La vida sobre las tablas

Junto a Luis Cerminara, fallecido hace dos años, el actor y director Alberto Restuccia fundó hace cuarenta años Teatro Uno. El grupo, siempre basado en la búsqueda y la experimentación de nuevas experiencias dentro del ámbito teatral, ha sido uno de los pilares fundamentales del Teatro uruguayo. Muchas de las puestas en escena de Teatro Uno han quedado en la memoria de generaciones de uruguayos como Salsipuedes, el exterminio de los charrúas, del propio Restuccia.

A sus 60 años, el autor de Esto es cultura animal dice haberse dado cuenta de que su verdadera vocación era la música y que terminó en el teatro por factores casuales. «Yo tengo ganas de jubilarme, pero son los jóvenes que no me dejan, los alumnos de la escuela de Teatro Uno, los integrantes del elenco» –dice Restuccia–. «Me emocionó mucho un fax que nos mandó SUA, la sociedad uruguaya de actores, que decía ‘sigan porfiando hasta morir’. Es muy significativo que después de la muerte de Cerminara y Freccero sigamos adelante desalojados de la Casa del Teatro, sin una sala propia. Seguir adelante me parece un acto de coraje cívico».

 

–¿Qué fue lo que llevó, 40 años atrás, a crear Teatro Uno?

–La necesidad de que hubiera un grupo de vanguardia, aunque nunca nos gustó definirnos como vanguardistas. Siempre citábamos una frase de Luis Buñuel que decía: «No es que yo esté adelante, es que los demás están un poco atrás». Sucedió que nos encontramos con Luis Cerminara en la vieja sede del Teatro Circular, hoy un bar de putas, en el año 1961 en una versión de Esperando a Godot de Samuel Beckett. Allí junto a dos compañeros del liceo Richard Anderson, Graciela Figueroa y Jorge Freccero decidimos formar el grupo. Hemos decidido celebrar estos cuarenta años en homenaje a los dos compañeros que se han ido: Cerminara y Freccero. Nos apuramos un poco, porque tal vez no lleguemos al medio siglo. Cuando repaso todos lo que hemos hecho me asusto: son más de cien títulos en estos cuarenta años. Comenzamos haciendo talleres y escribimos un manifiesto con Cerminara que levantó mucha polvareda en la época.

 

–¿Por qué?

–Los autores con los que nosotros nos sentíamos deudores, sobre todo Antonin Artaud que dejó una obra teórica muy importante especialmente El Teatro y su doble y El teatro de la crueldad, en los cuales se basó Teatro Uno, eran muy resistidos en esa época. Recién dos decenios después de la fundación de Teatro Uno empezó a ser difundido en las otras escuelas de teatro.

Artaud fue alguien que pasó un decenio recluido en manicomios, que había trabajado con la droga y que vivió el nazismo de cerca. El tuvo la desgracia de estar internado en asilos de alienados en plena época nazi en Europa. Artaud se salvó por un pelo, gracias a sus amigos, célebres integrantes del grupo surrealista como André Breton o Robert Desnos, gente que lo fue cambiando de asilo según avanzaban las tropas de Hitler.

 

–Haciendo un paralelismo entre los años de la fundación de Teatro Uno y el presente, da la impresión de que el medio cultural y artístico montevideano era más abierto y más variado de los que es ahora.

–Creo que era más abierto de cabeza. Paradójicamente creo que había una actitud mucho menos conservadora. No hay que olvidar que los años sesenta representaron a nivel mundial el auge de muchas cosas, sobre todo de un fenómeno dionisíaco como el rock. Pero no me estoy quejando, ni soy nostalgioso, aquellas eran otras épocas y estas también tiene sus cosas.

 

–¿Cuáles pueden ser las causas del conservadurismo actual? ¿Es responsabilidad de los años de dictadura?

