Los gitanos

–A diferencia de otras compañías independientes que se nuclearon en torno a una sala, Teatro Uno permaneció muchos años sin sala ¿a qué se debió eso?

— Nos llamaron «los gitanos», porque recorrimos todas las salas de Montevideo y el Interior. Nos hemos establecido en diferentes lugares, el más duradero y notorio fue Casa del Teatro, donde estuvimos un decenio. Hay gente que ha dicho que el hecho de no afincarnos en un lugar, de no ser sedentarios, influía en las ideas de Teatro Uno. El desplazamiento obligó a mucha movilidad, también a nivel de ideas. Pero no es que no nos hubiera gustado tener un lugar propio. Si nosotros hubiéramos podido comprar Casa del Teatro, las cosas hubieran sido distintas. Hubo intereses ajenos a nosotros que volaron con el lugar, luego de que hubiéramos logrado que se nombrara Monumento Histórico Nacional, cosa a la que después también se dio marcha atrás. Hay una cosa que una vez me dijeron y que siempre me quedó: «Nadie se acuerda quién era el rey en la época de Beethoven». Creo que cuando se estudie la historia va a haber que saber quiénes eran los encargados de la política cultural del Uruguay cuando dejaran que se cerrara Casa del Teatro. Seguramente nadie se acuerde de ellos y sí el de Teatro Uno. No hay en ninguno de los partidos políticos existentes en el Uruguay con una política cultural. Entonces suceden atropellos como esos. El hecho de dejar que se cerrara un lugar como ese, dejar que se desafectara la declaración de Monumento Histórico Nacional. Nosotros quisimos salvarlo para toda la cultura uruguaya y resultó que vinieron unos señores y dinamitaron las gradas de Casa del Teatro que eran de cemento para hacer un gimnasio de musculación.

–¿Fue una cosa puramente económica la lucha por Casa del Teatro o hubo algo más?

–Hubo. Cuando nosotros íbamos a estrenar Asesinato de un presidente uruguayo, que hablaba del presidente Idiarte Borda, pero rozaba la figura de José Batlle y Ordóñez, los dueños del local nos pidieron para leer la obra y nos dijeron: «Esta obra no se estrena acá». Nosotros respondimos que la dictadura ya había terminado y que no existía la censura previa. A la semana de estrenar la obra recibimos un telegrama colacionado que nos desalojaba del local. El lector sabrá unir los dos hechos.

Para que veas a qué niveles llegó la cosa nos cortaron el agua, algo que no se hace ni en la guerra. *

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