ARTE

Elegantes anacronismos

n tres o cuatro muestras que se realizan en salas montevideanas es posible hacer una lectura sobre la fuerza perdurable del pasado en su aspecto más conservador, legitimador del gusto de la burguesía vernácula y las concesiones al mercado.

Desde la aparición del cuadro de caballete y el endiosamiento del genio individual, luego con la instauración de museos, los artistas aprendieron a pintar (incluso en los talleres) copiando a los maestros. El Museo del Louvre organizó, hace un par de años, una muestra ejemplar titulada Copiar, crear en la cual los genios de los siglos XIX y XX, de Delacroix a Picasso, copiaban a los genios que los antecedieron. Fue una revelación. Copiando, recreaban en clave personal, inventaban, metamorfoseaban los originales, interpretaban no por voluntad propia sino a pesar de ella. Las exposiciones acerca de homenajes a pintores desaparecidos, con versiones de varios otros artistas, se han sucedido y ya entraron en la rutina de las galerías de arte hace decenios. Más recientemente, las citaciones de cuadros dentro del cuadro, constituyeron todo un filón estético, explotado habilidosamente por los mercantes. En un período de escasez imaginativa, Picasso hizo variaciones sobre obras maestras, de Cranach a Manet, de Courbet a Velázquez, y Las meninas con sus numerosísimas variantes, a pesar de su curioso análisis formal, fue más un acto de ingenio que de creación. Poco conocido fuera de su país, el portugués Antonio Areal se apropió y parodió, en la década del sesenta, incluso desde el título (¿Quién le tiene miedo a las señoritas de Aviñón?) la célebre obra de Picasso.

Los pintores uruguayos no dejaron de indagar en el pasado. Vicente Martín (que también revisitó a Giorgione), Pedro Peralta y Alvaro Amengual dejaron ejemplos sutiles del Retrato de Doña Carlota Ferreira, esa turgente belleza epocal. Blanes ha sido el motivo de tres proyectos ambiciosos de Mario D’Angelo, no limitándose a la tela sino a las circunstancias en que nacieron. Los ejemplos locales podrían multiplicarse, con mayor o menor convicción.

Museo Zorrilla

Diálogos en el Museo Zorrilla reflota una idea vieja, enmascarada de actualidad. La propuesta de Alicia Haber seguramente encantó a la Comisión de Amigos del Museo Zorrilla que apoyó la iniciativa y obtuvo los recursos necesarios para la realización, como antes lo hizo, con admirable esfuerzo, para levantar el deteriorado local y dejarlo en condiciones acordes con criterios museísticos actuales. El catálogo de la editorial Doble Emme mejoró en el diseño (Alejandro di Candia) y se alejó de la pesadez gráfica de los anteriores. El texto de la curadora Haber resbala sobre la superficie de una propuesta que, aunque anacrónica, posibilitaba un análisis en profundidad. Pero ya es una característica de sus últimas curadorías (Alpuy, Espínola Gómez) que apuntan más a empresas comerciales que a una indagación estética contaminada de actualidad.

Diálogos pretende establecer siete vínculos entre artistas uruguayos de ayer y de hoy, con un excelente montaje de Fernando López Lage. De los siete participantes, Carlos Musso se separa ostensiblemente del resto por el brío que conduce su interpretación de Carlos F. Sáez, un discreto Retrato de moro (tiene otro más inspirado). Nelson Ramos eligió una Luna de José Cuneo (sin tilde, como firma el autor, que en el catálogo la curadora desconoce, como currículo y no currícula), pero hace una transcripción a elementos artesanales que le son característicos, más curiosa que lograda. Mayor interés tiene Clever Lara en relación a José Gurvich al encerrar en un baúl los elementos del cuadro y conducir la composición hacia su personal lenguaje. Son lamentables los resultados de Ernesto Vila (con la vulgaridad y vulnerabilidad del soporte de espumaplast) con Alfredo de Simone, que antes supo ingresar con lirismo en el mundo de Bonnard, e Ignacio Iturria con Barradas, manteniendo la mediocre monotonía que le es habitual aunque muy redituable económicamente. Ana Salcovsky – Barcala, Virginia Patrone – Petrona Viera, revelan una elaboración correcta en un diálogo que prioriza a los maestros. El Museo Zorrilla eligió el camino vidrioso de la mudanidad y los lustrosos atractivos. Debería repensar sus objetivos y dedicar sus espacios a la riesgosa contemporaneidad.

Galería Latina

Son apabullantes los recursos técnicos de los tapicistas Magalí Sánchez y Jorge Sosa.(Galería Latina). Conocen íntimamente las posibilidades del gobelino, demuestran una capacidad para recorrer, con acierto, la dimensión monumental y la sencillez temática que está implícita en la estética del tapiz. Dos oficiantes de primera magnitud que recogen imágenes de maestros queridos apropiándose de sus imágenes (Aroztegui, Espínola Gómez, que desde el montaje desafortunado está además presente) en clave realista, por momentos onírica y alucinante, primeros planos impositivos de gran impacto visual. Son obras de diferentes períodos y la rareza de una exposición de este género la hace de interés excepcional. Pero lejos de las lúcidas investigaciones de José Cardozo o Ana M. de Abbondanza, para citar dos personalidades innovadoras y renovadoras de un lenguaje que en Uruguay tuvo sus quince minutos de notoriedad.

Molino de Pérez

Las contorsiones de los desnudos femeninos de Alvaro Pemper (Molino de Pérez) son tan débiles desde el punto de vista dibujístico que no resisten una segunda visión. Falta de escala y torpeza en los escorzos, Pemper se siente más cómodo en los cuadros de mayor tamaño, aunque la inspiración en el jugendstil vienés siempre resulta artificial y poco convincente, ante la ausencia de una perversidad aristocrática y demoníaca que caracterizó, con su franqueza sexual, a los autores europeos. *

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