ENTREVISTA CON ADRIAN CAETANO, DIRECTOR DE BOLIVIA

"El trabajo de director es raro"

Este uruguayo radicado en Argentina, admirador de Luis Buñuel y John Carpenter cuenta que ya el hecho de ser invitado a Cannes fue excepcional. Dice que al ver otra de las películas en competición, que en un plano había gastado más que toda su película, pensó, como buen uruguayo, que nadie se iba a fijar en su obra.

El filme cuenta la historia de un boliviano que consigue trabajo en un bar de Buenos Aires. El racismo es uno de los temas de esta historia con final trágico, pero no el único.

Es un filme que con una gran economía narrativa dice muchas cosas sin necesidad de grandes discursos.

La película fue presentada en el Festival de Invierno de Cinemateca Uruguaya y, por ahora, no tiene una fecha de estreno en nuestras carteleras.

–¿Cómo te vinculaste con el cine?

–Empecé haciendo cortos. Fui a un curso sobre cine y me picó la curiosidad. Hice un corto de manera muy independiente, con la cámara de un amigo, gané un premio y ahí empecé a trabajar. Trabajé en publicidad y en tareas técnicas en varias películas. Nunca estudié en una escuela de cine.

–¿Cómo surgió Bolivia?

–Es al revés de todo. Yo tenía muchas ganas de filmar, –todavía las tengo– y un amigo tenía un montón de latas de película en blanco y negro que me regaló.

En función de la cantidad de película que tenía, empecé a escribir el guión. Sabía que debía escribir una historia muy sencilla de producir, teniendo en cuenta lo que tenía a mano. El guión está basado en un cuento de mi mujer, una historia de amor entre dos pibes que trabajan en un bar que abre las 24 horas.

En principio era un mediometraje, pero me empecé a explayar, a darle matices a los personajes y se agrandó.

–¿Tuviste que comprar más película?

–Sí (se ríe). Más allá de que hicimos la película sin un mango, lo más importante fue contar con los amigos que estuvieron dispuestos a trabajar conmigo. Eso no se puede contar en plata, el apoyo de gente que creyó que esta era una película más o menos piola.

–¿Era tu idea buscar actores no profesionales?

–A mí me interesa mucho el registro naturalista de la actuación. Llamar a un actor profesional para sacarle todo eso que a uno no le interesa es medio complicado.

La facultad de actuar no creo que la dé un título. Creo que se tiene que tener la ausencia de miedo como para exponerse ante una cámara. La gente común no actúa, un actor en cambio está siempre expresando qué es lo que le pasa. Una persona normal no; si está triste no necesariamente va a poner cara de triste. Ojo, hay una búsqueda de un actor, dentro de gente que no actúa profesionalmente.

Bolivia es una mezcla, hay actores profesionales como Enrique Liporace que es un actor de años, trabajó en los filmes de Torre Nilsson, por ejemplo, con el que tuvimos una relación espectacular.

No es que sea una premisa, pasa que hay personajes que no se encuentran en los actores que hay disponibles.

–¿Te parece que el director tampoco necesita ir a una escuela para aprender su trabajo?

–A mí me hubiera gustado ir a una escuela de cine si hubiera sabido que me iba a dedicar a esto.

Lo que pasa es que ahora ya no me puedo echar atrás y volver a aprender, ya aprendí de otros lugares. Pero creo que la formación sirve.

Igual el trabajo de director es raro, ni siquiera está registrado como una profesión en el Ministerio de Trabajo, no está legislado.

–¿Cómo te vinculaste con Stagnaro para hacer Pizza, birra, faso?

–Lo conocí en un concurso de cortometrajes. Los dos nos habíamos presentado con nuestros cortos y decidimos ponernos a escribir algo juntos.

–Te sorprendió la recepción de Pizza, birra, faso y ahora de Bolivia?

–Sí, y espero que me siga sorprendiendo y no creerme que es porque tengo talento.

–¿Y lo del premio en Cannes, cómo fue?

–Eso fue fantástico, que pasara eso con una película que estaba destinada a morir en un cajón.

Porque tuvo tantos problemas. Al no tener plata asumimos compromisos irracionales.

La película se fue retrasando, los actores se perdían. Filmamos escenas con años de retraso.

Hubo continuidades directas que se filmaron en años diferentes, el pasar por una puerta en diciembre y volver a salir en marzo, no del año siguiente sino del otro, por ejemplo.

Hubo planos y contraplanos donde los actores nunca estaban juntos. Después de todas esas complicaciones ganar el premio en Cannes fue especial. Lo que nos pone contentos es ver que el premio fue totalmente arbitrario y aleatorio. Dio la casualidad de que a la gente del jurado le gustó.

–Ultimamente se ha hablado mucho de cine uruguayo, te quería hacer dos preguntas. Una es si vos te sentís parte de ese cine uruguayo, otra es si existe el cine uruguayo.

–Yo soy uruguayo, aunque haga películas en Argentina. El cine uruguayo es patrimonio de los que hacen películas acá. A mí me encantaría filmar en Uruguay.

Recuerdo que cuando era chico se filmó una película acá, con un actor que vivía afuera que se llamaba George Hamilton y era toda una conmoción el hecho de que se filmara una película acá.

Y que ahora haya gente que filme como la de 25 Watts, es fantástico.

Creo que se puede hablar de cine uruguayo, pero no como algo homogéneo. Hablar de una estética en el cine uruguayo no tiene sentido.

–¿Qué proyectos tenés?

–Tengo un proyecto para televisión, que más allá de que sea un unitario, algo muy menor y muy tonto, lo tomo con mucho interés.

Después un largo que comenzaría a filmar a fin de año. Y proyectos propios para el año que viene.

–Por qué decís propios, ¿el que vas a hacer a fin de año no lo es?

–Porque es una película producida por Lita Stantic, es un proyecto menos personal, pese a que el guión es mío.

–¿Trabajarías con un guión ajeno?

–Sí, pierdo mucho tiempo escribiendo los guiones. Eso perjudica mi oficio de director, si es que se puede llamar así. A veces pierdo dos años en escribir un guión y en el medio podría haber dirigido más de una película. *

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