–Yo no le echaría todas las culpas a la dictadura, pero hay que admitir que doce años o más, si tomamos lo que vivimos antes e incluso lo que algunos llaman la posdictadura, hacen casi dos décadas de oscurantismo cultural que no se puede desconocer. Pero creo que también es producto de que los uruguayos estuvimos muy ilusionados con el fenómeno económico que se produjo en los años cincuenta después de la guerra. Luego vino el mito de Maracaná y se afirmó aquel sentimiento de la «Suiza de América», toda aquella cosa del Uruguay progresista y Batllista, que después se rompió, como se rompió el sueño de los sesenta. Eso hizo que nos encontráramos con el verdadero pensamiento del Uruguay, que es en cierto modo conservador. En aquella década del sesenta hubo un momento de ponerse a tono con el mundo.

 

–Pese a que podría pensarse que hoy estamos mucho más conectados con el mundo…

–Ese es el fenómeno de la globalización. Estamos conectados, pero a la vez convertidos en analfabetos informáticos. No sólo porque en algunos planos estamos perdiendo identidad. No sé por qué ese eufemismo de llamar globalización al viejo fenómeno del capitalismo. Para mí esta tercera guerra mundial que se asoma, es parte de ese fenómeno. Hay defensores de la globalización con muy buenas razones y también hay detractores, creo yo con mejores razones. Pero la perspectiva histórica resolverá quién tenía razón. Yo tengo hijos grandes de mi primer matrimonio y un hijo chico de diez años. También soy abuelo, tengo dos nietos, uno que vive en España y otro de dos años que por suerte vive acá. Ya no pienso en mí, sino en mis hijos y en mis nietos, cuál es el futuro que les espera. Pero no seamos apocalípticos, capaz que ellos consiguen revertir este terror.

 

–¿Puede el teatro, o el arte, cambiar algo?

–Últimamente, leyendo la prensa, como ya había pasado en la Guerra del Golfo, veo que titulan cosas como «el teatro de los acontecimientos» o «el teatro de la guerra». Quiere decir que el teatro ha saltado del escenario a la realidad de una manera violenta. Eso va a obligar al teatro a cambiar. Ya no se puede hacer el mismo teatro después de lo que pasó el 11 de setiembre, de lo que está pasando hoy y de lo que va a pasar. Sin duda el teatro no va a poder cambiar al mundo. Yo soy un músico frustrado, un teatrero que debió ser músico. Mi pasión es la música que ahora sublimo en mi hijo chico que toca el contrabajo. Yo estimo que la música, no digo que vaya a cambiar nada, pero llega más al fondo que el teatro. De todas maneras es un poco narcisista o presuntuoso pensar que el arte puede cambiar el mundo. Tal vez a largo plazo esos siete libros de En busca del tiempo perdido de Proust sobre la memoria pueden servir para cambiar un poco la cabeza del hombre. Pero ¿de qué hombres?, de la élite intelectual, porque el mayor porcentaje del mundo se muere de hambre.

Pero te voy a contar una anécdota que me pasó en la última actuación que hice. Fue el 14 de octubre en el barrio 40 Semanas. Contrariamente a todo lo que se puede pensar, el público fue maravilloso. Hice una función a las 5 de la tarde. Es una obra en que se dialoga con la gente y en la segunda fila había una señora con sus hijos. En medio de la obra me planteó que necesitaba medicamentos para su hijo de once años y no tenía de dónde sacarlos. A través de la propia obra, dialogando con la gente, logramos conseguir los medicamentos. Si el teatro sirviera solamente para eso, ya me alcanza.

 

–¿Qué te queda por hacer o que te gustaría hacer que no hayas hecho hasta ahora a nivel de teatro?

–En este momento estamos embarcados en una nueva versión de La Vida es sueño, ese texto clásico del siglo de oro español de Calderón de la Barca. No sé si me van a matar pero voy a hacer una comedia musical. Nunca había hecho una comedia musical, era algo que esta
ba en el debe. *

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