"HAY QUE DESHACER LA CASA" DE SEBASTIAN JUNYENT, EN EL TEATRO EL GALPON

¡Abur, abuelos!

Muy recientemente un grupo chileno ha reflotado la obra, con la transparente intención de contribuir al postergado entierro de un senador vitalicio senil y criminal, paradigma de una América devota del pasado fósil que trata de atormentarnos, hoy, con una ley que nos impedirá hablar de Artigas como de un ser real.

Juan Carlos Moretti debió pasar por alto aquellas alusiones de época, en clave y hoy abrogadas por el tiempo, que contribuyeron el éxito de la obra en España (premio «Lope de Vega» de 1983) y a su ulterior estreno en Montevideo, en el teatro del Notariado, el 20 de agosto de 1990 (con Susana Castro y Ana Rincón, dirección de Marcelino Duffau). ¿Abrogadas por el tiempo? Así debería ser, pero este reencuentro de dos hermanas separadas durante años (aquí una alusión a la guerra «fratricida») que vuelven a verse en ocasión de la muerte del padre, concuerda curiosamente con el reencuentro de varios amigos, también en ocasión de una muerte, que acaba de estrenar Horacio Buscaglia con el título de «Para abrir la noche» en el Teatro Circular.

Es claro que nos falta todavía, pese a los esfuerzos de los familiares de los desaparecidos, reencontrarnos con nuestra propia historia.

En ambas obras, todo el sentido del reencuentro es la reviviscencia de experiencias anteriores no del todo comprendidas, por obra de disparadores psíquicos como las personas que conocimos en el pasado y reaparecen en nuestras vidas; a esto debe seguir una ulterior crisis y una revelación en base a la cual el futuro se organizará con un nuevo sentido. Es como si las dos hermanas, o, en mucho menor grado los personajes de Buscaglia, hicieran una terapia de grupo en público.

En esta puesta en escena el director Juan Carlos Moretti ha explorado a fondo el sentido de la obra.

La firmeza de sus trazos nos convence de que, si advirtió el posible significado político de la obra, muy razonablemente lo descartó por su levedad y caducidad; esas mismas alusiones, esos roces tangenciales han hecho de reestreno de «Paternoster» de Jacobo Langsner, una obra que triunfó en la era militar por sus armónicos políticos, un mero anacronismo.

Moretti se quedó con el conflicto entre las dos hermanas, donde ambas se atacan y se defienden con la suficiente valentía como para involucrarse en un juego de la verdad, iluminadas por las ideas que, cada una desde su ángulo provee sobre la realidad de sus propias vidas.

A través de varias anécdotas retrospectivas, que simplemente se narran, el director puso en escena la acción indirecta de la mutua transformación de las dos hermanas.

La obra, privada de su respaldo político, parece más artificial que nunca: no se termina de creer por qué la visitante acepta el desafío de la anfitriona. Si a esto agregamos que la obra tiene muy escaso ingenio en el decir, nos parece evidente que la obra estaba condenada al fracaso, y así habría ocurrido, como en la versión de 1990. Pero el director Moretti ha sabido ir a lo esencial y ha dado con justeza el nivel del conflicto, el tono de la acción, la exacta ubicación de la refriega fraternal en la biografía de cada una de las agonistas.

Lo ha hecho con una admirable y nada corriente sobriedad, centrándose en la obra, cuyo texto ha analizado a conciencia; supo destacar la crisis y ubicar con exactitud el anticlimático desenlace; por fin, pero no lo menos, desentendió de todos los adornos y accesorios que suelen estorbar a nuestro teatro.

La dirección acertó también en la marcación de sus dos buenas intérpretes. El día en que vimos la obra Graciela Escuder (Laura), sin perjuicio de su fuerza interpretativa, arrancó con algunos gritos que en nada decían el drama o el personaje; andando la pieza, la actriz pareció volver sobre sus pasos y confió la expresión de sus partes al lenguaje corporal, a los matices de volumen y de timbre de la voz y cumplió, considerada en su conjunto, una buena actuación.

Alicia Alfonso (Ana), una actriz en cuyas interpretaciones es difícil encontrar defectos, hizo un contrapunto adecuado a la inestabilidad emocional de su hermana, en un estilo interpretativo más clásico pero muy bien dotado de arte, dicción y comunicación.

Por estos méritos, «Hay que deshacer la casa» resulta un espectáculo entretenido y artísticamente satisfactorio.

HAY QUE DESHACER LA CASA, de Sebastián Junyent, por El Galpón, con Alicia Alfonso y Graciela Escuder. Escenografía y vestuario de Dante Alfonso, iluminación y dirección de Juan Carlos Moretti. *

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