Comcar, experiencia aleccionadora
A veinte kilómetros al oeste de la capital, se extiende el Montevideo rural. Campos extendidos con rutas poco transitadas y bien señalizadas, por donde hace décadas circulaban los ómnibus de la mítica ONDA en ruta al litoral, trenes y tranvías con recorridos terminales en Santiago Vázquez, que tuvo una intensa vida propia. Hoy todo es diferente. El Parque Lecocq, fábricas, escuelas, centros comerciales, viviendas humildes, bolsones de cantegriles, aglomerados barriales con servicios fundamentales para la comunidad alternan, sin incomodarse, con los restos de viejas casonas residenciales que ya no lucen como antes. A un costado, se divisa, desde lejos, el Comcar. Hay un largo camino para recorrer antes de llegar a la entrada (ese que regularmente hacen los familiares y amigos visitantes de los presos) nada acogedor en los lluviosos y fríos días invernales o en el caluroso sol veraniego.
Pero el viernes el tiempo ignoró los extremos de la inclemencia climática y se detuvo en la suavidad de una equivocada primavera.
Era el día de inauguración de la Segunda Exposición de Artesanías, Pintura, Dibujo y Grabado (así debió llamarse) de (algunos) reclusos de los Establecimientos Carcelarios dependientes de la Dirección General de Cárceles. Antes de entrar, un puesto de artículos de consumo y otro para dejar los bolsos de los visitantes en los horarios habilitados. Más adelante, los baños públicos. Pasando entre senderos bien cuidados y guardias armados cada pocos tramos, se llega al módulo de la exposición. El ministro Guillermo Stirling, hizo una breve introducción, las exquisitas vituallas de Nora Rey fueron generosamente servidas y el diálogo con los responsables de tanta actividad y con las obras se estableció con fluidez.
Las obras fueron distribuidas con sencillez y sin mayores pretensiones. Hay dos sectores muy nítidos y diferenciados. Por un lado, los que provienen de una enseñanza artística metódica y básica, destinada a grupos etarios jóvenes (entre 20 y 30 años) a cargo de docentes de UTU y por otro, los que realizan los adultos, en libre opción de sus habilidades ya manifestadas y que, mediante el suministro de materiales previamente solicitados, ejecutan.
Las modalidades que se practican son muchas: incluyen carpintería, agricultura, albañilería, cocina, peluquería vestimenta, cestería, danza, teatro, computación, orfebrería, grabado, pintura y dibujo. Las artes plásticas acaparan el rubro mayor. Los profesores Sandra Pastorino y Daniel Izaguirre, profesores de UTU, en un convenio entre el Departamento Docente de la División de Cárceles y aquella institución del Estado, trabajaron durante seis meses (mayo a octubre) durante cinco horas semanales. Pastorino, en el Establecimiento Correccional y Detención de Mujeres, donde lo hizo con grupos de diez. La limitación numérica se debe a la reducida dimensión del lugar en que deben trabajar. Por eso hay una lista de espera que llega hasta las sesenta personas. En el correccional de mujeres hay una mayor libertad operativa ya que se pueden utilizar instrumentos cortantes (una trincheta, una tijera) para la confección de collages o vestidos. En el taller de pintura se parte de los conocimientos básicos de color, textura, composición, y se aspira a continuar por un trienio hasta una formación integral suficiente.
Por su parte, Izaguirre trabaja en el Comcar, con medidas más estrictas de seguridad, en especial en el uso de instrumentos de trabajo.
Pero en ambos casos, nunca hubo problemas de conducta o comportamiento entre el alumnado (ya seleccionados por las autoridades carcelarias) y los resultados prácticos en la pintura, el dibujo, el volumen o el grabado son estimulantes.
Muy diferente es el otro sector bajo la supervisión Audrey Taylor, una coleccionista y aficionada al arte de origen estadounidense radicada en Uruguay hace muchos años.
Taylor proporciona los materiales necesarios para trabajar (en un gesto filantrópico nada frecuente) y su intención es comerciar los productos aquí (todos están a la venta) y en Estados Unidos, por sus vinculaciones naturales. Tiene motivos para hacerlo. Los autores (entre 22 y 77 años) ya tienen conocimiento del oficio, con soluciones pictóricas interesantes y esculturas en chatarra que darían envidia a muchos artistas profesionales que circulan por galerías y salones colectivos montevideanos. Los temas elegidos son preferentemente retratos, paisajes, composiciones (algunas abstractas), desnudos, teñidos de un talante entre expresionista y/o infantil. Una fuerte emotividad y una tensión anímica, propia del lugar, se advierte en la mayoría de las obras aunque hay algunas escenas deliciosamente descriptivas.
Lo importante es la enseñanza que se puede recoger de esta exposición de reclusos. Está anclada en la capacidad expresiva de todo ser humano, en la creación de mundos ficticios que hacen más tolerable la realidad circunstancial en que se vive.
Si esta experiencia se ampliara en cantidad de integrantes (alumnos, profesores) y en condiciones locativas más favorables, quizá (o sin quizá) la convivencia y la preparación para reintegrarse a la sociedad sería menos traumática y más equilibrada.
Ojalá que las futuras ediciones consoliden esta incipiente experiencia y una labor ya de por sí socialmente valiosa. La muestra podrá visitarse los días 22, 24 y 26 entre las 11.00 y las 16.00 horas. *
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