De la gloria a la hoguera
Hay lujos de producción, una pasmosa reconstrucción de época, una banda sonora acorde al desarrollo del relato a cargo del siempre solvente Eric Serra, un elenco prestigioso y una historia que evidentemente posee la potencia mítica como para que el cineasta francés Luc Besson (un grande a secas si pensamos en títulos suyos como Azul profundo o El asesino perfecto) se atreviera a darle contextura y movimiento.
Ya hubo abordajes cinematográficos de la vida de Juana de Arco, y seguramente la versión de 1928 de Carl T. Dreyer sea la más sorprendente. Pero Besson, en este caso, contó con un presupuesto millonario y desplegó, evidentemente, una escritura visual amplia y cuidando todos los detalles: las bondades que a veces provocan las superproducciones.
Milla Jojovich (protagonista de El quinto elemento, el anterior título de Besson) se coloca en la piel de esa joven Juana de Arco que, a partir de revelaciones de carácter religioso, divinas (si se quiere), se planta frente a Carlos VII (interpretando a medida por John Malkovich) y lo convence de que si le otroga el ejército o lo hombres adecuados vencerá a los opresores (los ingleses). Lo cierto es que Juana de Arco, el filme, se impregna de esa tonalidad épica y a la vez profunda religiosa alrededor de ese icono que transcurrió desde la gloria a la hoguera, cuando finalmente se acusó a esa muchacha siempre al frente, parada en sus convicciones, de bruja. Y acabó el relato. El relato, por supuesto, basado en una historia real que Besson maneja con su habitual habilidad, aunque no llegue a resultados maestros: hay buen rendimiento actoral, un despliegue sincrónico y avasallante en la cruentas escenas de masas (en los campos de batalla), una ajustada proyección de la mirada histórica. Pero, como a muchas superproducciones, le falta ese touch que hace grande a un filme: en rigor, el personaje –Juana de Arco– se devora a Milla Jojovich y al propio Besson.
No obstante, el filme funciona porque el cineasta francés convocó a un elenco de primera fila (impecables también Dustin Hoffman y Faye Dunaway) y porque los trazos épicos y a la vez desasosegantes y dramáticos de su epílogo (Juana esperando confinada su hora de muerte) poseen la tensión apropiada o la escala de intensidad en las gestualidades y acciones para que se salga airoso y todo el asunto tenga carnalidad y credibilidad.
Aunque no sea el mejor Besson, merece verse por esa historia de vida que, desde el fondo de la historia, asciende como una lección.
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