad y la presentificación del vacío como hilo conductor en los catorce paneles. Con tonos suaves, apastelados, van transcurriendo escenas en corredores estrechos y visiones geométricas, con recuerdos al constructivismo de Torres García. Una apuesta al minimalismo expresivo que aquí funciona amparado en una sutil emotividad que se hace extensiva a los pocos, suficientes cuadros que acompañan a la pieza central. Si el biombo actúa como separador de espacios también ampara la tranquilidad interior, el refugio para meditaciones y de cómo pasa la vida, tan callando. Como sucede muy de cuando en cuando, el ingrato espacio del MEC aparece neutralizado por una propuesta audaz en su castigada, sobria, intensa sencillez enunciativa. A no perder.
Hilda López (El Molino de Pérez)
Diametralmente opuesta a las dos anteriores artistas (aunque tuvo afinidad con Linda Kohen) fue la temperamental Hilda López (1922- 96). Asumió tardíamente sus reales condiciones, pasó por muchos talleres e influencias, pero la decisiva fue la del escultor vasco Jorge de Oteiza, que vivió en Montevideo, alborotó a medio mundo de la provinciana ciudad con el concurso del monumento a Batlle y que luego visitaría en su casa de Irún. Fueron sus teorías sobre la estética del vacío y las de Romero Brest sobre el informalismo (la invitaría a participar en el Premio Di Tella), así como el budismo zen trasmitido por Kazuya Sakai (integrante del Grupo de los cinco porteño) que Hilda López alcanzó a redondear una primera producción valiosa, hecha en base a contrastes de blancos sonoros y negros intensos, (como la mayoría de sus colegas uruguayos que, justamente, se pueden ver en el Museo Blanes en este momento) y como desde Estados Unidos lo hacía Franz Kline y desde Brasil, Manabu Mabe, que anduvo por aquí y dio una demostración de su espectacular manera operativa. Sin ese marco de referencia epocal y sin tener en cuenta la fundamental residencia de un par de años en Lisboa y Oporto, donde trabajó en condiciones adversas, es imposible entender el valor singular de una mujer intrépida que logró conformar un universo plástico propio, cargado de enérgica violencia y áspera emoción.
El sábado de tarde, horas después de la inauguración, la sala de El Molino de Pérez estaba solitaria y mustia, desangelada como de costumbre. Los trabajos seleccionados, en una supuesta retrospectiva, lejos de una antolog
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