Descubriendo a Forrester, de Gus Van Sant

En busca del destino

Raúl Forlán Lamarque

 

El cineasta Gus Van Sant regresa con Descubriendo a Forrester, la historia de otro adolescente superdotado, en este caso de la comunidad negra. Destacada labor protagónica de Sean Connery, Rob Brown y Murray Abraham.

Desde el momento en que Hollywood tentó a Gus Van Sant, fue claro que ya no gestará filmes de amplia respiración poética a la manera de su Drugstore Cowboy y sobre todo Mi mundo privado.

Todo posee un precio y quizás sus admiradores puedan reclamarle a Van Sant su actual posición en la industria, pero sin embargo su cine siempre tendrá el subrayado del rigor, de una minuciosa puntuación narrativa, una calurosa y/o tensa fundación de atmósferas y ambientes.

Gus Van Sant convive con la industria y lo ha hecho sin perder su deliciosa manera de colocar la cámara y fundar historias de un espesor que llama a la reflexión.

Descubriendo a Forrester tal vez pueda leerse como una variación interesante de lo que fue la muy laureada En busca del destino: se plantea otra vez el itinerario de un adolescente superdotado (como el personaje de Matt Damon en aquel filme), miembro de la comunidad negra, excelente basquetbolista y sobre todo promisorio escritor que vive en un barrio de calles peligrosas como el Bronx.

Es que Jamal (Rob Brown) vive su interioridad con una incertidumbre que, según intuye, marcará su destino: es un deportista de destaque, pero sus intenciones van por el lado de la escritura. Ese jovencito de ojos muy despiertos, lector voraz, posee todo el temperamento del narrador –escribe por las noches encerrado en su cuarto en pequeñas libretas– que funda febril y torrencialmente historias de su entorno con una envoltura y soltura fascinantes.

Un hecho casual sitúa a Jamal frente a un mítico y cascarrabias escritor de nombre William Forrester (quien publicó una novela legendaria, es objeto de culto entre generaciones de lectores y de estudio obligatorio en las universidades), y amanecerá una relación progresiva entre ambos que tendrá filosas conversaciones intelectuales y asimismo de una evolución afectiva, a tal punto que la misma decidirá la dirección del epílogo de la trama.

Jamal, por sus potencialidades, ha llamado la atención de un prestigioso instituto de enseñanza privado de Manhattan y allí se manda a ese muchachón del Bronx con aire de cantante de rap y de pandillero (y dicho sea de paso, la banda sonora de la película incluye exquisiteces de Miles Davis y de Bill Frisel), su pelota de baloncesto y su aire de pandillero, aunque su utopía es la del individuo que será escritor pese a su color de piel, la inevitable descriminación y los traspiés que mantendrá con su profesor de literatura (F. Murray Abraham).

En todo ello habrá una mujer cómplice, aliada: la chica inquieta y solidaria, que se verá seducida por un diferente (la cada día más actriz Anna Paquin) que ofrece un discurso distinto al cotidiano. Un discurso dichoso en el fluir de las palabras y que, de alguna manera, es la primera realidad de la última realidad que son sus textos escritos en la soledad de su buhardilla.

Van Sant aplica un sistema de rodaje donde se identifica su formidable destreza para construir secuencias y ambientes, humores y temblores en esos personajes (ese Forrester claustrofóbico y solitario y ese jovencito hinchado de palabras y de necesidad de ser en la comarca y en el mundo) a la luz precisamente de sus claroscuros personales, íntimos, que se irán confesando a medida que transcurre el relato.

Construcción de imágenes profundas y emotivas en su desenvoltura, todo ello matizado por la banda sonora –como ya quedó expecificado líneas arriba–y por un guión de parlamentos por momentos entrañables y humanistas, nunca concesivos, siempre de una nobleza impar como los propios personajes a los que da vida.

Van San demuestra que su talento está intacto y que su manera de filmar, de detener gestos en una pantalla, de rodear a las palabras con objetos a medida, son, en consecuencia, su marca de autor. Merece verse.

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