Una idea uruguaya con más de 25 watts

A los ganadores de la mayor cantidad de premios cinematográficos en el país, el Estado les da vuelta la cara. 25 Watts es un fenómeno en Moscú, Rotterdam y Buenos Aires. En Uruguay, el estreno con más público que la vio más de una vez. Pero a la clase dominante le rechina lo que muestra el filme.

Las autobiografías se escriben después de determinadas edades. Para que tengan éxito editorial, cinematográfico o afín, parece indispensable que, además, los individuos sean conocidos.

Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella rompen esos esquemas y –a los 26 años– son directores y guionistas de un fenómeno: 25 Watts.

«Escribimos como nuestra autobiografía. Era una película sobre nosotros. Es una serie de casualidades, filmadas para divertirnos a nosotros mismos como espectadores. En realidad lo hicimos para divertirnos», se quitan laureles como iconoclastas autocríticos de última generación.

La película obtiene el Tiger Award-Moviezone en el 30º Festival de Rotterdam, el mayor de Holanda, entre los más calificados en Europa. Gana, con 345.000 asistentes en su versión 2001. Un triple Premio a la Mejor Actuación Masculina (Daniel Hendler, Jorge Temponi, Alfonso Tort), en el III Buenos Aires independiente 2001, ganan el Premio Fipresci de la crítica internacional. Mención Especial en España, en el Cinema Joven Valencia 2001.

En Uruguay, 25 Watts alcanzó a ser la segunda película más vista en el país, durante semanas. Hoy –en plenas vacaciones– es la quinta más vista. Lo increíble: es la película con mayor índice de público que la ve más de una vez en salas de estreno.

La película genera, desde fanáticos que afirman que hacía años que no se reían tanto a carcajadas, al rechazo de quienes remarcan que ese Uruguay «no existe»… aunque lo tengan bajo la nariz.

«El tema era un poco ese. El ser joven, la necesidad de que –se supone– si sos joven tenés que estar boom para arriba, te tiene que gustar Tinelli y yo qué sé. Y que si no sos así, quedás un poco descolocado y no sabés para donde agarrar. Y te agarrás un gran embole. Nosotros queríamos contar situaciones que relataran eso. Pero que fuera divertida y no que fuera un bodrio filosófico».

Si contar el tema central de la película es difícil, imposible es transmitir el sentimiento de «montevideanidad» en que fue rodada.

25 Watts es contestataria y universal. Ha sido un éxito desde la crítica «porteña», tan dura con lo uruguayo, pasando por Europa, hasta en Rusia, donde fue aplaudida.

En Uruguay, a meses de su estreno, aún la gente aplaude al comenzar los créditos antes de encenderse las luces de la sala.

La otra visión

«Cuando salimos en el diario más importante de Holanda, en un artículo sobre la película, durante el Festival de Rotterdam, nos llamó una persona que se identificó como uruguayo y nos dijo que el embajador iba a ir a ver la película. Incluso nos preguntó si podía llevar las nenas. A mí no me parecía que fuera para las nenas. El asunto es que apareció el embajador en el cine. «Vengan acá», tremendo saludo. Abrazo. Foto. Nos dijo: «Vamos a hablar después». Pero lo importante era: foto, mucha foto. Cuando terminó la película le vimos la cara. Una cara desencajada. Se fue pasando al lado nuestro y ni siquiera nos saludó».

Irónicamente, un país que busca galardones para sus productos en el exterior y cuando los alcanza no cesa de recordarlos, a 25 Watts apenas si la llevan de favor en la valija diplomática. Los directores sonríen cuando se les pregunta qué apoyo oficial han recibido para una producción uruguaya con tantos premios. De dinero, mejor ni hablan.

«Nosotros nos presentamos al Fondo Capital que lo organizaba hasta hace dos años la Intendencia. Ahí ganamos 15.000 dólares. Con eso pudimos arrancar la película. Después de eso, a nivel oficial nada. Durante el Ministerio de Lichtenzstejn, el Ministerio de Cultura hizo algunas cosas, concursos para guiones de varias áreas. Después, desde que asumió Fau hasta ahora, y antes cuando estaba Mercader que fue quien lo fundó, nunca pasó nada con esto. No pasa nada. Con Lichtenzstejn no pasaba mucho, pero te hacía pensar que el tema estaba vivo y que la cosa podía pasar por ahí».

A pesar de estas cosas no parecen desconcertados. Es como si a los veintiséis años en este país, estuvieran casi que acostumbrados a que algo así ocurra. Diferencian eso sí, entre quienes apoyan y los otros.

«Algunos embajadores ahora llevan la película en la valija diplomática. Pero eso lo decidieron algunos embajadores, nadie de acá. Al embajador de Australia la película le gustó, se esforzó e incluso nos planteó alguna posibilidad de vender la película a Australia. El embajador en Perú ahora también nos invitó a enviar la película allí. 25 Watts está recorriendo así muchos festivales pero de acompañar la película, ni hablamos. No tenemos con qué ir, salvo que nos pagaran todo desde el extranjero».

A la duda de lo que ocurre con dos directores de cine exitosos en Uruguay, Juan Pablo Rebella es draconiano: está viviendo en la casa del productor, que está afuera, porque no tiene otro sitio. Pablo afirma que vive en el mismo lugar que antes.

«Nosotros seguimos con lo mismo que antes. Algo de plata vamos a agarrar de la exhibición. Y esa plata se distribuye acorde a lo que cada uno laburó, a cuántas horas le dedicó al rol que tuvo. Claro que a nadie le está llegando lo que debería cobrar. De la gente que trabajó –como cincuenta personas entre actores y técnicos– nadie pensaba cobrar un mango de la película jamás. Lo hacían por el placer de hacerlo, de poder decir: estoy trabajando en una película y no para un aviso de papas fritas, por ejemplo. Pero lo que se dice hacer plata: ¿eso qué es?»

Confían sin embargo en un eventual futuro de cineastas. Tal vez por tanto desencanto y hasta vergüenza a la hora de decir qué estaban haciendo cuando aún todo era un proyecto.

«La gente me preguntaba: ¿estás laburando? Yo les decía que estaba escribiendo un guión con un amigo. Me miraban de un modo. Yo me decía a mí mismo: ‘soy un chanta’. Pero claro, también estaba convencido de que la idea estaba bien. Pero nunca tenía plata, me sentía como haciendo nada. Ahora hay un antes y un después. Muchas cosas cambiaron. La gente empezó a tomarnos en serio como realizadores cinematográficos… aunque tampoco lo somos. A otros no les gustó la película y nos dieron vuelta la cara».

Encaminada esta historia, bien se podría especular que la fórmula estadounidense de hacer dinero repitiendo una fórmula hasta el cansancio, nos pone en riesgo de más wattaje.

«Ahora no. Capaz que a los cincuenta años estamos viejos y decadentes y se nos ocurre hacer una segunda parte: pero creo que sería muy patético».

El futuro. El futuro está ahí, tan abierto como incierto. Reconocidos a los veinticinco. ¿Y después?

«Nuestro sueño es dedicarnos a cosas vinculadas a la imagen. Vivir de esto; entiéndase: vivir bien, no hacernos ricos. Escribir guiones, hacer algo con la televisión, crear… aunque probablemente tengamos que terminar trabajando en publicidad o algo de eso. ¡Que le vas a hacer!». *

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