Hablando de riesgo
Horacio Buscaglia
En estos días el asunto del riesgo país es el tema preferido de conversación entre los jubilados sentados en los bancos de las plazas, entre los que dejaron de hablar de Gran Hermano, entre los que se aburren de hablar de fútbol y entre los que no se aburren, entre las doñas en la feria sale el tema del riesgo país cuando ven lo que cuestan las verduras y los niños que se quedaron sin entradas para ver «Rada para Niños», también conversan en su media lengua sobre «el riego paí».
Y al menor descuido tuyo, a la más mínima pausa al escuchar la frasecita, al más imperceptible gesto de duda –una pequeña contracción de la ceja derecha, por ejemplo–, cualquier ciudadano de este bendito país te explica lo que quiere decir.
Y, debo decírtelo en total confianza, a mí me importa tres carajos lo que signifique porque pienso en el riesgo que corren los jóvenes de no vivir en este país por falta de expectativas y el riesgo que resulta de la falta de propuestas para que uno pueda elaborar un sueño, una utopía, caserita, hecha acá, de entrecasa, para tratar de caminar hacia ella, el riesgo de que nadie tira una piola para atar un sueño… un sueñito apenas, uno chiquitito aunque sea, que ilumine el horizonte, hasta con un sueñito de 12 volts. nos conformaríamos, con eso te digo todo.
Pero hay insomnio, insomnio filosófico, ideológico y hasta ético.
Y este riesgo no lo miden las grandes empresas, ni los cuatro señores globalizados-globalizadores y tiene que ver con otras posibles «inversiones» de más largo aliento y mucho más «productivas» que las que «sueñan» los economistas.
¿Y sabés qué…? Eso es muy riesgoso. *
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