Buscando a quien devorar
En un reportaje publicado en junio de este año en la revista «Teatro», que edita el Complejo Teatral de Buenos Aires (No. 64), Roberto Cossa dice que la obra fue escrita de encargo, con otras, como teleteatro unitario para canal 9 y que cuando se le pregunta «…qué significa la Nona, a quién simboliza esa abuela que comiendo destruye todo, respondo que no sé». Y Cossa agrega de inmediato, porque quiere estar a la moda: «De última, la viejecita bulímica que funde a la familia me ayuda a comer desde hace veinticinco años».
Si relacionamos estas tres declaraciones se comprenderá por qué el autor sólo puede sentir por la pieza un agradecimiento nutricio y por qué nada hay en «La Nona» que revele el más mínimo amor del dramaturgo por su tema y aún, inversamente, por qué hay tanto desprecio del autor hacia sus castigados personajes: así, Carmelo, Don Francisco, Anyula y María son trabajadores pero tontos, Chicho es haragán pero tonto, Marta es prostituta pero tonta.
Poco a poco todo ha ido de cabeza para el empeño, y sólo sobrevive la ominosa anciana ante quien todos se inclinan reverentes, porque el autor así lo ha decretado, hasta que deciden matarla, también porque el autor decidió convertirlos en asesinos.
El inusitado éxito de «La Nona» da para un análisis sociológico: albergo la hipótesis de que «La Nona» dio voz, aliento y gratificación al odio al pasado y a nuestros mayores, a quienes segregamos, luego de confiscar sus jubilaciones, a los bancos de las plazas y sus palomas o a las «casas de salud», a quienes ofrendamos, como víctimas propiciatorias, a los accidentes de tránsito, a la rapacidad de las «trabajadoras sexuales» o a los impulsos homicidas de su familia.
Por haber provisto de una voz y hasta de una legitimación, por el arte, a un sentimiento rastrero, «La Nona» tuvo el éxito de que hoy disfruta. Eduardo Rovner ha mejorado el original al dar un clima dramático a la segunda parte de la obra, lo que sigue al casamiento de la Nona; y aunque no se ha permitido modificaciones audaces al texto canónico, salvo la obvia confesión de que Dios ya no es argentino, la versificación es fluida y las rimas llegan a cuento.
«La Nona» pudo redimirse en su nueva forma artística; pero la música de Ernesto Acher, que suena agradable, no alcanza a inventar un solo tema melódico recordable. La interpretación, en la que lucieron Hugo Arana, Juan Carlos Pupo y Georgina Frere, fue distendida, como si la aceptada arbitrariedad del canto apoyara los trazos firmes del teatro. La escenografía (Alberto Negrín) merece una mención especial: hay unas alas de plástico transparente que se agitaron ante cada muerte como élitros y las entradas y salidas de la Nona se realizaron por una oscura cueva, mezcla de nido, puerta del infierno y tubo digestivo, que sugiere un insecto monstruoso devorando y digiriendo a sus presas. *
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