El art-déco revisitado
Las cronologías son engañosas y arbitrarias. Pero como a todo hay que ponerle una fecha de nacimiento, el período que va desde 1919, fecha de asunción del presidente Baltasar Brum y 1933, en que se suicida en el momento del golpe de Estado terrista, es conocido como los años locos, los felices años veinte, el art-déco (abreviatura de Artes Decorativas, exposición en París, 1925) y, más específicamente pictórico, el planismo. Que otros prefieran extender un año o dos el inicio y el fin de una época histórico-cultural fundamental, no altera la fuerte unidad (incluso en sus contradicciones) que la signó, aunque parece aceptable arrancar con el año en que un presidente joven asume la administración del país y clausurarla con su muerte, doblemente simbólica, dejando atrás un modelo de país y una concepción de vida.
La década del veinte se caracterizó, en sintonía con los acontecimientos en Europa y Estados Unidos, por la renovación y los bríos juveniles, fundando los cimientos de la futura sociedad de consumo en una coyuntura, nacional e internacional, muy favorable para el país. Surgió, así, un estado de espíritu, una sensibilidad colectiva, una manera de ser y estar en el mundo que decantó en una unidad lograda sin esfuerzo, ajena a teorías o formulaciones programáticas. Nunca se repetirá esa comunión de intereses individuales y colectivos donde la emergente, rápidamente consolidada clase media, sería el vehículo capaz de interpretar e instrumentar una época próspera y alocada, abierta a las inquietudes artísticas y con ganas de de darle un sesgo innovador a la vida rompiendo con los viejos códigos de la moral y las costumbres. El proyecto liberal batllista, con disposiciones políticas, sociales y económicas progresistas, a pesar de los amortiguamientos ocasionales, tuvo un alcance nacional concreto y eficaz.
Todo (o casi todo) cambió. El tiempo de la masificación y la velocidad apareció con los automóviles, el avión (e hidroavión), el cine, la radio, el descubrimiento de la vida al aire libre (playas, parques, carreras, deportes), el acceso al teatro de vanguardia y la danza, la música y la ópera, así como las artes visuales que resumieron las corrientes originales (fovismo, futurismo, cubismo) en un sincretismo estético de contornos amables, poco agresivos. Las mujeres también se transformaron. Pasaron a ser protagonistas en un medio que las había, sistemáticamente, excluido. Las generosas turgencias dieron paso a la firmeza atlética, se cortaron el pelo a lo varón, aplanaron, inmisericordes, su silueta, osaron fumar en público con largas boquillas, subir a las carlingas de los aeroplanos, conducir los relucientes modelos Ford, bailar al compás del foxtrot o el charleston vestidas con las ropas flexibles de Cocó Chanel. No quedaron atrás los hombres y los niños, arrastrados por el vendaval de la moda informal y deportiva.
Los medios de comunicación masiva y los espectáculos colectivos lograron una fraternidad de intereses, ideas y emociones, eliminando particularismos. La arquitectura, con sus impositivas líneas rectas, comenzó a cambiar el aspecto de la ciudad, que se proyectaron en una extensa temática constructiva (cines, teatro, mercados, comercios, apartamentos y viviendas unifamiliares) desparramados por los diversos barrios montevideanos.
La pintura congregó a una generación sin igual, en cantidad y calidad (Pedro Figari, José Cúneo, Carmelo de Arzadun, César A. Pesce Castro, Carlos A. Castellanos, Humberto Causa, Domingo Bazurro, Milo Beretta, Manuel Rosé, Carlos R. Rufalo, Alberto Dura, Alfredo de Simone, Andrés Etchebarne Bidart, Gilberto Bellini, Bernardino Bravo, Guillermo Laborde, Petrona Viera, Lolita Lecour, Alfredo Sollazo) quizá estimulados por el fuerte cromatismo de Hermes Anglada Camarasa en su exposición de 1917 en Montevideo. Los pintores nacionales se apropiaron de una paleta de colores cálidos y agresivos, composiciones sintéticas y planas, que recogían los aspectos luminosos y vitales del entorno (paisajes urbanos de playas y parques, juegos infantiles, el desnudo femenino y la exaltación de la mujer, los autorretratos y retratos de amigos y guitarristas famosos, escenas de intimidad franca y directa, incursiones por el boxeo, el tenis).
Reunir en una exposición esa variedad de lenguajes, que incluyó la artesanía, el mobiliario, la decoración, el diseño gráfico, era una tarea difícil. Los arquitectos Olga Larnaudie y Gabriel Peluffo, conocedores del tema desde hace años, asumieron la responsabilidad de la exposición.
Al privilegiar la pintura (con excelentes cuadros, aunque discutible en la selección temática) se recortó la pluralidad simultánea de la visión y la arquitectura quedó confinada a la proyección de un video poco estimulante. Quizá faltó una producción con un presupuesto más generoso y más espacio para revisitar ese pasado optimista y exultante. Más comprensivo es el pesado catálogo-libro de la muestra de 170 páginas, de incómodo formato apaisado, con modestas reproducciones en blanco y negro y en color y numerosos textos de especialistas, que oscilan entre el apunte periodístico rápido e incompleto (Coriun Aharonian, Soledad Capurro, Alicia Migdal) y la lucidez interpretativa (Juan Pedro Margenat, un adelantado en la materia, Larnaudie y Peluffo). Cada uno de los numerosos textos (muy limitados, entre otros, los referentes al deporte o la moda) corre por cuerda separada, en sucesión temática, y no aparece una lectura final comprensiva de totalidad.
Concisa y rigurosa, es la práctica Guía Art-Déco, el tomo 7 de la serie Guías Elarqa de Arquitectura, de Editorial Dos Puntos, 1999, a cargo de los arquitectos Andrés Mazzini y Cecilia Ponte, con prólogo de Mariano Arana y Salvador Schelotto.
Siguiendo el excelente esquema gráfico de las anteriores, sirve para recorrer y descubrir la arquitectura art-déco de Montevideo y sus variaciones, con comentarios breves muy útiles e ilustraciones para identificar los edificios con rapidez. Convertirse en turista de la propia ciudad puede ser una aventura sorprendente.
En Arquitectura y diseño art-déco en el Uruguay, por Mariano Arana, Andrés Mazzini, Cecilia Ponte y Salvador Schelotto, con prólogo de Gabriel Peluffo (coedición Editorial Dos Puntos y Facultad de Arquitectura, 1999, 138 páginas) se ofrece un panorama general en ocho capítulos muy bien enfocados y referidos a las diferentes áreas expresivas, una suerte de guión minucioso para una exposición. Es una lástima que el minúsculo cuerpo de letra elegido no sea apto para todos los lectores.
Tres importantes publicaciones vernáculas sobre un mismo tema, el art-decó, que enriquecen el conocimiento de un aspecto largamente postergado de la cultura nacional.
Compartí tu opinión con toda la comunidad