Un día en la vida de Dios
En ese contexto, conocer nuestro origen y destino final sigue siendo una asignatura pendiente, que excede las capacidades de un intelecto cada vez más desarrollado por el acceso casi irrestricto a la información y a las fuentes de difusión cultural.
Como en el pasado, cuando el fanático oscurantismo dogmático monopolizaba las conciencias, la existencia de un ser superior que presuntamente nos precedió y creó, sigue hoy constituyendo una permanente matriz de controversia.
Religiosos, filósofos, humanistas y racionalistas se enfrentan en acalorados debates, procurando descifrar lo aún indescifrable.
Incluso, la apócrifa «guerra santa» que en estos días confronta a los fundamentalismos de Oriente y Occidente en tierras áridas y distantes, nos convoca a meditar acerca de la fútil irracionalidad de la violencia.
En «Un día en la vida de Dios», el escritor argentino Martín Caparrós, seguramente sin intención de agraviar creencias ni convicciones religiosas, propone una tesis novedosa y hasta sarcástica en torno a la creación, el origen del universo y naturalmente del hombre, seguramente una de las tantas criaturas pensantes que habitan el infinito.
Sin ánimo peyorativo, el autor concibe a Dios como un organismo del género femenino, que actúa como mera administradora de una determinada región del espacio en la cual gira precisamente la Tierra, a la que define como «el tercer pedrusco». Por encima de la divinidad que presuntamente nos creó, existe una corporación que gobierna el universo.
Apelando a un humor de trazo fino pero desenfadado, Caparrós describe las razonables incertidumbres de Dios respecto a qué actividad priorizar para mantener el orden universal, sin descuidar, naturalmente, al conjunto de la creación.
Ese «tercer pedrusco» que es nuestro hogar desde hace millones de años por más que algunos iluminados se empeñen que afirmar que la peripecia humana insume apenas dos milenios, parece desvelar al ser superior.
El escritor se detiene particularmente en su singular tesis de la creación, a la que atribuye a un ejercicio de experimentación de Dios, que dio origen a múltiples especies animales y vegetales. El resultado de ese trabajo febril e incansable es –naturalmente–la creación de un simio superior dotado de capacidades excepcionales.
El celestial personaje de Martín Caparrós observa minuciosamente a ese antropoide que demuestra habilidades y conductas inesperadas y a la vez impredecibles, como –por ejemplo–fornicar de frente cara a cara.
Dios también advierte que esos seres que caminan casi erguidos sobre sus dos patas traseras, experimentan un sentimiento nuevo no observado en ningún otro organismo con vida: el temor a la muerte.
Sintiéndose adorado por los hombres, que atribuyen a la suprema divinidad diversas formas de animales o lo asocian con algunos fenómenos naturales, Dios se plantea el desafío de compartir los placeres, vivencias y angustias de sus creados.
En esa experiencia seguramente aleccionante, la suprema hacedora asumirá –sucesivamente– la forma de un fuerte luchador tebano en el antiguo y esplendoroso Egipto, será una esclava de Abraham, un médico en el Asia Menor, un espía romano enamorado, el confesor de Voltaire y otros tantos personajes, hasta transformarse transitoriamente en un judío alemán que emigra a nuestro continente en una misión secreta.
Controvertida, imaginativa, osada y política, esta novela pone en jaque la narrativa histórica tradicional, explorando el origen de las civilizaciones, el lenguaje y las creencias.
Sin ánimo ofensivo, Martín Caparrós construye una historia imaginativa, que mixtura el mito químicamente puro con la leyenda y la reflexión.
El autor de «No velas a tus muertos», «El tercer cuerpo» y «La historia», en un tono quizás no tan desenfadado propone reflexionar acerca de los límites del conocimiento, la ignorancia, el fanatismo, los miedos y naturalmente la muerte.
«Un día en la vida de Dios» es una obra inusual, amena y de sesgo irreverente, que satiriza –obviamente con los límites que impone la sutileza– algunas de las concepciones más arraigadas en el imaginario colectivo. *
(Editorial Seix Barral)
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